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17 de abril de 2014 00:13 horas Programa Actual: Catequesis (R)
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Los cuatro caminos para buscar la voluntad de Dios
Ustedes son justificados gratuitamente, en virtud de la redención cumplida en Jesucristo.

Romanos 3; 24

Hoy justamente queremos vincularnos a esta experiencia de gratuidad del amor de Dios, que nos justifica, que nos hace santos, que nos ordena, armoniza, y permite que nuestra vida se plenifique por amor, iniciativa y presencia de Dios. Que hace, que actúa en nosotros mucho más allá de los méritos que nosotros podemos alcanzar a este Dios tan cercano, y a la vez tan grande, tan inmenso.

En el libro del Deuteronomio existe una afirmación, que justamente viene como a aparecer en el principio de la Gracia de la redención, con la que Dios se vincula con su pueblo, que después en el proceso de crecimiento de la revelación, se va transformando hasta llegar a esta experiencia típicamente paulina: que es en la Gracia de Dios donde somos verdaderamente renovados y transformados. En el medio de la afirmación que eleva ahora y la expresión paulina, hay una serie de matices en el proceso de la revelación de Dios, que permiten entender cómo Dios acompaña al pueblo mismo, mientras le va haciendo entender acerca de su señorío.

Yahvé dice el libro del Deuteronomio “nos ordenó practicar todos estos preceptos y tenerlo a Él para que siempre fuéramos felices, para conservar la vida, como ahora sucede”. Y esta será nuestra justicia, observar y poner en práctica todos estos mandamientos delante de Yahvé nuestro Dios, como Él nos lo ordenó.

¿Qué está diciendo el texto del Deuteronomio? Está diciendo que la justificación, la plenitud, la salvación, viene por la observancia. La justicia consiste en cumplir casi escrupulosamente los preceptos y los mandamientos de la ley, así como están consignados en la Escritura.

El pueblo de Israel tiene la convicción de que Yahvé otorgó la ley a Israel, como un precioso don destinado a que todos fueran justos y pudieran vivir siempre felices, a partir del cumplimiento de este mandato. Los maestros se esfuerzan en estudiar la ley, para conocer hasta la más pequeña, minuciosa expresión de la misma. Con una única aspiración, llevar hasta lo más último y mínimo la voluntad de Dios, que estaría expresada en el mandato. Casi diría yo, en la literalidad de la ley.

De esta manera, tratan de ser justos, según lo expresa el libro del Deuteronomio, y muchos otros textos, que aparece esta misma concepción en el Antiguo Testamento.

En la época de Jesús y de Pablo, se llegó a pensar que el perfecto cumplimiento de la ley provocaría la venida del Mesías y un texto posterior lo resume de esta manera. Es un texto que es un Midrash, “el hijo de David vendrá si todo Israel cumple un sábado como está mandado”. Es decir si nos ajustamos estrictísimamente al sábado, entonces Dios vendrá.

Como que está más en la voluntad humana, y en el cumplimiento estricto de la ley, que en la gratuidad del amor y de la iniciativa de Dios, la posibilidad de la redención.

Los que intentan ser justos por medio del cumplimiento de la ley, se colocan, dice el padre Rivas, en un comentario que hace a las Cartas de Pablo, en una situación verdaderamente peligrosa. ¿Por qué? Porque la búsqueda de la justicia a través de nuestra propia obra, abre un espacio grande a la jactancia, al creer que uno se construye la salvación.

A veces nos pasa, no? Este cierto triunfalismo cristiano, con el que nos vinculamos a la sociedad, mirándola como desde arriba, sin acercarnos a ella para comprenderla y para acompañar sus procesos verdaderamente transformantes.

¿Por qué? Porque hemos hecho un reaseguro de nuestra propia salvación a partir de una serie de parámetros en torno a los cuáles hemos construido nuestra espiritualidad. En algunos cumplimientos. Muy devotos, muy santos, muy ciertamente loables. Pero ninguno de ellos, por más que nos repitamos en uno y en otro, necesariamente para vivir en la piedad y en la caridad, termina por alcanzarnos la Gracia de la redención, que sólo está en las manos de Cristo Jesús, en quien está la iniciativa y la gratuidad del don, de la transformación de nuestra vida.

No es un reaseguro el que nos podemos adquirir delante de Dios, por un determinado cumplimiento de unas pautas, establecidas por el mismo Dios. De manera tal, que uno tengo como una carta crediticia con la cual presentarte delante del trono de Dios y decir, “¡¿cómo Señor si hemos predicado con vos en nuestras plazas. Si hemos anunciado con vos la buena noticia?! “No los conozco”. Vale decir, aquel que no encuentre en el corazón de lo que se presente delante de él, el signo de la caridad, la única que verdaderamente nos da crédito. Que no es otra cosa, que fruto del amor de Dios, que se multiplica en gesto de amor en nosotros.

No es verdadera caridad cristiana que nace de un mero voluntarismo, que hace cosas solidariamente comprometidas con los demás. La verdadera caridad cristiana, que supone un compromiso de caridad solidaria con los demás, compromiso de acción solidaria con los demás, nace de una experiencia interior del amor de Dios, que se multiplica a través de gestos y acciones nuestras.

Somos invitados a recuperar el lugar de gratuidad con el que Dios quiere verdaderamente ofrecernos el camino de la redención.

Esta mañana leía el texto que estoy siguiendo de las cartas, de Madre Teresa de Calcuta, y en el afán suyo de comprometerse verdaderamente con la obra, que Dios le estaba inspirando en lo más hondo de su corazón, mientras espera una contestación de la carta que ha enviado a la Madre General de la comunidad de Loreto, para que la libre de sus responsabilidades asumidas frente a esa comunidad a la que pertenecía y poder comenzar a fundar la comunidad de las Hermanas de la Caridad. Recibe por parte del obispo esta indicación “tranquila hermana, Dios hace las cosas a su tiempo. No quiera usted apurar ni demorar la verdadera obra de Dios”.

Esto es verdaderamente ponerse en las manos del Señor, aún cuando el deseo sea grande de hacer cosas por Él y dejar que sea Él el protagonista. Y nosotros, como lo dice allí en esa carta tan claramente, el obispo que la acompaña en la tarea de la primera fundación, nosotros saber que somos meros instrumentos.

Poco a poco se va como clarificando el camino en el proceso de encuentro con la gratuidad de Dios, en el camino de la revelación. No fue de golpe. Este encuentro con el amor gratuito de Dios fue creciendo de a poquito, en la consciencia del pueblo de Israel. Por ejemplo algunos textos que nos hablan de esto. Si preguntas como sabemos que el pagano que obedece la ley es como el sumo sacerdote, la respuesta se encuentra en las palabras: el hombre que los cumpla (a los mandamientos), vivirá por ellos.

Como saliendo de ese ámbito tan restringido que además ofrecía el camino de la redención, por el mero cumplimiento de la ley y para algunos pocos.

Esta es la ley del hombre, Señor Dios, no es la ley de los sacerdotes, levitas o israelitas sino de los hombres. Y también aquella expresión de Isaías 26,2 “abran las puertas para que el pueblo que cumple la ley de Dios, pueda entrar. Abran las puertas para que entren sacerdotes, levitas, israelitas. Esta es la puerta del Señor, los justos entrarán por ella. Y no los sacerdotes, levitas, israelitas.” No dice que se alegren los sacerdotes, levitas e israelitas, sino dice que los justos se alegren en el Señor. Como ampliando la mirada.

Esta mirada ampliada la termina por configurar la persona de Jesús. Que termina por vincularse escandalosamente ante la mirada estrecha de escribas, fariseos, saduceos. Hombres aferrados a la ley, en su tiempo, cuando se sienta el a comer con publicanos, con pecadores. Con gente mal vista. Cuando se vincula Jesús a todos los que están excluidos y marginados de la ley por pertenecer a los enfermos leprosos, a los ciegos y paralíticos. Todos los excluidos, niños y mujeres, enfermos; publicanos y pecadores, forman parte del banquete de Jesús, que se acerca a ellos, no por los méritos que ellos tienen, sino por la voluntad de Dios que, en gratuidad se ofrece, para rescatar justamente lo que está perdido. No necesitan del medico los sanos, sino los que están enfermos. En esta misma línea, Pablo, es derribado de la estructura jurídica con la cual, el se ha vinculado a Jesús, siendo un fiel discípulo de Gamaliel, un estricto cumplidor de la ley, en el camino a Damasco, cuando, la luz que ilumina todo su ser, termina por ver como se desmantela, se desmorona ese aparato legalista con el cual, él ha buscado el camino de la Justicia ante Dios, para comenzar a vincularse a través del camino del Amor de Dios. Y de la vida del Espíritu. Que es la única que justifica en la obediencia de la fe.

Es por allí, por donde Dios nos quiere conducir. No es ningún comportamiento, ninguna acción nuestra: ningún acto de piedad, ninguna novena, ningún mandamiento. Ninguna regla, ninguna norma, ningún conjunto de normas, mandamientos, o novenas, oraciones, piedades, es lo que nos devuelve la salud.

En todo caso, esto mismo, en cuanto que puede favorecer desde lo ritual, el sostener una determinada estructura de vínculo, debe guiarnos a encontrar, el camino de la gratuidad.

El rito, como rito, lo ha descubierto claramente la psicología, de estos tiempos modernos, ofrece a la persona una estructura saludable en torno a la cuál, poder ir sosteniendo sus ser personal.

Y son sanos los ritos, cuando no se transforman en acciones obsesivas. Pero ningún rito, nos trae la salud definitivamente sin la gratuidad del Amor de Dios, que se nos regala y se hace presente a través de las cosas nuestras cotidianas también, la ritualidad con la que nos movemos para poder convivir, para poder vivir.

El camino de redención es un camino desde la ternura y gratuidad de Dios.

La Sagrada Escritura es un testimonio de la iniciativa y la libertad de Dios para vincularse con los que verdaderamente Él quiere incorporar a su camino.

Abraham fue elegido, no por sus méritos, sino por la generosidad, el amor, la libertad de Dios. El pueblo no podía exigir a Dios que le ayudara a liberarse de la esclavitud. Dios lo hizo porque lo amaba a su pueblo. Y porque escuchó el clamor de su pueblo y quiso salir al encuentro de él, a través de su elegido, Moisés, a quien lo eligió no por sus méritos, no por su capacidad, sino porque lo amaba sencillamente.

La encarnación del Hijo de Dios, no es un premio a nuestro buen comportamiento. Es la Voluntad de Dios, que en su infinita Misericordia, ha decidido venir a encontrarse con nosotros y con nuestras miserias, sin querer confundirse con nosotros, sino rescatándonos del pecado, y liberándonos para la vida nueva.

El Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob, no ha sido ideado, forjado, construido por la invención humana. No ha sido elegido por nosotros. Dios nos ha elegido y ha salido a nuestro encuentro el Dios vivo, es Él quien se elige y decide y define a favor nuestro, su pueblo, a favor de cada uno de nosotros. Es Él quien ha enviado a su Hijo al mundo para hacernos participar, de esa misma vida divina suya. Esta es la libertad a la que somos invitados a sumarnos en actitud obediente.

A la iniciativa de Dios que nos rescata, que nos salva con infinito amor, y por absoluta libertad suya, se corresponde una actitud de parte nuestra, obediente, de escucha y de aceptación, no solamente inteligente, a su querer y a su voluntad, sino de toda nuestra existencia puesta al servicio suyo.

Decía Carl Bart, un teólogo alemán, en la libertad de su Gracia, Dios, se manifiesta a favor del hombre. A pesar de su insignificancia. Está con él. Pese al carácter corruptible y transitorio de su ser en la carne, está con él.

Pese a su pecado y desobediencia, está con él. 

Dios no dice, por el hecho de que su hijo se hizo hermano nuestro, que quiso amarnos precisamente a nosotros, que nos ama y nos seguirá amando.

Nos ha elegido, y ha decidido permanecer en medio de nosotros. Lo decía Carl Bart, en el Don de la libertad en Dios.

San Pablo, se sentía desbordado de este amor de Dios que nos ha amado primero. No por nuestros méritos, sino por pura generosidad suya. No porque seamos buenos o dignos de ser amados, sino porque Él es Bueno, y en su infinito Amor, sale a nuestro encuentro. Decía Pablo, Romanos 5; y en Romanos 11, 33 - 35; “por la fe en Cristo hemos llegado a alcanzar esta situación de Gracia en la que nos encontráramos. Éramos incapaces de alcanzar la salvación. Dios nos ha mostrado su amor, haciendo morir a Cristo cuando aun éramos, pecadores. Cuando éramos sus enemigos. Dios nos reconcilió consigo por la muerte de su Hijo. –y afirma admirado, Pablo-, Que abismo de generosidad, de sabiduría y de Gracia hay en Dios. Que insondables son sus designios, que inescrutables sus caminos. Quien conoció jamás el pensamiento de Dios. Con quien se puso a consultarlo para obrar.

El piadoso y omnipotente Padre- decía Juan de la Cruz-, es tan generoso y dadivoso, cuanto poderoso y rico. Con la libertad de su poderosa Gracia, sale a nuestro encuentro y nos busca. Lo decía este santo desde aquella conciencia expresada en ese hermoso texto de la llama de amor viva, donde el sujeto al amor de Dios, es uno que no obra sino cuando Dios ha tomado la iniciativa. Y en el proceso de purificación del alma, de la vida toda, uno es objeto de la iniciativa constante con la que Dios nos invita, a hacernos, por el fuego de su amor, uno con Él.

El proceso de justificación, de madurez y de crecimiento de nosotros, no se da por una iniciativa nuestra. Por un obrar ordenado nuestro en función de un determinado plan que una se establece para poder vivir de la mejor manera posible. Sino que nace de la Voluntad de Dios a la que hay que obedecer.

¿Qué es obedecer a Dios?

Primero, la pregunta que nos hacemos, ¿Conviene obedecer a Dios?

Veamos un poquito a ver, si conviene o no conviene. Dios es nuestro Señor. Es infinitamente sabio. Y también el que nos ama infinitamente. En consecuencia siempre quiere para nosotros, lo mejor y sabe perfectamente qué es lo que nos conviene. Por esto la obediencia a Dios, es prueba de, digámoslo así, de sensatez, es camino seguro de felicidad, aunque a veces los deseos divinos, no coinciden en el tiempo y en el espacio, con nuestros gustos, con el momento que estamos atravesando. Y por momentos se sufre la voluntad y el querer de Dios. En la misma naturaleza de Jesús, que se ha acercado para hacerse uno de nosotros, cuando enfrenta la muerte, y está a la puerta del proceso de la Pasión suya, dice; “si es posible que se aparte de mi este cáliz”. Este sufrimiento que lo determina tu voluntad. Pero que nos se haga la mía, sino que se haga tu voluntad Padre.”

 Hay veces la voluntad de Dios, no coincide con nuestro gusto humano. Lo que pasa es que nosotros hemos construido nuestra sociedad en la voluntad de Poder, y la voluntad de querer. Como poniéndonos mismos las leyes, y hay veces, las leyes que nos ponemos para identificar nuestros quereres están directamente relacionadas con el placer. Y entonces la voluntad se identifica con lo que gusta. Y cuando no gusta, se deprime. Se deprime porque no encuentra gusto. Estamos frente al capricho. El gran capricho humano, propio de los niños.

La voluntad de Dios, muchas veces, como la voluntad de un padre para con su hijo, que tiene una mirada más clara de lo que conviene, no coincide con nuestro gusto.

¿Cómo conocemos la Voluntad de Dios? Para conocer la voluntad de Dios, yo diría que tenemos como cuatro caminos principales. Uno, conocer la naturaleza humana, nuestro modo de ser, tiene en sí mismo muchos deseos del Creador. Sin embargo cuando observamos la naturaleza humana, conviene recordad que nuestra inclinación al mal, no es natural, sino que es consecuencia del pecado. Y por tanto el autoconocimiento de sí mismo, no puede ser el único camino a través del cuál nosotros encontremos la voluntad de Dios porque en nosotros, el pecado nos ha dejado heridos. Y nuestra naturaleza, si bien, lleva escondido en lo más profundo de su ser los rasgos de Dios, también tiene una marca que se llama pecado.

El otro camino además del autoconocimiento, además porque en nosotros está marcada la huella del paso de Dios, que nos creó, es el conocimiento de la enseñanza de Jesús. Tener conciencia clara de la Doctrina de Cristo. Un modo vivo de descubrir esto es el camino de la oración. Al elevar nuestro pensamiento a Dios, a veces se descubren ideas o deseos, que despiertan en nosotros algún aspecto de la vida para ser mejor vivida.

Puede ser hay veces un pensamiento propio. Pero muchas veces estos pensamientos propios vienen habitados, como impulsados, guiados por el deseo de Dios. Y la presencia de Dios en nosotros.

Ayuda mucho también, y sería como el cuarto paso, para encontrar la voluntad de Dios, además de conocernos, de conocer a Jesús, de conocerlo particularmente a través de la inspiración que nos deje en la oración; el dejarnos guiar pro personas que tengan experiencia de Dios.

La orientación de personas que nos ayudan, como a leer la voluntad de Dios. Son aquellos que hemos nombrado otras veces. Santo Tomás de Aquino llama, los gigantes, los hermanos mayores, podríamos decir. Sobre los que nos subimos a los hombros, para ver mucho más allá en la multitud.

¿Viste como hacen los chicos cuando van a los recitales? ¿Que para ver a su artista favorito, en medio de la multitud, suben uno a los hombros de otro, y entonces puede ver un poquito más lejos? Así nos ocurre cuando nos encontramos, en medio del mundo, como agolpados por un montón de pensamientos, de situaciones, de posibilidades. Y no terminamos por elegir. Es bueno subirse a los hombros de los gigantes, o de los hermanos mayores que nos permiten ver, un poquito más allá en el horizonte. Caminos que nos ayudan a descubrir este querer y voluntad de Dios que sale a nuestro encuentro para justificarnos. El autoconocimiento, la enseñanza de Jesús, la oración, y compañeros en el camino; que nos ayudan a leer la voluntad y el querer de Dios.

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