Este sábado 3 de mayo, las Obras de Radio María y Hombre Nuevo vivimos el Retiro Mensual de Mayo a cargo de Juan José Santander, desde la ciudad de San Salvador de Jujuy. Esta es la prédica que Santander expuso en el Retiro:
La vocación de los discípulos misioneros a la santidad
Partícipes del Plan de Salvación
Hoy nos encontramos para hacer un alto en nuestro caminar. Queremos juntos hacer una reflexión sobre nuestro peregrinar por el camino que Jesús ha indicado, y que nosotros, libremente, hemos escogido.
Desde la provincia de Jujuy, esta bendita tierra argentina -tan pródiga en sus paisajes naturales, en sus costumbres y sabiduría popular, en su música, en sus raíces y en la calidad y calidez de su gente-, vamos a compartir con los oyentes de todo el país el Retiro Mensual para este mes de Mayo.
Los obispos reunidos en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, en Aparecida, Brasil, el año pasado, han ofrecido un valiosísimo documento que es de tanta riqueza para toda la Iglesia. Allí se nos hace un nuevo llamamiento a todo el pueblo de Dios bajo el lema “Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida”.
En verdad, puede que no encontremos conceptos, palabras ni invitaciones distintas a las que Jesús viene proponiendo desde hace más de dos mil años; pero sí vamos a encontrarnos con este mismo llamado anclado en la realidad de nuestra cultura, y ubicado en este tiempo de la historia, tan cambiante, tan vertiginoso, que a veces hasta pareciera adelantarse y dejarnos atrás…
Fijensé que en la Historia de la Salvación, Dios Padre sale de sí, para llamarnos a participar de su vida y de su gloria. Y ya en el Antiguo Testamento, mediante Israel, pueblo que hace suyo, Dios nos revela su proyecto de vida. Cada vez que Israel buscó y necesitó a su Dios, sobre todo en las desgracias nacionales, tuvo una singular experiencia de comunión con Él, quien lo hacía partícipe de su verdad, su vida y su santidad. Por eso, este pueblo, no demoró en testimoniar que su Dios –a diferencia de los ídolos- es el “Dios vivo” (Dt 5, 26) que lo libera de los opresores (Ex 3, 7-10), que perdona incansablemente (Ex 34, 6; Eclo 2, 11) y que restituye la salvación perdida cuando el pueblo, envuelto “en las redes de la muerte” se dirige a Él suplicante (Is. 38, 16).
Más acá en esta línea histórica, de este Dios –que es su Padre- Jesús afirmará que “no es un Dios de muertos, sino de vivos” (Mc 12, 27).
Y este Dios vivo, nos ha hablado por medio de Jesús, su Hijo. Dios, que es Santo y nos ama, nos llama por medio de Jesús a ser santos. Dice la Carta que el apóstol Pablo escribió a los efesios en el capítulo 1, versículos 4 y 5: “En Cristo Dios nos eligió antes de que creara el mundo, para estar en su presencia santos y sin mancha. En su amor nos destinó de antemano para ser suyos en Jesucristo y por medio de Él. Así lo quiso y le pareció bien”.
Estamos llamados a la Santidad. Desde siempre. Desde antes de la creación del mundo. Y es el llamado que se nos presenta una y otra vez, aunque a veces nosotros lo perdamos de vista. Dios en su infinita misericordia, no deja de invitarnos.
Pero cuando hablamos del llamado a ser santos, no estamos diciendo poner carita de buenos, juntar las manos y mirar para arriba… estamos diciendo santificar la propia vida y la de los demás desde las acciones más concretas, sencillas y cotidianas.
Y éste es el llamado íntimo, anterior, impreso en el ser mismo de cada uno de nosotros Creados por Dios, llamados a la santidad, llamados a la felicidad plena en Él. ¿Quién de nosotros quiere ser feliz? ¿Cuántos de nosotros buscamos la felicidad? Es así. Todos la anhelamos. Sólo que en ocasiones, la buscamos por caminos equivocados…
Dios a través de Jesús nos muestra nuevamente el camino. Y me gusta decir camino. Porque la santidad no es sólo un estado y un lugar al que queremos llegar como meta, fin. La santidad es camino, es proceso, es paso a paso, opción tras opción. Por eso el llamamiento de Jesús, el Maestro, conlleva una gran novedad.
Invitados por el Maestro
En la antigüedad, los maestros invitaban a sus discípulos a vincularse con algo trascendente, y los maestros de la Ley les proponían la adhesión a la Ley de Moisés.
Jesús invita a encontrarnos con Él y a que nos vinculemos estrechamente a Él, porque es la fuente de la vida (Jn 15, 5-15) y sólo Él tiene palabras de vida eterna (Jn 6, 68). En los seguidores de otros maestros, los discípulos pronto descubren dos cosas del todo originales en relación con Jesús. Por una parte, no fueron ellos los que escogieron a su maestro; fue Cristo quien los eligió. Por otra parte, ellos no fueron convocados para algo (purificarse, aprender la Ley…), sino para Alguien, elegidos para vincularse íntimamente a su Persona (Mc 1, 17; 2, 14). Jesús los eligió para “que estuvieran con Él y enviarlos a predicar” (Mc 3, 14), para que lo siguieran con la finalidad de “ser de Él” y formar parte “de los suyos” y participar de su misión.
Nos dice el diccionario que discípulo es una persona que aprende una doctrina, ciencia o arte bajo la dirección de un maestro. Persona que sigue la opinión de una escuela, aun cuando viva en tiempos muy posteriores a los maestros que la establecieron. Discípulo de Aristóteles, de Platón…
Los discípulos se iban a vivir con el maestro para aprender no sólo lo teórico, sino la vida del maestro.
Pero Jesús pide más aún. El discípulo experimenta que la vinculación íntima con Jesús, es formarse para asumir su mismo estilo de vida y sus mismas motivaciones (Lc 6, 40b), correr su misma suerte y hacerse cargo de su misión de hacer nuevas todas las cosas.
¿Parece mucho no? Si. Es mucho. Pero si lo hacemos unidos íntimamente al “Hacedor”, al “Creador”, al “Restaurador” de todas las cosas, esta misión es posible.
Claro, puede que en este momento, o en otro, cargados de incertidumbre en el corazón, nos preguntemos con Tomás: “Cómo vamos a saber el camino?” (Jn 14, 5).
Y en El Capitulo 15 del Evangelio de Juan dice Jesús:
“Yo soy la Vid verdadera, y mi Padre el viñador. Si alguna de mis ramas no produce fruto, él la corta; limpia toda la rama que produce fruto para que dé más.
Ustedes ya están limpios: la palabra que les he dirigido los ha purificado. Permanezcan en mí y yo permaneceré en ustedes.
Como la rama no puede producir fruto por sí misma si no permanece en la planta, así tampoco pueden ustedes producir frutos si no permanecen en mí. Yo soy la Vid y ustedes las ramas. Si alguien permanece en mí, y yo en él, produce mucho fruto, pero sin mí no pueden hacer nada.
El que no se quede en mí, será arrojado afuera y se secará como ramas muertas: hay que recogerlas y echarlas al fuego, donde arden.
Si se quedan en mí, y mis palabras permanecen en ustedes, todo lo que poseen lo pedirán, y se les concederá. Mi Padre encuentra su gloria en esto: que ustedes produzcan mucho fruto, llegando a ser con esto mis auténticos discípulos”.
Yo los he amado a ustedes como el Padre me ama a mí: permanezcan en mi amor”.
Permanezcan en mi amor. Cuántas veces me he preguntado el significado de esta frase. “Permanezcan en mi amor”.
Permanecer es estar, es elegir una vez mas, es perseverar, es habitar en amor de Jesús. No es una opción que se hace una sola vez en la vida y ya está. Es elegir cada día. En todo momento. “Permanezcan en mi amor”.
Con la parábola de la Vid y los Sarmientos (Jn 15, 1-8), Jesús revela el tipo de vinculación que Él ofrece y que espera de los suyos. No quiere una vinculación como “siervos”. Y lo dice explícitamente. “No los llamo siervos sino amigos” (Jn 15,15). El siervo no tiene entrada a la casa de su amo, menos a su vida. Jesús quiere que su discípulo se vincule a Él como “amigo” y como “hermano”. El amigo ingresa a su Vida, haciéndola propia. El amigo escucha a Jesús. El amigo conoce al Padre.
Jesús los hace familiares suyos, porque comparte la misma vida que viene del Padre y les pide, como a discípulos, una unión íntima con Él, obediencia a la Palabra del Padre, para producir en abundancia frutos de amor.
Nosotros, como discípulos y misioneros, estamos llamados a intensificar nuestra respuesta de fe.
La respuesta a su llamada exige entrar en la dinámica del Buen Samaritano (Lc 10, 29-37), que nos da el imperativo de hacernos prójimos, especialmente con el que sufre, y generar una sociedad sin excluidos, siguiendo la práctica de Jesús que come con publicanos y pecadores (Lc 5, 29-32), que acoge a los pequeños y a los niños (Mc 10, 13-16), que sana a los leprosos (Mc 1, 40-45), que perdona y libera a la mujer pecadora (Lc 7, 36-49), que habla con la Samaritana.
Esta propuesta hoy llega una vez más a cada uno de nosotros. A vos, a mí, a todos. ¿Qué le respondemos?
Hoy Jesús, el Maestro, nos renueva la invitación. “Permanezcan en mi amor”.
Configurados con el Maestro
La admiración por la persona de Jesús, su llamada y su mirada de amor buscan suscitar una respuesta consciente y libre desde lo más íntimo del corazón del discípulo, una adhesión de toda su persona al saber que Cristo lo llama por su nombre (Jn 10, 3).
¿Se han imaginado alguna vez la mirada de Jesús? El Evangelio, que es tan rico en imágenes y descripciones da cuenta de esta mirada. Mirada de “amor”.Mirada que interpela. Mirada que nos invita a elegirlo, a permanecer, a decirle que si. Un “sí” que compromete radicalmente la libertad del discípulo a entregarse a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida (Jn 14, 6). Es una respuesta de amor a quien lo amó primero “hasta el extremo. En este amor de Jesús madura la respuesta del discípulo: “Te seguiré adondequiera que vayas” (Lc 9, 57).
Configurarnos con el Maestro significa asemejarnos, parecernos, intentar tener “los mismos sentimientos de Jesús”. Y esto que parece tan ideal, podemos experimentarlo en nuestras relaciones más cercanas: ¿No les pasó alguna vez, que estando tanto tiempo con una persona, compartiendo tantas cosas, con un docente, con un amigo o amiga, con un grupo determinado, terminaron diciendo cosas parecidas, usando los mismos códigos, incluso a veces vistiéndose casi iguales? A mí me ha pasado muchas veces.
Si hasta nos da gracia cuando los chicos parecen tener las mismas salidas, dichos y gestos de su papá o su mamá, y parecen unos grandes en miniatura.
Bueno esto mismo, pasado al plano espiritual puede pasarnos con la Persona de Jesús, si permanecemos en Él; si estamos mucho tiempo con Él; si nos identificamos con Él.
A veces cuando leo la vida de algún santo, por ejemplo, o veo actitudes y obras de algunas personas digo cómo puede ser que Chiara Lubich, que Madre Teresa, que Juan Pablo II hayan tenido pensamientos, respuestas, y acciones tan semejantes a las que (pienso yo) hubiera tenido Jesús: amar hasta que duela, ser luz en medio de la oscuridad, llevar la paz siempre y a todo lugar… Es por estar tan cerca del Señor. Buscarlo y encontrarlo en la oración, en los sacramentos, el servicio, en el hermano.
Lo bueno es que en esto no estamos solos. El Espíritu Santo, que el Padre nos regala, nos identifica con Jesús.
Para configurarse verdaderamente con el Maestro, es necesario asumir la centralidad del Mandamiento del amor que Él quiso llamar suyo y nuevo. “Ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 15, 12). Este amor, con la medida de Jesús, de total don de sí, además de ser el distintivo de cada cristiano, no puede dejar de ser la característica de su Iglesia, comunidad discípula de Cristo, cuyo testimonio de caridad fraterna será el primero y principal anuncio “reconocerán que todos son discípulos míos” (Jn. 13, 35).
En el seguimiento de Jesucristo, aprendemos y practicamos las bienaventuranzas del Reino, el estilo de vida del mismo Jesucristo: su amor y obediencia filial al Padre, su compasión entrañable ante el dolor humano, su cercanía a los pobres y pequeños, su fidelidad a la misión encomendada, su amor servicial hasta el don de su vida. Hoy contemplamos a Jesucristo tal como nos lo transmiten los Evangelios para conocer lo que Él hizo y para discernir lo que nosotros debemos hacer en las actuales circunstancias que se nos presentan.
Identificarse con Jesucristo es también compartir su destino: “Donde yo esté estará también el que me sirve” (Jn 12, 26). El cristiano corre la misma suerte del Señor, incluso hasta la cruz: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga” (Mc 8, 34). Nos alienta el testimonio de tantos misioneros mártires de ayer y hoy en nuestros pueblos que han llegado a compartir la cruz de Cristo hasta la entrega de su vida.
Y una imagen espléndida de configuración al Proyecto Divino, que se cumple en Cristo, es la Virgen María. Desde su Concepción Inmaculada hasta su Asunción, nos recuerda que la belleza del ser humano está toda en el vínculo de amor con Dios, y que la plenitud de nuestra libertad está en la respuesta positiva que le damos.
En nuestras comunidades, hermanos, innumerable cantidad de cristianos buscan configurarse con el Señor al encontrarlo en la escucha orante de la Palabra, al recibir su Perdón en el Sacramento de la Reconciliación, y su Vida con mayúsculas en la celebración de la Eucaristía y de los demás sacramentos; en la entrega solidaria a los hermanos más necesitados y en la vida de quienes reconocen con gozo al Señor en medio de ellos.
Enviados a anunciar el Evangelio del Reino
Todos estamos llamados a anunciar esta Buena Noticia.
Cuando Jesús llama a los suyos para que lo sigan, les da un encargo muy preciso: anunciar el Evangelio del Reino a todas las naciones (Mt 28, 19; Lc 24, 46-48). Por esto, todo discípulo es misionero, porque Jesús lo hace partícipe de su misión. Cumplir este encargo no es una tarea opcional, sino parte integrante de la identidad cristiana, porque es la extensión testimonial de la vocación misma.
Y, amigos, no hace falta hace un exhaustivo estudio, o proponer muy desarrolladas estadísticas para darse cuenta que la situación del mundo que, tristemente, desconoce en algunos casos, o que prescinde en tantos otros casos de Dios, necesita una nueva evangelización. Un nuevo anuncio. Como nos pidió Juan Pablo II: una verdadera nueva evangelización; nueva en su ardor, nueva en sus métodos.
Por eso los cristianos, vos, yo, nosotros, los que nos encontramos en este retiro acá en Jujuy o escuchando en sus lugares, no podemos quedarnos callados y permanecer así como si nada, quietos, tratando de resolver nuestra vida, nuestras propias cosas en el individualismo.
Entonces decimos que es propio y es esencial en la vida cristiana el sentido de la Misión. Y es que todo cristiano es un salvado por Jesús y DEBE hacer todo lo posible para alcanzar la salvación para los demás. Todo cristiano, en distintas medidas y de los más diversos modos que podamos imaginarnos, está llamado a la misión. Porque “vivir la fe, es misionar la vida” dice el Padre Ricardo Mártensen, del Movimiento de la Palabra de Dios.
Realmente son tantas las personas que se saben desorientadas y buscan a tientas un sentido luminoso, trascendente, esperanzador y valioso para sus vidas… Si nosotros, los cristianos, los que confesamos que Jesús ha cambiado nuestra vida y nos ha ganado el corazón; y decimos que Él es el sentido de nuestro existir, no hacemos de nuestras experiencias cotidianas, de nuestros encuentros, de nuestros servicios y en definitiva de nuestra vida una misión en nuestros ambientes, tendríamos que tener presente el cuestionamiento personal que se hace San Pablo en la primera carta a los corintios: “Ay de mí si no anuncio el Evangelio”…
Llamados a la Santidad
El Santo Padre Benedicto XVI nos recuerda que: “El discípulo, fundamentado en la roca de la Palabra de Dios, se siente impulsado a llevar la Buena Nueva de la Salvación a sus hermanos. Discipulado y misión son como las dos caras de una misma medalla: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él nos salva (Hc 4, 12). Por eso, el discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro”. Ésta es a tarea esencial de la evangelización, que incluye la opción preferencial por los pobres, la promoción humana integral y la auténtica liberación cristiana.
El Santo Padre nos recuerda que desde el Bautismo estamos llamados a la santidad. Esto implica necesariamente la misión.
Y tanto es así, que en la Jornada Mundial de Oración por las vocaciones de este año, ha propuesto el tema «Las vocaciones al servicio de la Iglesia–misión».
Entonces, cuando crece la conciencia de pertenencia a Cristo, en razón de la gratitud y alegría que produce, crece también el ímpetu de comunicar a todos, si, a todos, el don de ese encuentro. La misión no se limita a un programa o proyecto, sino que es compartir la experiencia del acontecimiento del encuentro con Cristo, testimoniarlo y anunciarlo de persona a persona, y de la Iglesia a todos los confines de la tierra.
De hecho, el propio Jesús salió al encuentro de personas en situaciones muy diversas: hombres y mujeres, pobres y ricos, judíos y extranjeros, justos y pecadores, invitándolos a todos a su seguimiento. Y hoy sigue invitando a encontrar en Él el amor del Padre. Por esto mismo, el discípulo misionero tiene que ser un hombre o una mujer que hace visible el amor misericordioso del Padre, especialmente a los pobres y pecadores.
¿Y saben qué? Al participar de esta misión, el discípulo camina hacia la santidad. Vivir la misión lo lleva al corazón del mundo. Por eso, la santidad no es una fuga hacia el intimismo o hacia el individualismo religioso, tampoco un abandono de la realidad urgente de los grandes problemas económicos, sociales y políticos, y mucho menos, una fuga de la realidad hacia un mundo exclusivamente espiritual.
Animados por el Espíritu Santo
También es el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús el que nos anima a la misión. Es más: es el Espíritu Santo el que hace la misión. Prepara el corazón del misionero, abona la tierra de misión, y está absolutamente presente, marcadamente presente en el momento de la siembra y recepción de la semilla del Reino.
Jesús, al comienzo de su vida pública, después de su bautismo, fue conducido por el Espíritu Santo al desierto para prepararse a su misión (Mc 1, 13-13) y, con la oración y el ayuno discernió la voluntad del Padre y venció las tentaciones de seguir otros caminos. Ese mismo Espíritu acompañó a Jesús durante toda su vida (Hc 10, 38). Y una vez resucitado, Jesús comunicó su Espíritu vivificador a los suyos. (Hc 2, 33). A nosotros.
La Iglesia, está llamada a continuar la obra del Mesías. San Pablo lo afirma de este modo: “Ustedes son una carta de Cristo redactada por un ministerio nuestro y escrita no con tinta sino con el Espíritu de Dios vivo” (“ 2 Cor 3, 3). El mismo y único Espíritu guía y fortalece a la Iglesia en el anuncio de la Palabra, en la celebración del a fe y en el servicio de la caridad.
Jesús nos transmitió las palabras de su Padre y es el Espíritu quien nos la recuerda. Esta es la razón por la cual los seguidores de Jesús deben dejarse guiar constantemente por el Espíritu (Gal 5, 25), y hacer propia la pasión por el Padre y el Reino: anunciar la buena nueva a los pobres, curar a los enfermos, consolar a los tristes, liberar a los cautivos, anunciar a todos el año de Gracia del Señor (Lc 4, 18-19).
La Vocación a la Santidad
Al concluir el Gran jubileo del año 2000, Juan Pablo II en la carta apostólica Nuevo Milenio Ineunte, nos habla de la “vocación universal a la santidad”.
Este don se plasma a su vez en un compromiso que ha de dirigir toda la vida cristiana: “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1 Tes 4,3). Es un compromiso que no afecta sólo a algunos cristianos: “Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor”.
Dado este llamado a la Santidad de nuestro Creador, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, con una religiosidad superficial.
De esta manera, preguntar a alguien, ¿quieres el bautismo?, significa preguntar al mismo tiempo ¿quieres ser santo?
El Concilio Vaticano Segundo explicó muy bien este ideal de perfección, que no debe ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos “genios” de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno.
Y en esto, Juan Pablo Segundo nos ha presentado, especialmente a lo largo de su pontificado, tantos ejemplos a seguir. Canonizó a 482 personas y beatificó a 1.338. Religiosos y religiosas, sacerdotes, obreros, estudiantes, profesionales de todo tipo, niños, jóvenes, madres, padres, matrimonios…, personas que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida.
Es evidente que los caminos de la santidad son personales, y representan las necesidades, los dones y carismas que el Señor ha puesto en cada uno.
Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este “alto grado de la vida cristiana ordinaria”.
Para este camino de santidad es necesario que un cristiano se distinga ante todo en el “arte de la oración”.
Se equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial, incapaz de llenar su vida. Especialmente en tantos modos en que el mundo hoy pone a prueba la fe, no sólo serían cristianos mediocres, sino “cristianos en riesgo”.
Fortalecidos y centrados en Jesús a través de la oración, en la escucha orante de la Palabra y en los sacramentos, especialmente la Reconciliación y Eucaristía, el Espíritu Santo nos envía a anunciarlo, a comunicarlo, a transmitirlo a todos los demás.
Debemos estar convencidos para presentarlo a los demás. Gozosos, alegres, llenos de pasión porque lo que ofrecemos es lo mejor que nos pasó en la vida, y es la mejor noticia que cualquier persona puede recibir.
A veces nos acostumbramos y creemos que podemos hacer una evangelización casi por inercia, de taquito… Y en esto siempre debemos volver a las raíces, al primer amor, a la esencia y el fuego del primer encuentro con el Jesús vivo.
Cuántas veces ( y yo me incluyo) hemos dicho entre nosotros, -que hace más tiempo que quizá estamos intentando caminar esta vida, y nos creemos que ya estamos de vuelta- “¡Uh, éste recién se convierte!” cuando nos interpela la fidelidad y la pasión de algún hermano que recién descubre a Jesús. “Dejá, tranquilizate. Ya se te va a pasar” le decimos, porque no nos bancamos que su experiencia nos ponga de frente a nuestra propia realidad en algún momento absolutamente enamorada de Jesús y con tanto ardor en el corazón, y ahora como “acostumbrada”…
Que nunca nos acostumbremos. Que no dejemos de sorprendernos. Que no perdamos la capacidad de llenar de pasión la Vida que Él nos regaló, y que podamos anunciarlo con mucho fervor, sin estridencias, en las situaciones de todos los días.
Anunciadores desde el Encuentro con el Resucitado
Como discípulos y misioneros hoy el Señor nos envía nuevamente a anunciar su Buena Noticia. Anuncio que nosotros debemos agradecer a tantas personas que a lo largo de la historia nos legaron la fe. Anuncio que recibimos también de la mano de la Creación de Dios. Dicen nuestros pastores que la naturaleza creada es el primer libro para conocer a Dios. Y si lo sabrán nuestros hermanos jujeños, con esta inmensa, vasta y tan maravillosa creación que los rodea.
Amigos, el encuentro con Jesús Resucitado nos lleva a anunciarlo. Necesariamente nos invita a salir de nosotros mismos y comunicarlo a los demás.
Uno de estos encuentros con Jesús es el de Saulo de Tarso, luego llamado Pablo. Mientras iba de camino a Damasco persiguiendo a los cristianos para darles muerte, se encontró con Jesús. Y fue tan fuerte y tan hermoso ese encuentro, que se convirtió en uno de los anunciadores más importante. De hecho, en este 2008 la Iglesia nos propone mirarlo como ejemplo, en el Año Paulino. (Hc 9, 3-30)
Dos hombres que venían de camino tristes, desanimados, desesperanzados, comienzan a dialogar con Alguien que se les une en la marcha. Se sienten tan a gusto con él que lo invitan a quedarse. Les explica las escrituras, les parte el pan y lo reconocen como Jesús. Por este gesto y porque “Les ardía el corazón” estando con él. Los peregrinos de Emaús. Dice la Palabra que de inmediato vuelven a Jerusalén y contaron lo sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. (Lc 24, 13-35)
En el Pozo de Jacob Jesús se encuentra con la samaritana. Cosa impensada por este tiempo porque Jesús era judío, los judíos no se hablaban con los samaritanos, y mucho menos con una mujer de Samaría. (Ya sabemos el trato y el pensamiento que se tenía sobre las mujeres en esa cultura). Jesús le pide agua, dialogan, se encuentran, y ella lo reconoce como el Mesías. Tanto es así que también sale a anunciarlo. Y dice el Evangelio que “En este pueblo muchos samaritanos creyeron en Él por las palabras que esta mujer decía”. (Jn 4, 5-42)
Y si hablamos de encuentros, no podemos dejar afuera al encuentro de Jesús vivo, resucitado, bien temprano, en el sepulcro con María Magdalena.
Dice la Palabra que María Magdalena salió corriendo para anunciar a sus amigos que Jesús había resucitado. (Corriendo, sin aire, con un nudo en la garganta y llena de emoción.)
Y encima, sus amigos medio que no le creyeron, o al menos quisieron ir a experimentar y comprobar todo lo que ellas habían dicho… Y encontraron todo como lo contaron las mujeres.
Los que fueron corriendo fueron Pedro y Juan, el discípulo más joven. (Jn 20, 11-18)
Un especial llamado a los jóvenes
Y a propósito: Juan Pablo II en el Gran Jubileo del año 2000 hace una invitación especial a los jóvenes. Ha dicho “Jóvenes no tengan miedo de ser los santos del nuevo milenio”
Jóvenes, no tengan miedo de ser los santos del nuevo milenio. Chicos y chicas, ¿cuál es?, que en la escuela, en la facu, en el club, en el trabajo, y hasta en nuestras mismas comunidades nos tilden de nabos, ñoños, nerds, santulones… ¿cuál es?, si este testimonio (bien entendido, claro) sirve para anunciar un nuevo modo de vida, que no viene en paquete de colores brillantes, que no es un producto de la web y que no es una propuesta virtual. Es la invitación a caminar la vida de Jesús en Él y con Él. Yo creo que vale la pena… y no sólo la pena.¡Jesús vale la vida! Y si no, se lo preguntemos a la joven muchacha de Nazareth, por cuyo Sí Dios nos envía al Salvador.
Respondiendo desde el Corazón de María
María, es “la primera discípula”: modelo de configuración con Jesús y su Mensaje.
María es ejemplo de caminar la vida mirando al cielo con los pies bien puestos sobre la tierra. Escuchando a Dios en la oración íntima y en la oración de la vida. Percibiendo y dando respuesta a las necesidades de los hermanos. Atenta a lo que el soplo del Espíritu va suscitando en su corazón. Por eso ella es también nuestro modelo de santidad.
María, “la servidora del Señor” transformó su vida en una misión. Misión para traer a Jesús al mundo; misión para servir, iluminar y promover el envío del Pueblo de su Hijo, a lo largo de toda la historia y hasta nuestros días.
Hermanos, pongamos en sus manos nuestro deseo más intimo de responder positivamente a la propuesta del Señor. Esta invitación que es de tanta Gracia para nosotros, para nuestra propia vida, pero que en Dios se transforma en Don para los demás.
Amigos ¡María puede formar y disponer nuestro corazón para la misión a la que hoy, como ella queremos decir que Sí!.
Que Ella, nuestra Madre, nos enseñe y nos anime a vivir con intensidad “la vocación de los discípulos misioneros a la santidad”.
Preguntas para después del anuncio:
Para responder personalmente:
- Frente a esta nueva llamada de Jesús. ¿Qué siento? ¿Qué le respondo?
- ¿Vivo como un discípulo misionero?
- ¿A qué me comprometo?
En una dimensión comunitaria:
- ¿Cómo estamos viviendo la 'vocación de los discípulos misioneros a la santidad' en nuestra comunidad?
- ¿Somos comunidades misioneras? ¿Por qué?
- ¿Cuáles pueden ser los próximos pasos a dar para mejorar nuestro testimonio y el anuncio?