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22 de julio de 2014 04:19 horas Programa Actual: Semillas del Reino (R)
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Contenido de Catequesis
Jesús camina sobre el agua
Enseguida, Jesús obligó a sus discípulos a que subieran a la barca y lo precedieran en la otra orilla, hacia Betsaida, mientras Él despedía a la multitud.  Una vez que los despidió, se retiró a la montaña para orar.  Al caer la tarde, la barca estaba en medio del mar y Él permanecía solo en tierra.  Al ver que remaban muy penosamente, porque tenían viento en contra, cerca de la madrugada fue hacia ellos caminando sobre el mar, e hizo como si pasara de largo.  Ellos, al verlo caminar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y se pusieron a gritar, porque todos lo habían visto y estaban sobresaltados.  Pero Él les habló enseguida y les dijo:  “Tranquilícense, soy yo; no teman”.  Luego subió a la barca con ellos y el viento se calmó.  Así llegaron al colmo de su estupor, porque no habían comprendido el milagro de los panes y su mente estaba enceguecida.

Marcos 6, 45 – 52

Este relato de Jesús caminando sobre el agua está unido a la escena de la multiplicación de los panes. Jesús ha alimentado a cinco mil hombres, y después de ordenar a los discípulos que recojan los doce canastos con las sobras, les da otra orden. Que se vayan de viaje a la otra orilla mientras él despide a la multitud.

La barca donde los discípulos se suben, desde los primeros siglos, ha representado la figura de la Iglesia. Se la encuentra así, en las pinturas antiguas realizadas por los primeros cristianos. Por eso, es significativo que el Señor, en la primera predicación pública en el Evangelio de Lucas, lo haga sobre la barca de Pedro.

En este texto, los discípulos emprenden viaje en la barca, mientras Jesús asciende a la montaña para quedarse en compañía de su Padre, en una larga oración.

Es de noche, el viento sopla en contra y las olas golpean fuerte. En el lenguaje en que está escrito el Evangelio, se dice de una manera gráfica, que las olas los maltrataban. Ésta sería la traducción. Después de haber pasado toda la noche en esa penosa situación de maltrato por parte de las olas, los discípulos se encuentran con Jesús. Pero no, de cualquier manera. Se encuentran con Jesús caminando sobre las aguas. Ven a Jesús caminando sobre el agua y asustados, se ponen a gritar.

¿Qué es lo que están viendo? Ya estaban sorprendidos con lo que había pasado en la multiplicación de los panes. Ahora ven a Jesús que camina sobre las aguas. Jesús rápidamente los pone en calma. “Tranquilo” es lo que dice Jesús. “Calma muchachos, soy yo. No soy un fantasma”.

Esta expresión “no soy un fantasma, soy yo”; habla anticipadamente en este lugar del texto, de la gracia del triunfo de Jesús sobre la muerte. Es la expresión típicamente pascual. “Soy yo, no soy un fantasma”.

Este caminar sobre las aguas es un triunfo de Jesús sobre el caos y sobre la muerte que representa el agua. Podríamos decir así: estamos en presencia de un texto pascual. Es pascua de Jesús que camina sobre el agua del temor de los discípulos, sobre las aguas de nuestras turbulencias. Hay una aparente ausencia del Señor en medio de la dificultad, mientras ellos avanzan. Como nos ocurre, también a nosotros.

Cuando la vida nos golpea y hay dificultades para avanzar, la pregunta que surge es ¿Dónde está Dios? Hay fuerzas que se oponen a nuestro andar. Hay tinieblas que nos rodean. Hay elementos que maltratan nuestro peregrinar, y sobre todo esto, está nuestra falta de fe que nos impide reconocer al Señor cuando se acerca a nosotros.

Párate a ver en cuantas oportunidades, en medio de las situaciones más complicadas y más difíciles; Dios te devolvió la calma, la paz, la serenidad y te puso en camino. Te demostró que por encima de todo, el seguía teniendo fuerte, el timón de tu barca para que llegara a donde tenía que llegar. A la otra orilla.

Bienvenida sea, esa experiencia de presencia de Dios en tu vida, que te hizo superar todas las dificultades, representando en el mar, a las fuerzas del mal.

Que Dios te permita reconocerlo y ver las veces que saliste adelante sin saber como llegaste, hasta el lugar donde querías llegar.

Cuando llegaste, seguro dijiste: ¿Qué hago acá? ¿Cómo hice para llegar a este lugar? ¿Cómo y de qué manera fuiste superando, lo insuperable en tu camino? Como lo superaste sólo por gracia de Dios, capaz de lo imposible en tu propia vida.

El texto paralelo al de Marcos que hemos compartido, está en Mateo 14, 22 –33. Allí se da una escena muy conocida para los que seguimos de cerca la Palabra de Dios y que no aparece relatada en el texto de Marcos. Es Pedro, quien desafía a las olas con Jesús. “Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua” (Mt. 14, 28). ¿Que pasó allí?

La reflexión del texto de Mateo al respecto es:

Jesús dice: “Soy yo, no teman”. Pedro le respondió: “Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua”. Jesús le respondió: “Ven”. Pedro bajó de la barca caminando sobre el agua y fue hacia donde estaba Jesús. Pedro, viendo la fuerza del viento, tuvo miedo y comenzó a hundirse.

Pedro quiso poner a prueba la circunstancia y no tuvo dificultad en avanzar, mientras su mirada estaba puesta en Jesús. Cuando la mirada de Pedro se detuvo ante lo que pasaba, comenzó a hundirse.

Para nosotros, esto es una enseñanza de vida. Las dificultades son una realidad en nuestra vida. La vida tiene un costo en cualquiera de los aspectos en los que se va desarrollando, creciendo y madurando.

El costo es doloroso, si nos quedamos frente a la dificultad que supone el crecimiento y la madurez. Seguramente, nos quedaremos estancados.

La queja surge en nosotros cuando atravesamos momentos difíciles. Son las olas que van golpeando nuestra existencia.

Pedro comienza a caminar teniendo la mirada puesta en Jesús. Pero al rato se hunde porque se fijó más en las dificultades, que en Jesús.

Es todo una enseñanza que nos deja la Palabra para que nosotros nos animemos a ir hacia delante sin mirar para atrás y a los costados. No con anteojeras o con una mirada de 360°. Si no, básicamente con un punto hacia delante que es donde el Señor, nos muestra el camino. Anímate a mirar a Jesús, y seguro que si te estabas hundiendo, vas a flotar. El Señor te tomará de la mano para sacarte del pozo en el que te encuentras.

Hay discursos de la dificultad que invaden nuestro corazón, y lo desalientan en su andar: “yo no puedo más”, “conmigo no cuenten”, “esto es más fuerte que yo”, “no tengo capacidad”, “yo no sigo”.

Es descubrir lo que ocurre dentro de nosotros cuando emergen estas olas que golpean el avance, la madurez y el crecimiento de nuestra vida en cualquiera de las dimensiones en las que se desarrolla nuestro ser.

¿Qué hacemos con estos discursos? Son reales, no los podemos callar y reprimir. Hay que calmarlos y ordenarlos. Pero no con una calma y un orden infantil sino con una actitud de superación.

La superación de esta dificultad, consiste en creer que el camino que estamos recorriendo, es el camino que tenemos que recorrer, y que la dificultad es sólo un momento por el que debemos atravesar para purificar nuestra decisión y determinación de ir hacia donde tenemos que llegar.

No existe tarea humana que no encuentre, en algún momento, a la fatiga como aliada negativamente para terminar con la tarea.

Dime si en estos días no has intentado, para bajar más kilos, salir a caminar un poco más, y dijiste voy a recorrer tantos kilómetros o tantos minutos. Dime si cuando ibas a la mitad no miraste el reloj porque algo te decía “basta”. Esto que te cuesta y que se refiere a una actividad física, lo podes también ubicar en relación con tu tarea, tu trabajo y lo cotidiano.

En lo de todos los días, encontramos estas olas que golpetean nuestra barca en la decisión de ir hacia delante. Paciencia. El saber que es un momento que pasa y el poner la mirada en la meta, nos permite superar la dificultad.

Es lo que al principio hizo Pedro, y después, dejó de hacer. Tenía puesta la mirada de Jesús. Mientras miraba la meta a donde estaba llamado ir, Pedro avanzó. Cuando Pedro puso la mirada en las olas, se hundió.

Miremos hacia la meta, y no aflojemos en nuestro camino de avanzar hasta donde Dios nos quiere llevar, para hacernos madurar y crecer.

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