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28 de julio de 2014 21:31 horas Programa Actual: Informativo de Radio Vaticano / Padre Ceschi
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Hay que tener fe para descubrir la presencia de Dios en medio nuestro
Cuando Jesús acabó de contar las parábolas, partió de ese lugar.  Fue a su pueblo y se puso a enseñarles en la sinagoga judía.  La gente, admirada, decía:  “¿De dónde le vienen a éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos?, ¿no es éste el hijo del carpintero?, ¿no se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas?, ¿no están todas sus hermanas entre nosotros?, ¿de dónde pues le viene todo esto?”.  Y los tenía desconcertados, pero Jesús les dijo:  “Un profeta sólo es depreciado en su pueblo y entre los suyos”.  Y no hizo allí muchos milagros, por su falta de fe.

Mateo 13, 53 - 58

El Apóstol Pedro (1 Pedro 2, 1 - 10) nos dice:  “Acercándose a Él, piedra viva rechazada por los hombres pero elegida y preciosa para Dios, también ustedes mismos como piedras vivas van construyendo un templo espiritual dedicado a un sacerdocio consagrado, para ofrecer por medio de Jesucristo sacrificios espirituales agradables a Dios.

Por eso dice la Escritura:  “He aquí que colocó en Sión una piedra elegida, fundamental, preciosa.  Quien crea en ella no quedará defraudado”. El honor es para ustedes, los creyentes; para los incrédulos, sin embargo, la piedra que desecharon los constructores se ha convertido en piedra fundamental y también en piedra de tropiezo y roca dónde se estrellan. Tropiezan, efectivamente, los que rechazan la Palabra, pues tal es su destino. Ustedes en cambio, son descendencia elegida, reino de sacerdotes y nación santa, pueblo adquirido en posesión para anunciar las grandezas del que los llamó de la oscuridad a su luz admirable y los que en otro tiempo no eran pueblo, ahora son el Pueblo de Dios. Los que no habían conseguido misericordia, ahora obtuvieron misericordia.”

El Evangelio de hoy, que lo encontramos al final del relato de las parábolas de Jesús, lo sitúa en medio de la incomprensión por su falta de fe.  ¡Qué increíble!.  Este Evangelio me da un dolor en el corazón, porque es triste ver que algo, siendo tan evidente para uno, otros no lo ven.

Y a veces uno se pregunta ¿porqué no pueden aceptar a Jesús muchos?, ¿por qué no entienden el plan de Dios? ¿por qué no aceptan lo que es definitivo, lo que es esencial? ¿por qué muchos no pueden entender el camino del bien? Uno se hace estas preguntas... ¿por qué no tienen la mirada de la fe?

Siempre recuerdo una charla que tuve hace muchos años con unos jóvenes. Había una adolescente que no era bautizada y no tenía el don de la fe. Y como nosotros hablábamos de Jesús, ella comenzó a preguntar con gran interés. Yo le fui explicando que Jesús es el Hijo de Dios y que Dios murió por nosotros, que se entregó en la cruz y que al tercer día resucitó y vive entre nosotros, y que esa es nuestra fuerza para ser cristianos. Ella me miró asombrada y dijo: “¡cómo va a morir! Si existe, ¡Dios no puede morir!” Dio media vuelta y se fue enojada. Su falta de fe le impedía comprender...

Voy a volver sobre algo que muchas veces se me viene al corazón y a la mente. Es una palabra de Jesús: “Yo te alabo, Padre y Señor del cielo y de la tierra por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Porque nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quienes el Hijo se lo quiera revelar.”

Y también aquella otra palabra que dice: “A los que creyeron en Él les dio el poder de llegar a ser Hijo de Dios.”

También me viene a la mente y al corazón aquella enseñanza en la que Pedro, lleno del Espíritu Santo, dice: “Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Mesías esperado.” Entonces Jesús le respondió: “Feliz de ti, Simón, porque esto no te lo reveló ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el Cielo.”

¡Qué misterio la fe! El Señor no pudo hacer muchos milagros en su tierra. La conclusión fue “un profeta sólo es despreciado en su pueblo y entre los suyos.”

Y a nosotros muchas veces nos sucede de forma similar. Tal vez en un pueblo hay un cantor. Pero allí nadie le presta mucha importancia, parece lindo pero no trasciende. Sin embargo, se va a otras ciudades y entonces allá se hace famoso, se llenan los estadios para participar en un recital suyo. Esto es una constatación de que a veces no sabemos valorar entre nosotros los dones y la presencia de Dios. ¿Cuánto nos hablará Dios, cuánto se manifestará el amor de Dios, cuánto se hará presente Jesús en medio de nosotros sin que nos percatemos? ¡Claro! Ya nos conocemos demasiado... ¿¡Cuánto clausuramos la posibilidad de transformación a través de esa gente en la que Dios ciertamente obra!? ¡Qué difícil es ser profeta en medio de su pueblo! Y el Señor tiene también esta experiencia, que es tan común entre nosotros.

Pero, a pesar de todo, Jesús no deja de anunciar. Vuelve a su pueblo. La falta de fe hace que algunas cosas o acontecimientos no tengan lugar. Hay milagros que no se pueden hacer allí. No se puede sembrar en el asfalto. Nadie siembra dónde no se cosecha. Dios tampoco. Aunque siembre entre las piedras, porque si hay un poco de tierra está la posibilidad de que crezca alguna semilla. Que tal vez se va a morir, porque no va a poder echar raíces, no va a poder profundizar... Pero Dios no va a negar la siembra. El Señor hace lo que se le permite.

Frente a la indiferencia de un mundo que rechaza la fe y la propuesta del Evangelio, no debemos callar. Ser profetas aún allí donde no es bien recibida la Palabra, dónde quizás no se puedan vivir algunas cosas, pero no hay que callar. Pues si callan los hijos de los hombres, hablarán las piedras. Si callan los profetas, si los bautizados no anuncian porque no son aceptados y se encierran en sí mismos y la Evangelización pasa a ser un hecho para algunos pocos que gustan de vivir ese hecho de encontrar a Jesús y encerrarse, entonces las piedras hablarán de Dios.

“Toda rodilla se doble ante Jesús, en los Cielos, en la Tierra y en los abismos; y toda lengua proclame que Jesús es el Señor.”

Jesús es aquél ante quién todo se ha de postrar, es el gran don de Dios.

En la oración al preparar este anuncio, en el encuentro personal con el Señor, me surgió fuertemente este sentimiento. Después de todo, el Padre ya me dio a Jesús y entonces me dio todo lo que me podía dar. ¿Qué hay más grande que Jesús? ¿Qué me podrá negar el Padre, que yo necesite y que yo le pida, si ya me dio a Jesús? Este pensamiento me dio un gran consuelo, fue verdaderamente un regalo del Señor. No es que se trate de algo nuevo, sólo es nuevo en mi interior y fue una gracia. El Señor me sacudió interiormente para que me hunda en el misterio de Jesús, para que mi fe se haga viva.

Hoy tengo que anunciar a Jesús. ¿Cómo lo iba a anunciar si el Señor no me regalaba comprender hoy, una vez más, que Jesús es el núcleo, es la fuente y es el culmen de toda mi vida, de toda la historia y de toda la vida de la Iglesia?

Este pensamiento -que comparto de mi oración personal-, se une a otro: Jesús es aquél ante quien se debe doblar toda rodilla, como dice la Sagrada Escritura. Es el gran don del Padre y es el gran secreto de la vida de la fe. Nosotros nos encontramos con este mundo, que muchas veces no acepta nuestro testimonio, nuestra palabra de evangelización, nuestro anuncio explícito del Evangelio. Pero es un mundo necesitado de este anuncio.

Jesús va a su pueblo y se encuentra con su comunidad que lo juzga, porque sólo puede ver con los ojos del cuerpo, con la medida de la razón. Por eso su lógica es el gran impedimento para descubrir el Reino de Dios que se les anuncia.

Ese Reino de Dios era tan evidente para los que tenían el don de la fe y sin embargo tan ridículo para aquellos que sólo juzgaban con la medida temporal y la comprensión de la razón. Llenos de seguridad en sí mismos, sólo podían juzgar a Jesús desde una mirada meramente humana.

¿Quién es éste, de dónde salió? Se decían. Hasta la capacidad de hacer signos les molestaba y les resultaba chocante. En vez de despertar a la fe, se encerraban más en una postura rígida, contraria a la fe. Parecía que anunciarles la fe los postergaba y los endurecía. ¿Es que Dios quería ese resultado? ¿O era el orgullo humano que no quería aceptar el testimonio?

Queridos bautizados, hermanos cristianos, no nos olvidemos que el Señor también quiere nuestra presencia en nuestro mundo. Tenemos que tener un contacto con nuestra realidad, tocar nuestros ambientes con la calidez y el estilo del Evangelio.

Ser anunciadores del Reino de Dios donde estamos. No tengas miedo.

También quiero decirte que el rechazo de tu condición profética, de tu condición de testigo de Jesús y de creyente, es también un signo de que Dios está presente en tu mundo.

Hoy ciertamente el Señor también me va a hablar a mí. Yo soy parte de su familia. Nosotros somos su pueblo, donde Jesús desarrolla su vida de comunión con el Padre y con el Espíritu. Éste es el gran acontecimiento de nuestra existencia final, que ya lo estamos viviendo por la gracia de la caridad, porque estamos unidos por la misericordia divina a Dios y entre nosotros. Hoy el Señor me va a hablar, y yo al meditar este Evangelio me hacía esta pregunta: ¿qué signo tendrá que hacer el Señor para que yo crea, para que yo viva de Él? ¿Será que hoy Jesús podrá anunciarme la voluntad del Padre? ¿O será quizás que, en vez de vivir de mi fe, estoy viviendo de mis seguridades y de mis certezas de tal manera que no puedo aceptar el testimonio de Dios, considerándolo ridículo, superficial, poco para mí, o juzgándolo que no puede ser de Dios?

Uno de los aspectos importantes de la conversión es la transformación también de la mente, es decir la conversión intelectual. No hay duda de que la fe sirve para aprender el discernimiento, para adquirir un olfato de una presencia dada anterior a mi olfato, que despierta mi olfato. Es que Dios pasa por ahí. Hay signos, palabras, gestos, en los que el Señor me va dando testimonio del amor del Padre. Jesús siempre es y será testigo y profeta, anunciador de las cosas definitivas y del presente; de las cosas esenciales, venideras y permanentes. Jesús es el Dios de la historia, el rostro del Padre, el gran sacramento del plan de Dios.

El Antiguo Testamento dice “matemos al justo”. ¡Cuántas veces nosotros tampoco aceptamos esa presencia real, ese anuncio explícito del Señor a través de cosas tan simples que nosotros podemos entender con nuestra mente, tocar con nuestras manos o percibir en nuestro corazón, intuir en nuestra realidad cotidiana. Pero a veces estamos muy aferrados a nosotros mismos, a nuestros criterios...

Y no hay que perder de vista que todo el mundo es un mensaje de Dios. Toda relación humana, todo acontecimiento, incluso el mal, la cruz, la enfermedad, la injusticia, son un lenguaje de Dios. El cristiano que vive de la fe, puede aceptar a Dios, aprendiendo a ejercer esa fe desde una actitud de escucha y de discernimiento.

Necesitamos estar en clave de oración para escuchar las profecías de Dios y descubrir su presencia en medio nuestro. Eso implica desinstalarnos, poner en situación crítica nuestras seguridades conceptuales o nuestras maneras de entender, a las que tanto nos aferramos.

¡Cuántas veces el Señor me habrá hablado y yo no lo habré querido escuchar!

¡Cuántas veces se habrá cumplido en mí aquellas palabras evangélicas de “no tirarles perlas a los cerdos”!

¡Cuántas veces, como el cerdo, no pude valorar la presencia de Dios!

 

 

BENDICIÓN

 

Que la tierra se vaya haciendo camino ante tus pasos.

Que el viento sople siempre a tus espaldas.

Que el sol brille cálido sobre tu cara.

Que la lluvia caiga suavemente sobre tus campos.

Y hasta tanto volvamos a encontrarnos,

Que Dios te guarde en la palma de su mano.

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