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24 de julio de 2014 16:24 horas Programa Actual: Donde Quiero Estar
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Contenido de Conferencias para la Vida
Programa especial del Día del Niño - "El niño de tu corazón"
Texto 1:

Hablar de la niñez es pronunciar de lo que alguna vez fuimos.  Muchos añoran la infancia como una etapa privilegiada de la historia personal; unos conservan memorias vívidas a pesar de los años transcurridos; otros apenas tienen evocaciones que se pierden entre vagas reminiscencias. Algunos se esfuerzan por no  idealizar los primeros años de su vida porque no siempre han gozado de aquello que es deseable esperar para todo niño. Por muchas razones –personales, familiares, o sociales- también la niñez, como cualquier otro ciclo humano, puede ser una etapa dura.

Lo cierto es que, más allá de las condiciones en las que se ha vivido la propia niñez, ésta se caracteriza, más que cualquier otra etapa subsiguiente, por la “ley del crecimiento continuo”. En la niñez nos desarrollamos alrededor del 70% de lo que creceremos en el resto de la vida. Como afirma la psicología, la psiquiatría, la psicopedagogía y otras disciplinas afines, la infancia es como la “matriz extra uterina” que nos contiene y en la que nos desenvolvemos los primeros años de existencia. Es como la cera maleable en donde se imprimen, como sellos, las impresiones que quedarán en la profundidad de nuestra psiquis. Resulta como el rompecabezas donde se van articulando las diversas piezas que irán construyendo nuestra identidad y el perfil de nuestra personalidad.

De todas las etapas humanas, la infancia es la más determinante de todo el proceso posterior de la vida. Crecemos biológica, psicológica y afectivamente, un gran porcentaje de nuestro ulterior desarrollo.

En la niñez nos abocamos a la gran tarea del descubrimiento y la exploración de la realidad y de la vida que nos rodean. Nos autoconocemos permanentemente y comenzamos la socialización con otras personas, insertándonos en una familia y en el circuito de otras relaciones.

    Nosotros ya no somos niños. Sin embargo, alguna vez lo hemos sido. Cuando recordamos la niñez y evocamos al niño que fuimos podemos sentir diversas emociones: Alegría, nostalgia, agradecimiento o quizás, también, por qué no, otras sensaciones no tan  positivas.

    Cuando te conectás con el niño que fuiste, el que lleva tu nombre y tu historia, ¿qué imagen es la que viene?; ¿cuál es el retrato en el que te ves y te reconocés a vos mismo?; ¿qué lugares recordás?; ¿qué olores te son familiares?; ¿qué paisajes se dibujan?; ¿qué voces escuchás?; ¿qué anédoctas recordás?...  ¿Me contás alguna historia?, ¿te gustaría que escuchemos una historia de esas que nos contaban cuando éramos chicos?; ¿conocés la historia del gigante de ojos azules?...


Texto 2:

Para los adultos, la niñez resulta como el “paraíso perdido” de nuestra propia vida. Tenemos que dar nuevamente con él  lo largo de la vida. A veces deseamos retornar pero hemos olvidado el camino y no encontramos quien nos pueda guiar.

La niñez es una “metáfora” de la esencia de nuestra condición humana. No queda en nuestro pasado sino que aparece en el horizonte de nuestro futuro, como un “punto” del itinerario personal al cual hay que llegar.

Mientras transcurre la vida vamos perdiendo todas las características de la niñez: Confianza en los otros; inocencia, ingenuidad, capacidad de jugar y de soñar; iniciativa, imaginación y creatividad; empezar siempre algo nuevo; conocer las cosas y preguntar -sin vergüenza alguna- por lo que ignoramos; ser afectivos y expresivos sin condicionamientos, espontáneos, auténticos, frescos, ocurrentes, risueños, tímidos o extravertidos, simpáticos, alegres y tantas, tantas otras buenas condiciones que vamos, penosamente, olvidando y perdiendo mientras crecemos, como si fuera una erosión que desgasta la vida, haciéndonos endurecer, poniéndonos rígidos y calculadores, serios, precavidos y desconfiados.

Después -cuando ya somos maduros y nos damos cuenta que tenemos que “desaprender” algunos aprendizajes que hemos adquirido- la vejez nos trae al calendario personal el re-encuentro con la infancia.

La vida comienza con una “primera infancia” y termina con una “segunda infancia”. La vejez o senectud es una “última infancia”: Volvemos a lo esencial de la vida; dejamos de trabajar y empezamos a disfrutar; gozamos de las cosas simples de la vida y de los afectos sencillos y perdurables; nos permitimos tiempos gratuitos; volvemos a “jugar” con la vida como al principio, despreocupándonos del peso y de las cargas que se han sumado y acumulado a lo largo del camino…

Tenemos que volver a recordar cómo era y cómo sentía, cómo veía el mundo aquél niño que alguna vez fuimos. Reconquistar el “niño perdido” no significa ser inmaduros o incompletos sino           re-encontrarnos con nuestra propia esencia, con lo más genuino de nosotros mismos que hemos extraviado u olvidado.

Volvemos al niño que fuimos cuando experimentamos, como en aquél entonces, sentimientos de indefensión, vulnerabilidad, fragilidad, abandono; o también sensaciones de cariño, cuidado, tibieza y contención o cuando dejamos volar nuestra fantasía, ensueño, magia y nos trasladamos a aquellos reinos olvidados con héroes y princesas, brujas y gigantes, reyes y villanos, ogros y monstruos. Personajes donde el bien y el mal debaten de continuo…

Esos reinos lejanos, con todos sus personajes, están en nuestro interior. Son ficciones de nuestras realidades espirituales más profundas. Nos habitan con otros nombres y se disfrazan con otros ropajes y máscaras; sin embargo, aparecen y reaparecen en nuestro interior, de diversas maneras, a lo largo de nuestro viaje. Son nuestras propias representaciones de nosotros mismos. Las fábulas e historias nos  pronuncian a nosotros y nuestras búsquedas, relatan nuestra peregrinación. Por eso nos identificamos tanto.

Los cuentos que nos contaban o aquellos que nosotros leíamos, los que nos otros nos narraban o los que nosotros escuchábamos se han convertido en “llaves” y “claves” por las que podemos seguir interpretando, aún hoy, las raíces profundas de nuestra existencia y la hondura de nuestro abismo interior y sus símbolos.

Te propongo que intentes conectarte con el niño que sos o con el que fuiste. Rescatáte y reconquistáte desde tu infancia.

La vida es el camino que queda trazado entre una infancia y otra, entre la primera y la segunda infancia.

Hay todavía una “última infancia” que nos espera y nos reconcilia con la vida entera. Guarda vírgenes todas las esperanzas y las deudas pendientes del camino vuelven a ser para nosotros posibles realizaciones ya que todo puede ser posible de una nueva forma.

Vení, salí de vos mismo, salí afuera, acercáte a la casa de tu infancia, descalzáte, pisá la hierba mullida, corré, sentí la brisa que te recorre, poné los pies en el agua transparente del arroyo, jugá enlazando las luces luz y las sombras, bailá al son de la música que brota de adentro tuyo, escuchá tu canción, desplegá tus brazos al sol, invitáme, ¡imagináte a dónde podríamos llegar si tuviéramos alas!   


Texto 3:

    Las historias y mitos, las fábulas y cuentos, las narraciones y ficciones de la infancia son claves de interpretación para el resto de la vida. Nos abren a la compresión de la realidad y de la verdad de ciertos interrogantes de la existencia que no tienen una fácil explicación. La literatura infantil, en general, es algo muy serio, contrario a lo muchos piensan. Es la primera herramienta que nos ayuda a descifrar las misteriosas fuerzas de la vida: El amor y la soledad, el sufrimiento y la muerte; la amistad y la enemistad, el bien y el mal.
Los textos infantiles nos inician en la interpretación simbólica de la realidad. Nos permite leer de otras maneras, desde otros lugares y con otros enfoques. El símbolo está contenido en la palabra y en la imagen, en la poesía cuando el discurso escapa de la razón y logra expresarse en la intuición, construyendo cuentos e historias desde la alegoría, la fábula, el mito y la parábola. Se adquiere así la capacidad simbólica para leer muchos otros textos, incluso la Biblia con todo su lenguaje simbólico y comprender así el hablar de Dios ya que Dios, muchas veces, habla como los niños. Sólo el que tiene un lenguaje de niño en su corazón es capaz de comprender la voz de Dios.
    Sin que nos demos cuenta, volvemos a lo largo de la vida a esas claves para desentrañar las fibras con las que están entretejidas las hebras de la vida y el alma humana.

    Todo este cúmulo de fuerzas -que imperan en las tensiones pujantes de la existencia- nos embarga de interrogantes que nos acompañan el resto del viaje y nos aproximan a una sensación muy cercana a lo sagrado. Cuando nos adentramos en la vida y en la muerte, en el amor y en el dolor, pisamos un suelo que se abre hacia el cielo, a lo trascendente.

    La niñez cree en todo. Para ella no hay mucha diferencia entre la realidad y la ficción, entre razón e imaginación. Esto -que muchas veces los adultos juzgamos como un desconocimiento propio de la infancia- sin embargo es una capacidad para captar la profundidad de las múltiples capas de una realidad que nunca es tan simple.

    Cuando intentamos “explicar” racionalmente -con la “lógica” de los adultos- los interrogantes de la realidad, nos encontramos con serias limitaciones en nuestra compresión, ideas y lenguaje. Retornamos entonces al mundo subterráneo de las imágenes de la infancia que son capaces de llegar a la esencia y profundidad del alma humana.

    El lenguaje de la infancia es la lengua de la vida a la que retornamos cuando las otras palabras no alcanzar. La infancia nos recuerda que hay realidades que no deben ser “explicadas” sino, simplemente, aceptadas. Hay mayor sabiduría en aceptar que en explicar. La explicación se queda afuera. La aceptación nos involucra desde dentro. La explicación “descuartiza” la realidad con sus análisis. La aceptación en cambio nos integra, envolviéndonos en el misterio, haciéndonos formar parte de él.

    La infancia nos recuerda que, a menudo, es más importante hacer la pregunta que dar con la respuesta. Es más significativo hacer el camino que concluir la búsqueda con la llegada. En nuestro camino de indagación, no todos los cuentos infantiles tienen, como la misma vida, un “final feliz”. No todas las historias son alegres o terminan bien. Algunas son bastante dramáticas por cierto.

    ¿Por ejemplo, conocés la historia de Rapunzel?; ¿Querés que te la cuente?...

     Rapunzel era una joven prisionera de una bruja que la había puesto en lo alto de una torre, sin acceso alguno. Cuando la bruja quería subir, le pedía a Rapunzel que dejara caer su larga trenza y subía, como si fuera una soga, gracias al extenso cabello dorado. Un día, un príncipe, supo de ese secreto de la bruja y –de la misma manera- subió hasta el encuentro de la prisionera. Cuando la bruja lo supo, cortó la trenza y envío a la doncella al bosque, mientras que al príncipe, lo encegueció con un hechizo. Pasado mucho tiempo, enceguecido el príncipe y perdida la joven, se encontraron en la oscuridad del bosque y se reconocieron. Rapunzel, entonces, abrazó al príncipe ciego y lloró de alegría. Sus lágrimas rodaron hasta tocar los ojos secos y oscurecidos del príncipe. Las lágrimas bañaron los ojos inundándolos, otra vez, de una nueva y tibia luz. Así el príncipe recuperó su vista: A menudo en la vida, las lágrimas de unos se convierte en la luz de otros.


Texto 4:

    En el mundo en el cual vivimos, en la era de la “globalización”, muchos de los nuevos excluidos que genera el sistema son los niños. Hoy mucho se habla de los “derechos del niño”; sin embargo, existen también muchas y graves violaciones a esos derechos. El “día del niño” es para recordar social y solidariamente de manera fundamental a esos niños, los “nuevos pobres”.

La niñez actual en nuestra realidad en estado de riesgo social continuo es un fenómeno altamente preocupante. Se patentiza en algunas de las siguientes situaciones críticas: Los niños de la calle; los bebés abandonados,  maltratados o golpeados; la venta de bebés; la desnutrición infantil; el alto porcentaje de mortalidad infantil; los niños explotados por el mundo laboral de los adultos; la analfabetización y la deserción escolar prematura; los niños insertos en las nuevas configuraciones de familias y ensambles vinculares; la problemática de la adopción; la delincuencia juvenil; la rehabilitación e inserción social de los menores que delinquen; el tráfico de órganos, la prostitución y la pornografía infantil; los niños abusados y víctimas de la violencia; los niños portadores de VIH; los niños agresivos en las escuelas; la drogadicción infantil; la extrema indigencia en la algunos viven; los niños cyberdependientes y los que son objetos de la publicidad orientada para crear conductas de consumismo infantil; los niños con carencias de roles maternos y paternos, masculinos y femeninos; los niños criados afectivamente de manera abandónica por sus padres; los niños sin límites; etc.

Vivimos en una sociedad en la que los niños no son privilegiados: ¿Qué podés hacer para contrarrestar toda esta fuerza de muerte?; ¿si fuera un hijo, un nieto o un sobrino tuyo el que padeciera algo de esto?; ¿cómo reaccionarías?...

Texto 5:

    Jesús en el Evangelio aparece rodeado de niños y -a pesar de que los apóstoles quieren alejar- el Señor bendice. Además nos exhorta a todos a ser como niños para poder entrar en su Reino. Volver a ser como niños es volver a ser humanos. Reconquistar nuestra esencia y nuestra alma.

Nuestro Dios hecho hombre no sólo quiere a los niños sino que, también, Él mismo se sometió a las leyes del crecimiento humano. Por el misterio de la Encarnación, Dios se hace niño, nace de una mujer, vive en una familia, aprende a hacerse humano. El Niño Dios que adoramos en la cuna del Pesebre en la Navidad nos ilumina la mirada de fe en la niñez.

    Jesús fue un niño como todos los demás niños de su pueblo. Creció rodeado del afecto de María y de los cuidados de José. Vivió y jugó en una casa humilde sostenida con el esfuerzo del trabajo cotidiano. La cadencia de la oración resguardaba la semilla de la fe de ese hogar.

    María, la Madre, también fue niña. La Virgen Niña muestra la delicadeza, la ternura y la suavidad propia de la cándida inocencia de toda niñez.

    Pongamos a todos los niños en el corazón del Dios Niño y hagamos una ronda tomados de la mano con la Virgen. Que no nos avergüence volver a ser como niños. Que el ángel de la guarda, dulce compañía, nos cuide y nos acompañe cada día.

    Que Dios nos acune en la misericordia de sus brazos y en la compasión de su entrañable amor. Que el Padre del cielo nos cante una nana, una canción de cuna, que nos haga vivir serenos. Que nos arrulle eternamente su cariño para que estemos en paz.

    Querido Dios, cántame una canción como las que me cantaba mamá. Cántame como cuando era niño. Cántame para que la oscuridad nunca me toque, para que los miedos no me paralicen, para que los malos sentimientos no lleguen a mi alma.

Querido Dios, cántale a los niños y cántale también a los que ya no somos niños. Todos los necesitamos, aunque a veces no nos animemos a pedírtelo. Nos da vergüenza. Nos sentimos grandes pero, en verdad, seguimos siendo pequeños.

Cántale a los pobres y a los enfermos, a los viejitos y a los olvidados, a los que están encerrados y a los que no tienen pan, casa, trabajo, familia o amigos.

 Cántanos a todos. Que escuchemos, muy dentro de nosotros tu dulce e inconfundible voz que nos susurra. Cántame, cánteme una canción para que vuelva ser el niño que aún soy…


Eduardo Casas.
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