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25 de julio de 2014 15:14 horas Programa Actual: Donde Quiero Estar
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Contenido de Catequesis
Coherentes desde la espiritualidad de los pequeños

 

 

 

El Papa Francisco nos ha invitado a ser coherentes en este tiempo, coherentes de la espiritualidad de los pequeños, y este es el título de la catequesis de hoy.

Que Dios nos permita permanecer pequeños y al lado de los pequeños y ser coherentes.

 

1. Dios se da a conocer a los pequeños

 

Jesús dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque, habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes, las has revelado a los pequeños.

 

Las palabras que los evangelistas utilizan para expresar el mensaje de Cristo tienen un gran significado, porque en ellas se contiene el mensaje, como así lo podemos decir, que todo el mensaje del antiguo testamento estaba centrado sobre una visión del reino de los cielos, del misterio de Jesús y la acción del Padre. Ahondar sobre la inmensa riqueza del presente evangelio no sería posible en tan pocas líneas, por eso nos limitaremos a escoger una sola palabra: “los pequeños”.

 

En el original griego la palabra pequeño: “nepioi”, son los destinatarios, los privilegiados, - como hoy nuestros hermanos en centro África -, los pequeños… adultos mayores de nuestra familia, los pequeños… los tíos ya ancianos, los pequeños… los discapacitados, los que están enfermos, los desposeídos de todo, los pequeños… niños, jóvenes y adolescentes abusados en el trato de personas, pensemos en cuánto amor de Dios por ellos, cuánto amor y cercanía de Dios en ellos y sigamos esa corriente y nos comprometamos con lo humilde y lo pequeño, traigamos a nuestra catequesis imágenes o fotos de los pequeños, yo traigo la foto de Jean, la mirada inocente con apariencia de un hombre rudo pero muy frágil relatando su dolor en la guerra civil anterior y cuánto tuvo que estar encerrado en su casa, una semana, por el miedo.

Tal vez tengas una foto que puedas compartir pero con el sentido de que Dios por ellos tiene un amor de predilección.

“Nepioi” es el término que inaugura una línea que va a caracterizar y calificar la espiritualidad de la vida cristiana, que algunos autores espirituales la denominan la infancia espiritual, y que podemos encontrar la raíz de esta expresión en el Salmo 131:

 

“…Oh Señor mi corazón no es ambicioso, ni se eleva con soberbia mi mirada. No voy en busca de cosas grandes que son superiores a mis fuerzas,… como un niño en los brazos de su madre está mi espíritu aquietado como un niño amamantado está mi espíritu…”.

 

Este paralelismo que usamos para expresar la actitud del pequeño, según el evangelio, no será un abandono irracional y ciego como el de aquel niño recién nacido destetado luego de haber tomado la leche materna. El texto del salmo que estamos utilizando podríamos expresarlo también con una imagen según cultura norteña, cuando la madre luego de haber dado de lactar a su hijo lo pone sobre sus espaldas; esto normalmente es una costumbre de las mujeres de los andes, muy similar a las costumbres de las mujeres del antiguo oriente.

 

El pequeño, siguiendo la línea del salmo, es una criatura ligada y dependiente de la madre donde no se puede solamente equiparar su dependencia a una necesidad fisiológica y vínculo generativo; por eso que en el presente evangelio “los pequeños” representan de manera concreta la actitud y adhesión total de una confianza absoluta en el único y verdadero Dios. Cristo llamará dichosos a “los pequeños”, en cuanto beneficiarios de los misterios de Dios, y este privilegio no se deberá a la supuesta inocencia del niño sino en cuanto a esta confianza absoluta que se da en una apertura y acogida total del niño hacia el padre. Toda su bondad, Cristo hace referencia en el evangelio diciendo: “…si no se hacen como niños no entrarán en el reino de los cielos (Mt 18, 3)”.

 

2. Los anawin los pobres de Yavhé

 

Tenemos de esta manera que “el pequeño” se convierte en sinónimo de otro término muy clásico e importante en la Sagrada Escritura: los pobres, o como lo tradujo la Biblia de los setenta: los anawin. Estos pobres de Yahvé como refiere el antiguo testamento son aquellos que sólo encuentran su fuerza y apoyo en el único Dios. Será a estos a quienes se les predicará el evangelio, como lo dirá el profeta Isaías:

 

“…venid todos aquellos que no tenéis oro ni plata tomad vino y leche de balde…”.

 

Tenemos en ese sentido que decir, que “el pequeño” en la escritura encuentra su sentido pleno en los pobres; por eso la primera bienaventuranza dice:

 

“…Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos…”.

 

Y así tenemos que en el antiguo oriente el pequeño o el niño no tenía personalidad jurídica, y por tanto su existencia no tenía ninguna incidencia, o sea, no tenía derecho alguno que lo protegiera; y aquí podemos entender la sorpresa de José y María cuando encuentran a Jesús entre los maestros de la ley y les dice: “…tenía que dedicarme a los asuntos de mi Padre…”.

 

Ser pequeños se convierte entonces en el presente Evangelio en un signo de contradicción pero que al mismo tiempo capacita para participar del reino de los cielos:

“…aquel que se haga pequeño como un niño será el más grande en el reino de los cielos…”.

Nos hacemos pequeños cuando cargamos a los pequeños en nuestras espaldas.

Le pedimos al Señor que cuando nos acerquemos a los pobres  nos pongamos primero con ellos en la sintonía del corazón.

 

San Pablo, en la Carta a los Romanos, de una manera más específica nos ayuda a dirigirnos al Padre con un lenguaje de niño, cuando nos dice que a Dios podemos llamarle: “Abba”; que como es sabido en el lenguaje arameo es una expresión muy afectuosa y de confianza del niño hacia su padre, que traduciéndola a nuestro lenguaje el sentido sería: papito. Pues, así es como Cristo se ha dirigido y relacionado amorosamente hacia su Padre, esta es la experiencia y el conocimiento de los pequeños, según el presente evangelio, cuando se relacionan confiadamente con el Padre del cielo.

 

3. El lugar de la alabanza en la oración cristiana

 

La alabanza es la forma de orar que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios.

Le canta por El mismo, le da gloria no por lo que hace sino por lo que El es.

Participa en la bienaventuranza de los corazones puros que le aman en la fe antes de verle en la Gloria. Mediante ella, el Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios (cf. Rm 8, 16), da testimonio del Hijo único en quien somos adoptados y por quien glorificamos al Padre.

La alabanza integra las otras formas de oración y las lleva hacia Aquél que es su fuente y su término:

 

"un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y por el cual somos nosotros" (1 Co 8, 6).

 

San Lucas menciona con frecuencia en su Evangelio la admiración y la alabanza ante las maravillas de Cristo, y las subraya también respecto a las acciones del Espíritu Santo que son los hechos de los apóstoles : la comunidad de Jerusalén (cf Hch 2, 47), el tullido curado por Pedro y Juan (cf Hch 3, 9), la muchedumbre que glorificaba a Dios por ello (cf Hch 4, 21), y los gentiles de Pisidia que "se alegraron y se pusieron a glorificar la Palabra del Señor" (Hch 13, 48).

 

"Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor" (Ef 5, 19; Col 3, 16).

 

Como los autores inspirados del Nuevo Testamento, las primeras comunidades cristianas releen el libro de los Salmos cantando en él el Misterio de Cristo.

 

En la novedad del Espíritu, componen también himnos y cánticos a partir del acontecimiento inaudito que Dios ha realizado en su Hijo: su encarnación, su muerte vencedora de la muerte, su resurrección y su ascensión a su derecha (cf Flp 2, 6-11; Col 1, 15-20; Ef 5, 14; 1 Tm 3, 16; 6, 15-16; 2 Tm 2, 11-13).

De esta "maravilla" de toda la Economía de la salvación brota la doxología, la alabanza a Dios (cf Ef 1, 3-14; Rm 16, 25-27; Ef 3, 20-21; Judas 24-25).

 

La revelación "de lo que ha de suceder pronto", el Apocalipsis, está sostenida por los cánticos de la liturgia celestial (cf Ap 4, 8-11; 5, 9-14; 7, 10-12) y también por la intercesión de los "testigos" (mártires: Ap 6, 10).

Los profetas y los santos, todos los que fueron degollados en la tierra por dar testimonio de Jesús (cf Ap 18, 24), la muchedumbre inmensa de los que, venidos de la gran tribulación nos ha precedido en el Reino, cantan la alabanza de gloria de Aquél que se sienta en el trono y del Cordero (cf Ap 19, 1-8).

 

En comunión con ellos, la Iglesia terrestre canta también estos cánticos, en la fe y la prueba.

La fe, en la petición y la intercesión, espera contra toda esperanza y da gracias al "Padre de las luces de quien desciende todo don excelente" (St 1, 17). La fe es así una pura alabanza.

 

La Eucaristía contiene y expresa todas las formas de oración: es la "ofrenda pura" de todo el Cuerpo de Cristo "a la gloria de su Nombre" (cf Ml 1, 11); es, según las tradiciones de Oriente y de Occidente, "el sacrificio de alabanza".

 

Nos vemos el próximo lunes, pedimos particularmente en este fin de semana por nuestros hermanos de la República Centro Africana, clamándole al cielo liberación, protección, providencia, con la presencia de la Radio que nos tiene como compañeros de camino, los carguemos sobre nuestras espaldas con la confianza puesta en Dios.

 

Un abrazo y nos encontramos el lunes.

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