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23 de abril de 2014 16:39 horas Programa Actual: Donde Quiero Estar
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Día de la Madre

 El programa de hoy es un especial sobre el “Día de la madre”. Compartiremos algunas reflexiones y música que nos inviten a profundizar sobre este vínculo del todo particular que se genera entre dos personas con el hecho admirable de la maternidad.

 La literatura de todos los tiempos –con mayor o menor belleza- ha entonado y ensalzado la figura de la madre. A veces se ha caído en una “idealización” casi angelical y hasta en una actitud “cursi” por la exagerada y melosa exaltación de la maternidad.

 Aquí hablaré de la maternidad con realismo. En primer lugar, no subrayaré el mandato social del “deber ser” con que se ha cargado culturalmente a la maternidad, ni me referiré al rol o a la función maternal, ni señalaré “conductas” porque todo eso ya se ha abundado en demasía.

Reflexionaré acerca de una sola persona concreta: De la madre de cada uno. Una persona del todo singular, única e irrepetible –como lo somos todas las personas- con todo lo que ella es y no es, con luces y sombras, con su propia historia y con todo su potencial, con su riqueza y limitaciones, con sus muchos aciertos y sacrificios y, además, con sus errores, con todos sus sueños y fracasos. Esa persona que -para cada uno- tiene un nombre único.

 Compartiremos acerca de esa “mamá”. De la que cada uno tiene o ha tenido. De la que a cada uno le ha tocado en los misteriosos caminos de la “providencia de Dios” ya que Dios pensó -desde siempre- para cada hijo, una madre.

Hay algo que Dios quiere decirnos a cada hijo y a cada madre con el vínculo que nos regala. Hay algo de Dios en esa relación. Existe algo muy sagrado en el lazo entrañable que se genera entre una madre y un hijo. Es un vínculo único e insustituible. Es un “nudo” para siempre.

 El primer ámbito de todo hombre es una mujer. El ser humano se concibe, se gesta y crece en el cuerpo de una mujer. Nuestra primera “casa” en el mundo es el interior, tibio y acuoso, de un cuerpo habitado en el tiempo de nueve lunas sucesivas. Un sueño que va cobrando vida y forma. Desde el primer momento se va entretejiendo un vínculo especialmente estrecho a partir de lo físico.

El hijo que se gesta no sólo es “a partir de otro” sino que “es en otro”. El hijo habita en la madre y habita a la madre. Hay una persona dentro de otra. Hay toda una persona dentro de toda otra persona. Se produce una estrechísima relación corporal entre madre e hijo. Ésa comunión física posibilita, a su vez, desde el primer momento, una relación afectiva, psicológica y espiritual en común. Él respira y se alimenta con la sustancia de su madre. La siente, percibe sus estados de ánimo y sus tránsitos emocionales, la intuye y la capta por dentro, la identifica, reconoce su voz y sus movimientos, sabe de sus ritmos.

 El permanente contacto físico entre uno y otro, a lo largo del embarazo, genera un vínculo que luego prosigue madurando. Hay un lazo físico sin el cual no se puede desarrollar la gestación: El cordón umbilical se transforma también en una metáfora del otro “cordón” en común que liga uno a la vida del otro para siempre.

Hay un cordón que dura nueve meses y hay otro “cordón” que necesita de una permanente construcción en el vínculo para que no sea un “cordón” de dependencia y atadura que asfixie sino un cauce de mutuo crecimiento.

Así como el cordón umbilical posibilitó la vida en la gestación; de igual manera, la comunicación posterior posibilita que la vida crezca, no ya hacia adentro sino que se expanda hacia fuera, hacia aquél otro mundo, ancho y enigmático, que le espera a todo que ser que nace.

 Para el niño, el “primer mundo” conocido es su madre. Para el niño nacido, el “otro mundo”, el mundo distinto a su madre, es el mundo por conocer y conquistar. Primero habitó un mundo, el interior de su madre, luego tendrá que habitar el interior de otro mundo.

 Tendrá que dejar la placidez cuidada de las entrañas maternas y lo darán a luz para que vea otras luces que lo encandilen. Para el hijo, la madre es la primera cuna, el primer hogar, el pequeño jardín de tierra húmeda y fecunda en donde ha crecido la simiente. La madre es cuna, casa, hogar, escuela, refugio, amparo, escondite, abrigo, tierra, alimento, fuente. La madre -para el hijo que nace- es todo su “universo”.

 Siendo un vínculo único, hay tantas relaciones con la madre como nexos entre madre e hijo existan. No hay que generalizar. No hay que hablar en abstracto. No todas las madres, ni todos los hijos son iguales. No todos generan el mismo vínculo. Incluso una misma madre, con sus diversos hijos, tiene   -con cada uno- una manera especial de vinculación. Cada persona genera con otra un vínculo único y original; singular y propio.

 Hay madres y hay hijos de muchas maneras. Los roles más importantes de la vida se aprenden y se construyen responsablemente en común y recíprocamente. Se nace hijo pero “madre” se hace. No hay ningún manual, ningún recetario, ninguna instrucción de procedimientos, ninguna fórmula que abrevie el lento y esforzado aprendizaje. Todos los días se aprende. Ser madre y ser hijo es una elaboración vital, hecha de tiempo y dedicación, de encuentros y desencuentros, palabras y silencios, gestos y miradas, cercanías y distancias, gozos y dolores, de todo lo que está hecha la vida y el alma misma.

 No existe la madre perfecta. No existe tampoco el hijo ideal. Felizmente sólo existimos las personas reales y concretas que nos esforzamos en ser las mejores personas de la cual somos capaces. La mejor madre y el mejor hijo es aquél que tienen la posibilidad de ser mejor persona y se empeña por conseguirlo.

 La mejor madre es la que cada uno tiene o ha tenido. No porque haya sido perfecta sino porque ha sido la de cada uno, la que nunca cambiaríamos por nada, ni por nadie; la que nos ha tocado en el destino de la historia y en los caminos misteriosos de Dios y de la vida. La que siempre nombramos cuando estamos en aprietos o dificultades.

En las cruces de la vida siempre están las madres. Como lo estuvo en la Cruz de Jesús. Las madres paren a sus hijos muchas, muchas veces a lo largo de la vida porque la vida se da a luz permanentemente. No es un acto, la vida es una sucesión concatenada, un proceso continuo y prolongado, un camino lento que se hace paso a paso,  un crecimiento constante: La vida es dar a luz continuamente. A menudo es un parto. La vida nos parte por dentro y por fuera. Nos abre surcos y nos dilata. Nos rompe, nos quiebra. Nos saca el “carozo” que llevamos oculto. La vida siempre se abre paso, expande sus latidos, prosigue con sus impulsos. La vida siempre se da a luz a sí misma. Genera más vida, la dona y se multiplica.

 A veces cuando el vértigo de vivir y el cansancio nos extenúan y fatigan, surge -casi como inconscientemente- un deseo de regreso al “Paraíso perdido”, una “nostalgia” ancestral de encontrar el recoveco extraviado que nos daba abrigo, buscando ese abrazo de silencio azul como la profundidad del mar cuando está tranquilo. El seno materno es el primer mar en el cual navegamos y naufragamos. Allí hemos permanecido hundidos, durante muchos meses, antes de salir a flote.

 El Evangelio, pone en boca de un hombre mayor la pregunta por ese anhelo enraizado en el alma, cuando un personaje llamado Nicodemo le pregunta a Jesús: ¿Cómo puede un hombre nacer de nuevo cuando ya es viejo?; ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer? (Jn 3,4).

 No importa la edad que tengamos, incluso aunque ya seamos viejos, hay momentos en que sentimos -no sólo- la nostalgia por el recuerdo de la madre, sino también la añoranza por el descanso silencioso del seno que nos acurruca y nos mece, que nos canta una canción de cuna para conciliar el sueño y exorcizar todos los miedos e inseguridades que nos invaden y atemorizan.

Tal vez el cielo prometido por Dios sea así de suave y de reparador, nos envolverá en la ternura de un dulce y reconfortante amor. El cielo tendrá mucho de seno, de casa, de hogar, de familia, de patria, de fiesta, de jardín, de mar, de abrazo, de cuidado y de regreso. El cielo tendrá mucho de madre. Será como su mirada y su piel, como su alma y sus sentimientos, como sus manos…


Tema musical: Silvina Garré. Adoro a mi madre.


 Todo hombre que viene a este mundo tiene una madre. Aunque, es cierto, no todas las madres están con sus hijos y no todos los hijos conocen a su madre. E, incluso, aquellos que la tienen y la conocen, no siempre están cerca por diversas circunstancias.

La vida es muy breve. El tiempo está apurado y acelerado, se agita rápido y se consume pronto, termina apenas empieza. Pasa veloz y fugaz. Es efímero y huidizo.

 La vida es corta, el tiempo es fugitivo y el sentimientos es intenso. No hay que desaprovechar las ocasiones. No todo tiene que quedar en el silencio. Hay afectos que necesitan palabras, gestos, miradas y acciones. Todo debe ser un pronunciamiento del amor, una confesión del cariño, un testimonio de la gratitud.

 Hay que decir esas palabras que luego se guardan para los tiempos del silencio y la ausencia, los tiempos de las distancias y las lejanías. El Evangelio dice que María, la Madre de Jesús, “guardaba todas las cosas en su corazón” (Lc 2, 51). ¡Cuántas palabras de Jesús habrá guardado y rumiado en su interior sonoro de voces e iluminado de miradas!; ¡Cuántos “te quiero”, “te amo”… Cuántos “gracias” dichos por Jesús -con la melodía de su inconfundible voz- habrá escondido en sus entrañas!

 No te prives de hacerlo vos cuando puedas. Estás a tiempo. Disfrutá a tu mamá. Amála, mimála, cuidála, protegéla, sentíla, evocála, reconocéla, complacéla, acompañála; agradecéle, pedíle disculpas, solicitále  perdón, recibí ayuda y consejo, quedáte en silencio con ella, mirá fotos,  hablále de anédoctas familiares hermosas y graciosas; compartí con ella sueños y proyectos, esfuerzos y logros, bendecíla siempre. Es un tesoro que Dios te ha confiado por un tiempo limitado.

Ella te conoce tal cual sos. Con tus dones y tus defectos. Con tu plenitud y tus carencias. Con lo que tenés y lo que aún te falta. Ella lo sabe y sino no lo sabe por vos, lo conoce y lo intuye por la vibración de su corazón maternal.
Decíle la palabra de tu corazón y de tu vida. No hay homenaje que alcance. No hay palabra que lo pronuncie todo. Cada hijo tiene que encontrar la palabra que lo pronuncie.

Y si eso ahora no es posible -por la distancia o simplemente porque la vida ya ha desembocado en el misterioso camino cuya puerta se abre dolorosamente con la muerte- no importa, hablále lo mismo, ella te escucha igual.

Ya no hay fronteras, ni separaciones. Ya no existe tiempo, ni espacio. La muerte se desprende de todo para que todo sea una posibilidad de mayor comunicación. Hablále. Hablále a tu mamá ahora. Hablále a la eternidad en la que habita. Decíle todo cuanto has querido decirle siempre. Hay palabras que trascienden la mudez y el vacío de la muerte.

Habláble con las palabras que te salgan, con las palabras del alma y el lenguaje del corazón y del amor. Así como cuando le hablás a Dios. Sencillamente. No hace falta ningún discurso, ninguna elocuencia y ninguna sabiduría. No se precisa nada especial sino tu corazón. Sólo tu amor por ella. Eso basta para tus palabras. Escuchá tu corazón y sentí una vez más su voz. Recordá una vez más su canción. Ella ahora la está cantando en la eternidad de Dios. Ella ahora está en esa fiesta y en su corazón permanece grabado por siempre tu nombre. Te cuida y te espera. Te sigue acompañando en tu viaje, a cada paso.


Tema musical: Diego Torres- Tal vez. 


No sólo hay hijos que han perdido a sus madres. Hay aún otro dolor mayor, inimaginable. El dolor, nunca curado, de las madres que han perdido a sus hijos. Las madres a las cuales la vida les quito la vida. Ése es el mayor dolor posible. Para este dolor nunca hay palabra alguna. Todos nos quedamos mudos. Esa madre sufre nuevamente otros dolores de parto mucho más intensos que los del primer parto. Hay un parto para la vida y hay un parto para la muerte. Los dos son partos de madre. Los dos son alumbramientos de mujer. Hay un parto para la vida del tiempo y hay un parto para la vida eterna.

María, la Madre de Jesús, pasó por esta experiencia de supremo sufrimiento. Ella estuvo al pie de la Cruz de su único Hijo cuando agonizaba y moría. Estaba partida por la gravidez del silencio. No podía sino dejar que su Hijo muriera. Nada podía hacer. En su impotencia, lo único que la ayudaba y la sostenía era el abandono. Era inútil resistirse, oponiéndose. De todos modos, ocurriría. El vientre que fue cuna, se estaba volviendo tumba.

 De todas formas, ya sea por la muerte de la madre o la muerte del hijo, los cristianos -creyendo en la esperanza de la vida eterna- deseamos el próximo re-encuentro, el abrazo infinito, sin separaciones. La ausencia nunca será definitiva. Algún día terminará. La eternidad es un lazo para siempre. El tiempo nos es dado para la construcción del vínculo que -en la eternidad- prosigue y se nos regala, desbordante, para que sea disfrutado sin interrupciones, ni intermitencias.

 La relación madre e hijo, ya sea en el tiempo o en la eternidad, manifiesta ese amor gratuito e incondicional como ningún otro. Si hay amores incondicionales, ése es el amor entre madre e hijo. La madre siempre está para el hijo, pase lo que pase. El hijo siempre debe estar para su madre cuando lo necesite.

Si una mujer decide tener un hijo, nunca más estarás sola en la vida. El hijo rompe con la soledad para siempre. Es una presencia permanente, para toda la vida. La verdadera relación indisoluble es la de la madre y el hijo. Los esposos se pueden separar: De los hijos no hay separación alguna posible. Es un lazo indisoluble. No hay ruptura. Es un vínculo natural, un lazo de sangre, de afecto y de alma que nadie puede destruir.

 Es cierto que muchas veces la relación entre madre e hijo requiere –como toda relación humana- de reconciliación, sobre todo cuando hay heridas. La reconciliación es también un “renacer” de nuevo.

 Cada nuevo perdón es una profundización del amor. Si tenés una madre, nunca más estarás perdido. Si tenés un hijo, definitivamente, como madre ya nunca más estarás sola.


 Ser madre por primera vez es casi milagroso por la admiración que nace del contemplar el misterio de la vida y la colaboración con la creación de Dios. Una vez que se es madre, se lo es para siempre. Todos los seres humanos nacemos de una mujer pero no todos tienen una madre. Ser madre es mucho más que el fenómeno biológico de la gestación y el alumbramiento. Las madres generosas de la adopción y del corazón nos revelan que hay otras dimensiones de la feminidad y de maternidad más allá de lo corporal. Se es madre primero con el alma, luego el cuerpo lo refleja.

Todos los seres humanos, en todas las edades, necesitamos siempre de una madre. Aunque no todos la han tenido consigo, todos la necesitamos. Alguna vez, pequeños o grandes, necesitamos escuchar el “arroró mi niño” de los labios de una mujer. El seno que nos meció dentro de él es el seno que siempre buscamos para reclinar la cabeza, cada vez que nos sentimos cansados y afligidos. Toda madre es un regazo anhelado, refugio seguro, amparo continuo, protección delicada, abrazo tibio, silencio que nos envuelve y nos conforta, nos alivia, nos sana y nos consuela.

Si no la tenés, ahora tu madre -desde la eternidad- canta para vos tu canción de cuna. Ella te acompañaba y te cuida. Si no está a tu lado, hacé un acto de fe y todas las separaciones y distancias se desvanecerán. Para la fe, nada hay imposible.

Animáte a decirle algo. Te escucha con el corazón…


El cotidiano universo de la madre está colmado de actividades grandes y pequeñas. La casa o el trabajo: Todo tiene el sello de una mujer que se sacrifica por otros y al servicio de otros. ¡Hay tanta entrega y cansancio fecundo en las tareas de una madre!; ¡Hay tanta vida donada, una y otra vez!, ¡Las grandes cosas siempre se construyen desde pequeños actos!...

 La limpieza, la comida, el lavado, las compras, el pago de los servicios e impuestos, los compromisos sociales, los trámites, las idas al médico… Todo se vuelve ritual de la liturgia cotidiana del hogar y del trabajo. Todo se torna sagrado si se hace con amor.

 Un día se descansará de todo ese enorme trabajo y se tendrá el pago verdadero entre las manos y el tesoro invalorable de Dios en el corazón. Hay un “aleluya” para el trabajo de cada madre en el cielo.

Mientras tanto, en medio de los trajines de la vida, hay madres cuyos hijos tienen sus propios hijos y las convierten en abuelas. Ser abuelas es ser madres en una segunda etapa de la vida. Es profundizar, desde otro lugar, la maternidad primera. La madre educa, la abuela acompaña. La madre enseña, la abuela hace crecer.

 Las abuelas, son madres de madres y padres. Ellas existen para hacernos felices, consentirnos, ser cómplices y abogadas defensoras, nos complacen con pequeños servicios, regalos y mimos, no se preocupan tan estrictamente por los límites impuestos, nos cuidan y protegen, nos permiten ciertas concesiones.

 Aunque seamos grandes, las abuelas siguen siendo una presencia siempre hermosa, una fiesta para el alma y cuando ya no están con nosotros, siempre las recordamos al volver a esos lugares que las pronuncian y nos devuelven su presencia intacta en el corazón. No hay jubilación posible para el amor. Ellas siempre están con su sonrisa buena, con las manos arrugadas y abiertas y esa mirada suave que nos acaricia. Ellas tienen todo el tiempo del mundo. Las abuelas saben que el mejor tiempo no es el que pasó sino el que está por llegar, el que viene adelante como promesa. Para ella, su futuro está en sus nietos. Su porvenir es el tiempo de ellos. Su madurez está el crecimiento de los hijos de sus hijos.


 “Cuenta una antigua leyenda que un niño que estaba por nacer, le dijo un día a Dios:
-Me dicen que me vas a enviar muy pronto a la tierra. Pero, ¿cómo viviré tan pequeño e indefenso como soy?
-Entre los ángeles escogí uno para ti, que te estará esperando y te cuidará.
-Pero dime: Aquí en el cielo no hago más que jugar, cantar y sonreír. Todo eso basta para ser feliz.
-Tu ángel te cantará y te sonreirá todos los días y vas a sentir, mucho amor y serás más feliz.
-¿Y cómo voy a entender cuando la gente me hable sino conozco el idioma extraño en que lo hacen?
-Tu ángel te dirá las palabras más dulces y tiernas que puedas escuchar, y con mucha paciencia y cariño te enseñará a hablar.
-¿Y qué haré cuando quiera hablar contigo?
-Tu ángel te juntará las manitos y te enseñará a orar.
-He oído que en la tierra también hay hombres violentos. ¿Quién me defenderá?
-Tu ángel te defenderá. Incluso a costa de su propia vida.
-Señor, pero estaré triste si no te volveré a ver más.
-Tu ángel te hablará siempre de mí y te enseñará el camino para llegar a mi presencia. Yo siempre estaré a tu lado.
En ese instante, una gran paz descansaba en el cielo. No se oía ninguna voz.
El niño dijo entonces muy suavemente.
-¡Dios mío! Si me voy, al menos dime su nombre. ¿Cómo se llama mi ángel?
-No importa su nombre. Vos le dirás “Mamá”.


La madre es tan fundamental en la vida y en el crecimiento de todo ser humano que ni siquiera Dios, al hacerse hombre, prescindió de una madre. Dios quiso tener una Madre. Ella lo hace más concreto a Dios: Le da carne y sangre, cuerpo y linaje humano, vida y tiempo, afecto y hogar. Jesús no sería el mismo sin María.

  Para nosotros, Dios sería abstracto sin María. Ella se convierte en Madre de Dios y Madre universal, madre de todo lo creado, madre de todo lo viviente, madre de todos los hombres y de todos los creyentes. Madre de madres. Madre de la vida y de la eternidad. Madre del amor hermoso y esperanzado.

María aproxima al Dios que es amor al amor humano: Lo encarna.

Toda madre es una “metáfora” del Dios que es amor y del amor que es Dios.

Toda madre es vida y amor. Toda madre nos revela algo de Dios.

Dios no sólo es Padre. Es también Madre. No sólo es el “Padre nuestro que está en los cielos” sino además la “madre nuestra que está en la tierra”. Dios tiene un rostro femenino y materno para todos los que somos sus hijos. Dios es vida y fecundidad, misericordia y ternura, compasión y solidaridad como toda madre: Dios es Madre.

 

A vos mamá te digo con el alma que te amo. Te doy gracias por siempre y por todo. Disculpáme y perdonáme por tantas ocasiones. Bendigo a Dios y a la Virgen por vos, por tu vida, por tu testimonio, por tus sacrificios, por tu presencia y por tu acompañamiento en mi camino. Gracias por dejarme ser y por querer que sólo sea feliz.

Mamá te pido que recemos juntos por todas las madres del mundo, las cercanas y las lejanas, las presentes y ausentes. Recemos a María. Oremos a la Madre por todas las madres.

 


Eduardo Casas.

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