Este sábado 7 de junio, las Obras de Radio María y Hombre Nuevo vivimos el Retiro Mensual de Junio a cargo de María Fernanda Maurutto, desde la ciudad de Córdoba. Esta es al anuncio que Maurutto expuso en el Retiro.
El llamado de Dios
Vamos a mirar juntos como el Señor a través de la historia, llama a su pueblo y a quienes serán sus discípulos a ser parte del proyecto de amor que Él pensó desde siempre para cada uno. De la misma manera descubriremos nuestro propio llamado. Él nos ha llamado a cada uno de manera particular, pero a todos nos ha invitado desde la unidad y la comunión a ser parte de su gran proyecto de amor.
El llamado de Dios es personal y tiene algunas características que es bueno poder identificarlas para que no se nos pase de largo y podamos dar respuesta a la invitación que Él nos hace. Para ello vamos a recorrer un poquito la historia; sólo un par de ejemplos que nos servirán para mirar desde afuera lo que también acontece en nuestra vida casi sin que lo advirtamos.
Para comenzar tomaremos el ejemplo de Abraham. El Señor lo llama cuando ya es un hombre adulto, con una vida organizada, con su trabajo, su esposa, que recordemos era una mujer estéril. Dios le dice: “Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostrare. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre, y se tu una bendición.
Bendeciré a quienes te bendigan, Y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra.(Génesis 12, 1-3).
Dios lo invita a marchar, a ponerse en movimiento. Esta es la primera característica que vamos a destacar:
- Cuando Dios llama, lo hace de manera personal y nos invita a ponernos en movimiento.
La propuesta es dejar el lugar donde uno habita para marchar hacia otro que el Señor va a mostrar. Dios llama por el nombre, e invita a salir del lugar en el que se está instalado, salir de la seguridad, lo que es tierra conocida para que nos pongamos en marcha hacia otro lugar, que él te mostrará.
Lo segundo que hay para destacar es:
- Dios llama y en el mismo momento hace una promesa.
Dios te ha hecho una promesa, si es que has podido identificar el llamado que el te ha hecho para este tiempo. Es bueno recordar que El Señor no llama una sola vez, lo hace permanentemente. Si bien el primer llamado es a ser parte de su familia en el momento del bautismo, a lo largo de nuestra vida nos hace pequeñas y grandes invitaciones, las que siempre tienen como fin seguirlo para construir junto a él y otros el reino de los cielos, algo que veremos más adelante.
Abraham recibe el llamado y da una respuesta, su sí es rápido, no es un si egoísta, al contrario en ese sí se abre la historia de todo un pueblo, de allí depende la existencia y el porvenir de este pueblo.
Abraham fue obediente al llamado de Dios de dejar sus tierras, sus comodidades, sus familias, para seguir a un Dios que le iba a dar muchas bendiciones, pero Abraham no sabía ni donde ni cuando serían estas promesas ni estas bendiciones, "sólo" tenía que obedecer el llamado de Dios. Tuvo que dejar todo esto, para seguir a Dios.
Dios estaba decidido a hacer de Abraham el hombre que quería que fuera y para lo que Él lo había escogido.
Abraham obedece al llamado de Dios, es un mandamiento que Dios le da para que deje y rompa con el pasado, para que Dios tenga el primer lugar en su vida. Pero este mandamiento va siempre acompañado con las promesas de Dios, van siempre de la mano. Cuando Dios llama siempre promete.
Somos llamados para la misión
Miremos ahora el llamado que el Señor le hace a Maria. Aquí en contraposición con Abraham Dios llama a una joven, a una mujer, una niña que recién comenzaba a proyectar su camino. Encontramos entonces una nueva característica:
- Dios llama en cualquier momento de nuestra vida
Maria como lo hizo Abraham se pone en marcha con su si y pone en marcha la historia de la salvación. Porque entiende cual es el llamado; a ser la Madre del Salvador y la puerta de entrada para que nosotros alcancemos la salvación, y entonces se deja enviar por el Señor. Vemos aquí una nueva característica del llamado
- Dios llama para una misión
La misión que tenemos nos lleva no solo a dar respuesta obediente a Dios sino que nos compromete a otros. Mi acción implica a muchos que quizás sin saberlo se verán beneficiados por mi si, como Dios le dijo a Abraham se bendecirán con mi Sí-Aquí encontramos algo nuevo para destacar.
- Confianza en quien llama.
El ángel que se le presenta a Maria le dice “No temas Maria porque has alcanzado gracia delante de Dios. Un llamado concreto a la confianza, porque es cierto que el miedo es lo primero que aparece ante lo desconocido y en primera instancia es bueno que así sea porque es una señal de alerta, nos detiene, pero no debe paralizarnos. Así le ha pasado a muchos a lo largo de la historia de la salvación; sintieron miedo pero no se detuvieron, el fuego en su corazón por seguir y obedecer a Dios siempre fue mas grande y les quemaba de tal manera que sin demasiados preámbulos se lanzaban a dar una respuesta al proyecto de Dios para sus vidas.
Llamados a la unidad y comunión
Siguiendo con esta breve recorrida por algunos acontecimientos donde el Señor llama, nos detenemos ahora en el llamado a sus discípulos. Jesús, al inicio de su ministerio, elige a los doce para vivir en comunión con Él (Marcos 3, 14). Para favorecer la comunión y evaluar la misión, Jesús les pide: “Vengan ustedes solos a un lugar deshabitado, para descansar un poco” (Marcos 6, 31-32). Al parecer, el encuentro a solas indica que Jesús quiere hablarles al corazón (Oseas 2, 14). El encuentro de los discípulos con Jesús en la intimidad es indispensable para alimentar la vida comunitaria y la actividad misionera.
Y aquí encontramos una nueva característica del llamado:
* La invitación es a vivir en comunidad.
Es decir compartir con otros el camino un llamado a la misión desde la unidad y la comunión. Así como no se quiere entender el discipulado sin la misión, tampoco se lo quiere entender sin la vida comunitaria. Los discípulos de Jesús están llamados a vivir en comunión con el Padre (1 Juan 1, 3) y con su Hijo muerto y resucitado, en “la comunión en el Espíritu Santo” (2 Corntios 13, 13). El misterio de la Trinidad es la fuente, el modelo y la meta del misterio de la Iglesia: “un pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, llamada en Cristo “como un sacramento, o signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano
La vocación al discipulado misionero es con-vocación a la comunión en su Iglesia. No hay discipulado sin comunión. Ante la tentación, muy presente en la cultura actual, de ser cristianos sin Iglesia y las nuevas búsquedas espirituales individualistas, afirmamos que la fe en Jesucristo nos llegó a través de la comunidad eclesial y ella “nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia Católica.
La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión. Esto significa que una dimensión constitutiva del acontecimiento cristiano es la pertenencia a una comunidad concreta, en la que podamos vivir una experiencia permanente de discipulado y de comunión.
Al recibir la fe y el bautismo, los cristianos acogemos la acción del Espíritu Santo que lleva a confesar a Jesús como Hijo de Dios y a llamar a Dios “Abba”.
Al igual que las primeras comunidades de cristianos, hoy nos reunimos asiduamente para “escuchar la enseñanza de los apóstoles, vivir unidos y participar en la fracción del pan y en las oraciones” (Hechos 2, 42). La comunión de la Iglesia se nutre con el Pan de la Palabra de Dios y con el Pan del Cuerpo de Cristo. La Eucaristía, participación de todos en el mismo Pan de Vida y en el mismo Cáliz de Salvación, nos hace miembros del mismo Cuerpo (1 Corintios 10, 17). Ella es fuente y cúlmen de la vida cristiana, su expresión más perfecta y el alimento de la vida en comunión. En la Eucaristía, se nutren las nuevas relaciones evangélicas que surgen de ser hijos e hijas del Padre y hermanos y hermanas en Cristo. La Iglesia que la celebra es “casa y escuela de comunión”, donde los discípulos comparten la misma fe, esperanza y amor al servicio de la misión evangelizadora.
La Iglesia, como “comunidad de amor”, está llamada a reflejar la gloria del amor de Dios que, es comunión, y así atraer a las personas y a los pueblos hacia Cristo. En el ejercicio de la unidad querida por Jesús, los hombres y mujeres de nuestro tiempo se sienten convocados y recorren la hermosa aventura de la fe. “Que también ellos vivan unidos a nosotros para que el mundo crea” (Juan 17, 21). La Iglesia crece no por proselitismo sino “por ‘atracción’: como Cristo ‘atrae todo a sí’ con la fuerza de su amor”. La Iglesia “atrae” cuando vive en comunión, pues los discípulos de Jesús serán reconocidos si se aman los unos a los otros como Él nos amó (Romanos 12, 4-13; Juan 13, 34).
Constatamos que, en nuestra Iglesia, existen numerosos católicos que expresan su fe y su pertenencia de forma esporádica, especialmente a través de la piedad a Jesucristo, la Virgen y su devoción a los santos. La invitación es a profundizar la fe y a participar más plenamente en la vida de la Iglesia, recordándoles que “en virtud del bautismo, están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo”.
La Iglesia es comunión en el amor. Esta es su esencia y el signo por la cual está llamada a ser reconocida como seguidora de Cristo y servidora de la humanidad. El nuevo mandamiento es lo que une a los discípulos entre sí, reconociéndose como hermanos y hermanas, obedientes al mismo Maestro, miembros unidos a la misma Cabeza y, por ello, llamados a cuidarse los unos a los otros (1 Corintios 13; Colosences 3, 12-14).
La diversidad de carismas, ministerios y servicios, abre el horizonte para el ejercicio cotidiano de la comunión, a través de la cual los dones del Espíritu son puestos a disposición de los demás para que circule la caridad (1 Corintios 12, 4-12). Cada bautizado, en efecto, es portador de dones que debe desarrollar en unidad y complementariedad con los de los otros, a fin de formar el único Cuerpo de Cristo, entregado para la vida del mundo. El reconocimiento práctico de la unidad orgánica y la diversidad de funciones asegurará mayor vitalidad misionera y será signo e instrumento de reconciliación y paz para nuestros pueblos. Cada comunidad está llamada a descubrir e integrar los talentos escondidos y silenciosos que el Espíritu regala a los fieles.
En el pueblo de Dios, “la comunión y la misión están profundamente unidas entre sí… La comunión es misionera y la misión es para la comunión”. En las iglesias particulares, todos los miembros del pueblo de Dios, según sus vocaciones específicas, estamos convocados a la santidad en la comunión y la misión.
Para meditar:
¿Cómo vivo el llamado del Señor a ser discípulo misionero?
¿Qué signos de unidad encontramos en nuestras comunidades y qué dificultades existen para crecer en unidad y fraternidad?
¿Es nuestra comunidad signo de unidad para otras realidades dentro y fuera de la iglesia?
¿Qué le falta a nuestra comunidad para ser como la de los discípulos?