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29 de julio de 2014 15:48 horas Programa Actual: Donde Quiero Estar
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Sanar los Vínculos: Heridas Maternas
Debemos ir en búsqueda de la sanación de vínculos. La sanación completa no llega, al menos en este mundo de valores encontrados. No es este un mundo de valores absolutos sino relativos. Quizá en el momento en que nos encontremos frente al Amor de los Amores, nuestro corazón quede definitivamente reparado de las heridas o de los “enredos”  familiares.

            En la Biblia aparecen respuestas, señales, indicios de esta labor terapéutica, sanante, sanadora, reparadora del Señor en su paso entre nosotros. Evidentemente las sanaciones de Jesús –el curar cegueras, manos secas, epilepsias y toda suerte de enfermedades- ha sido un signo, una señal, un símbolo de una labor que muchas veces las comunidades cristianas postergamos en nuestro afán por reforzar tal vez aspectos más de formación, que también son sonantes, olvidamos la labor terapéutica de Jesús de Nazaret. Debemos procurar en nuestras comunidades que haya ámbitos donde las personas puedan sanar sus almas, y por lo tanto también sus cuerpos.

            ¡Cuántas de las heridas de nuestra alma terminan generando problemas físicos! Dolores, penas, enredos cargados durante muchos años van entumeciendo nuestros cuerpos, van llenando de tensiones nuestro cuerpo, nos dejan una sensación de frío, de abandono, de no ser amado, de falta de ternura, y ese frío va cristalizándose en algunos lugares de nuestro cuerpo produciendo a veces enfermedades dolorosas.

            La ciencia está avanzando a pasos agigantados en el descubrimiento y en la observación de la conexión que hay entre las enfermedades físicas y las heridas del alma, en los enlaces psicosomáticos: somos una integridad así como lo es el cosmos. Al alterarse un aspecto de nuestra vida necesariamente sufren los demás.

 

            Todos somos seres humanos heridos. Quizá sea esta la condición en la que hemos quedado después de la caída original: hemos producido un enredo y este enredo se multiplica. Quizá haya un desfasaje difícil de describir entre aquello que el hombre está llamado a ser, esa meta, ese ideal, ese anhelo profundo, ese modelo, y aquello que somos, o aquello que es en definitiva la realidad.

            Como sea, en algún momento de nuestra vida todos debemos enfrentarnos a heridas. Hoy vamos a hablar de las heridas maternas.

 

            Ver helinguer ha reflexionado mucho acerca de enredos enfermantes en el sistema familiar. Tengamos en cuenta que a nuestra llegada al mundo somos altamente dependientes de nuestro entorno, casi como una especie de “pizarra en blanco”. Hay psicólogos que dicen que “tan en blanco” no venimos al mundo: venimos con toda una herencia de información escrita en las células, en el inconciente. En fin: venimos con un gran caudal de información pronta para desarrollarse. Pero esto no le quita importancia ni trascendencia a los primeros predicados que se escriben en el pizarrón de nuestra mente acerca de nosotros mismos. Estos predicados, este “yo soy…” tal cosa, va llegando a nuestra mente en formación cuando todavía somos muy chiquitos, a través no solo de las palabras –que aunque no entendamos sí percibimos la carga emotiva: el bebé puede percibir claramente la diferencia entre la voz suave y tierna y la áspera y fría, puede percibir el mensaje que se emite a través de la piel de la mamá de acogida, de cariño, de ternura, o de rechazo, angustia, ansiedad, conflicto-. También se está estudiando la receptividad del embrión y el feto en el vientre materno respecto de la acogida que tiene ese bebé.

            Lo que hablaremos acá no se trata de reproches ni resentimientos con nuestra mamá, sino todo lo contrario: se trata de buscar una reconciliación con nuestra historia. No acusar a los padres, sino reconciliarnos con ella, y reflexionar acerca de los muchos enredos, algunos que han dejado en nosotros secuelas muy dolorosas. Es una forma de esperar la sanación de estas heridas la expresión, la manifestación de lo que hubiéramos deseado que fuera y no fue, pero también a través de la aceptación de esa historia, que por muy dura que haya sido, Dios puede hacer maravillas.

 

            El término “herida” puede sugerir alguna intencionalidad: se asocia a un luchador, un guerrero, alguien que me hiere. Todos sabemos que por mucho que nos hayan dolido las carencias, los límites, difícilmente los padres quieran lastimar a sus hijos intencionalmente. Por eso es preferible hablar de “enredos”. Muchas veces los padres mismos están prisioneros de enredos enfermantes, o de una trama familiar que no le ha dejado más alternativa que repetir lo mismo que han recibido. Ese será un paso importante en la sanación y en la expresión de lo que nos ha faltado o de lo que no tuvimos de manera completa.

            Venerar y honrar a los padres no significa que los transfiguremos y aprobemos todo lo que ellos hicieron. Esta es una de las características del proceso de maduración: tomar lo que ellos nos dieron.

            Ver Helinguer habla del valor impresionante de la vida. El ensalza la vida en sí misma. Esta no es solo una bonita idea sino algo aplicable a la realidad. Quién no ha conocido personas adoptadas que en un momento determinado de su vida necesitan encontrar a su madre biológica, y la buscan, y al encontrarla, lejos de arrimarse a ella para reprocharle el abandono, quieren acercarse para agradecerle el haberles dado la vida. ¿Hay acaso un don más grande, más importante que pueda dar un ser a otro que la vida misma?

            Aunque solo sea eso lo que mamá y papá pudieron darme, no es poca cosa. Exige nuestra honra y nuestra veneración, nuestro agradecimiento, y nos ubica en el lugar exacto que tenemos en el tejido de la vida, puesto que no podemos procurarnos la vida a nosotros mismos. ¡Y cómo buscamos salvarla cuando ésta está en peligro! ¡Y como la valoramos cuando se ve amenazada!

            No estamos, entonces, para acusar a los padres, sino para reconciliarnos con ellos, para comprender que somos a veces una sucesión, una herencia de enredos que solo observándolos, entendiéndolos, des-enredar, y en lo posible tratar de no dejar en herencia a nuestros descendientes esta misma complicación en la historia familiar que ha quedado sin resolver. Podemos dejar en nuestros ancestros y en nuestros antepasados, lo que no nos dieron, lo que nos dieron mal, lo que nos faltó, y tomar lo que sí nos dieron, y no vivir reprochándoselo durante toda nuestra vida

            Quien responsabiliza siempre a los papás por su destino, está negando la propia responsabilidad para resolver ese enredo y procurar la propia sanación que está, y eso es importante. Ese es el mensaje que Jesús de Nazaret nos ha querido dejar.

            Observar las heridas maternas, paternas o ancestrales y enfrentar así las emociones que están vinculadas con esas heridas, para muchos significa estar girando permanentemente en torno a sí mismo, lo cual suele ser a veces un mal hábito de algunas personas que maníacamente se aferran a sus heridas y giran en torno de ellas. No podemos juzgar, porque a veces existen realmente necesidades imperiosas de resolver el pasado, y a veces el tiempo para resolverlo es muy, muy largo. Pero también es cierto que deberíamos decir que evitar el proyecto, el futuro y la esperanza no es un buen camino ni es una buena opción. Todos nosotros necesitamos confrontar con nuestros conflictos para seguir con el camino de la vida.

Si no cerramos nuestras heridas y no nos reconciliamos con ellas, inconcientemente las repetimos.

            Hay una ley, creo que descripta por Freíd, que habla de una compulsión a la repetición. ¡Cuántas veces una mujer violentada por su padre vuelve a repetir la historia a la hora de elegir una pareja: vuelve a elegir un hombre golpeador o un hombre violento! Un hombre decepcionado de su mamá, adecúa inconscientemente las cosas de manera que obliga a su esposa a decepcionarlo nuevamente en esa nueva instancia que es el matrimonio. Muchos eligen en las parejas la repetición de lo que han vivido con sus padres o sus abuelos. Y es muy doloroso cuando el individuo se encuentra ante una repetición de la historia que justamente no quiso vivir. Allí es cuando aparece la fuerza de lo inconciente que marca como una especie de compulsión a la repetición, y esto es porque no se ha arrojado una mirada profunda sobre nuestras personas, y como las personas nos han herido durante la infancia, y cómo estas heridas no reconocidas actúan en nosotros y en los demás durante todas nuestras vidas muchas veces provocando situaciones devastadoras. Hay que observar por ejemplo la vida de tiranos o de delincuentes violentos. Por regla general, se trata de niños heridos que trasmiten sus heridas de una manera brutal y sin embargo nunca pueden desprenderse de ellas, obviamente porque no hacen el trabajo para desprenderse. O también las víctimas “inocentes” que se lastiman a sí mismas constantemente, y se sienten a gusto en el papel de víctimas.

            Ayer hablábamos sobre lo peligroso de la víctima que se asume en un rol de víctima para siempre, porque estas supuestas víctimas suelen encerrar caudales de odio y resentimiento tan grandes que ¡”mama mía”! cuando pasan de ser víctimas a victimarias, ya que como víctimas impiden a las personas de su entorno vivir la vida que les corresponde y las mantienen atadas a su queja permanente y sobre todo casi sentenciadas de por vida a una culpa imposible de pagar.

            En fin, tenemos que ver en qué medida  nos puede ayudar la fuerza sanadora de Jesús en esos roles que uno a veces aprende en la primera infancia y que no termina de observar con claridad para poder despedirse de ellos; y qué tienen que ver todas estas cuestiones emocionales o psicológicas con lo espiritual: pues MUCHO.

            Jesús no ha sido un mago que simplemente con tocar permite a las personas deshacerse, y en lo posible sin dolor, de todas las heridas. Las historias de sanación de la Biblia, en cuyo centro está Jesús como terapeuta nos están queriendo mostrar caminos en los que nuestras heridas se pueden transformar, y cómo al confrontarnos con Jesús podemos hallar nuestra verdadera identidad y nuestra auténtica figura. En la persona de Jesús de Nazaret actúa verdaderamente el poder interno y fuerte de Dios que es salvación, que significa sanación. Y el modo en que Jesús, en las sanaciones bíblicas, aborda al padre, a la madre, al hijo y a la hija, nos muestra también cómo proceder con nuestras heridas paternas, maternas o filiales. Y si observamos detenidamente las historias de sanación, vamos a descubrir algunas posibilidades para nuestra sanación y pasos hacia una vida más auténtica. Pero lo que es más importante es recordar que Jesús actúa como intermediario del poder sanante de Dios.

Y finalmente, hay también una relevancia espiritual muy importante en torno a este tema, y es que muchas veces, la experiencia con nuestros padres marca esencialmente nuestra imagen de Dios. Entonces a veces reflexionamos teóricamente sobre la imagen de Dios y podemos decir que Dios es un Padre bondadoso que nos ama, pero si la repercusión interna que yo tengo de la palabra Padre es, por ejemplo, atroz, difícilmente pueda yo tener una buena imagen de Dios, y no me voy a relacionar con Dios con el concepto teórico, sino que me voy a relacionar desde el corazón con la imagen que conciente o inconcientemente tengo adentro mío. Y si tengo la imagen de un padre severo, arbitrario, controlador o violento, o rígido, es muy probable que a la hora de rezar yo tenga la misma imagen frente a mi, y ni hablar de toda la vida sacramental, porque en nuestro inconciente todavía reina el Dios exigente, controlador, castigador, el Dios que vigila. ¿En qué medida podemos reconocer y amar en Dios y en María y en Jesús a quienes verdaderamente ellos son? Eso depende de la medida en que podamos limpiar de resabios arqueológicos la imagen que de ellos se formó en nosotros a través de nuestros padres.

 

El vínculo madre hijo, puede ser algo maravilloso o algo impresionantemente doloroso. La responsabilidad que creo tiene la mujer en este vínculo está expresada en la imagen de la realidad de un ser humano dentro de otro ser humano, un ser humano que se alimenta de otro ser humano y que necesita de otro ser humano para todo: para que se lo consuele, para que se lo alimente, para que se lo bañe, para que se lo vista, para que se lo mime, para que se le de la bienvenida al mundo. No recuerdo otra cosa más que el cangurito cuando nace y va hacia la bolsa de la mamá: la indefensión tremenda que tiene, la puedo asociar a esa misma indefensión que tiene el ser humano cuando nace: lo único que puede hacer es llorar y es la única expresión que debe ser decodificada, entendida, interpretada, o al menos atendida por quien en ese momento esté en condiciones de hacerlo. Pero ocurre que hay un vínculo primario, este vínculo de haber estado 9 meses escuchando la voz de su mamá, sintiendo el olor de una piel, vinculado en las entrañas de un ser humano, y después el vínculo que se da en el hecho de tomar la leche del pecho de un ser humano, que no es fácilmente reemplazable. Sobre todo si nos ponemos en la óptica del bebé, esa mediación familiar conocida,  le aporta esa dosis de seguridad, de confianza, de protección. Hay que ponerse realmente, imaginariamente aunque sea, tratando de buscar en nuestras instancias más primarias (que por algo estarán sin acceso en nuestra memoria), hay que ponerse en el lugar de ese bebito. La mamá es todo para él: es protección y es confianza primitiva. Es lo que marca la posibilidad de vivir o no. Nunca hemos dependido de otro ser humano como en esa instancia en la que realmente la vida o la muerte dependía de otro ser humano. Es la primera persona que entra en relación con este pequeño mundo, y que nos transmite, recién nacidos, que podemos confiar en un mundo tan distinto al del útero materno, que el mundo al que hemos venido es bueno, que puede confiarse en la bondad del mundo y de los hombres, porque vamos a ser atendidos. Es la mamá la que vehiculiza toda esa experiencia y la que permite que ese niño experimente que puede ser, que puede vivir, que puede tener necesidades y que esas necesidades se van a satisfacer. Demorará un poco más o un poco menos pero las necesidades se van a satisfacer. Cuando las necesidades vitales no se satisfacen, la experiencia es terrorífica: tanto terror como quien está al borde de la muerte. Y es la madre la que le muestra esa proximidad y ese amor que brinda al bebé la sensación de ser aceptado, de ser bienvenido, de ser amado. Y esta experiencia básica es muy fundante de la vida: es la que necesita todo ser humano para tener un cimiento firme sobre el cual se pueda desarrollar después. Independientemente de todo lo que se pueda analizar después sobre roles convencionales, este es un rol natural, otorgado por la naturaleza a la madre, y es insoslayable e impostergable.

Pero a veces ocurre que mamá está sufriendo alguna crisis: puede ser en relación a su pareja, al padre del niño, o en relación con ella misma, y de esa manera, aunque cuide no tiene todo el caudal de presencia necesario para atender a ese bebé. Con eso no estamos diciendo que la mamá tenga que estar el 100% pendiente del bebé, porque eso no permite el crecimiento. Pero a veces hay realmente una absorción de energías muy grande por parte de alguna crisis grave, y el bebé llega en medio de esa situación y percibe inconcientemente que la mamá no es capaz de establecer una relación con él porque está demasiado ocupada con ella misma y entonces el bebé reacciona frente a la incapacidad de relación de la mamá rechazándola por ejemplo, no quiere tomar los alimentos, se resiste a los contactos que la mamá quiere hacer con él, inconcientemente es como si la castigara, como si no confiara en ella, porque no recibe de ella lo que está necesitando, y entonces ahí surge una maraña, un complejo, un enredo en el cual ambos: mamá y bebé, padecen, porque mamá no sabe que el bebé está percibiendo un cierto rechazo. Y después eso trae muchas consecuencias en el vínculo, toda una caravana de cosas que sencillamente tienen su epicentro en este momento. Mamá tendría que hablar con ese hijo ya adulto explicándole que algunos o todos los conflictos que han tenido entre ellos devienen de que ella no estaba 100% en posibilidades de darle todo lo que estaba necesitando en ese momento.

Una mujer cuenta que de niña su mamá no la quería, y lo que ocurrió es que su mamá quería quedar embarazada sin falta porque esto transcurría al final de la guerra, y en ese momento las embarazadas estaban liberadas de trabajar en las fábricas de municiones. Entonces ella se embarazó para evitar ir a trabajar y la niña percibió inconcientemente que la mamá realmente no la amó, la utilizó. Alguien que se encuentra con esa realidad puede gritarle “me usaste”, etc etc, Pero hay que ponerse también en el lugar de esa mamá. A veces no le queda al ser humano otro recurso posible y disponible para salvar la propia vida.

            Cuantas veces se da el caso de mujeres que quedan embarazadas para retener a un novio, a una pareja, a un hombre, y en verdad el centro no está puesto en el hijo sino en la pareja. Y esos hijos perciben de alguna manera que han venido al mundo para unir un vínculo que, además, generalmente no pueden unir. O el caso de mujeres ya mayores que quedan embarazadas de su sexto o séptimo hijo, y sienten que una parte de su ser no lo quiere.

            Un escritor francés dice que cuando un hijo no se quiere, no se concibe, porque alguna parte de algunas células de un organismo han deseado ese hijo, si no no hubiera podido ser concebido. Esta es una hipótesis muy interesante, porque no nos olvidemos que somos una parte de una integridad. Entonces: hasta qué punto puedo decir “yo no lo quiero pero quedo embarazada”. Algo de vos lo quiere, en alguna parte de tu ser alguien quiere ser madre de este hijo. Y esto es bueno también tenerlo en cuenta. Pero bueno: hay otra parte que no, que lo rechaza. Y esas dualidades, esas ambivalencias las percibe el bebé. Luego esas madres, conciente o inconcientemente descuidan al niño. Y muchas veces lo descuidan como una forma de vengarse del esposo que la embarazó –no se dan cuenta, pero lo hacen-. En todos estos casos el hijo sería el instrumento.

Otra herida materna surge cuando la mamá utiliza a su hija como confidente: le cuenta a su hijo o hija todos sus problemas, y le pinta en muchos casos –cuando hay problemas de pareja- una imagen muy negativa del padre, lo cual confunde a la hija que percibe a su padre de una manera totalmente distorsionada. Todos los hijos aman al padre, esa tendencia a amarlo es espontánea. Y muchas veces los cónyuges borronean, desdibujan, hacen garabatos sobre ese amor virgen, espontáneo, natural que tienen los bebés. Y llega un momento que el niño no sabe a quien creerle porque el padre habla mal de la madre, la madre habla mal del padre, y se produce una confusión de sentimientos que lastima tremendamente porque la psiquis de un niño no está preparada para las ambivalencias, y menos de ese tamaño, y menos en relación a los padres.

A veces la madre generaliza y le transmite incluso una imagen muy destructiva de los hombres: “los hombres son infieles” “los machos solo quieren sexo” “los hombres son egoístas” “los hombres son fríos” “los hombres no saben dominarse”. Y eso es porque esa mamá no ha resuelto sus propios enredos con lo masculino. Y esa imagen negativa que transmite bloquea la relación que esa hija va a tener con todos los hombres.

Heridas maternas…enredos…que buscamos desenredar…

 

“mamá: soñaba que llamabas a mi puerta un poco tensa y con las gafas empañadas

Querías verme bien y fue la vez primera que sentía que sabías como te añoraba

Y me abrazaste mientras te maravillabas de que aguantara triste y casi sin aliento

Aquello tanto que no estamos abrazadas, y en el silencio me dijiste: lo siento

Pero ha bastado un ruido para despertarme, para llorar y ver que regresaras

A aquellos días en que niña me cuidabas, donde en verano cielo y playa se juntaban

Mientras con mi muñeca vieja te escuchaba los cuentos que tú cada noche me contabas

Y cuando más pequeña, tú me acurrucabas, y adormecida en tu regazo yo soñaba…

 

La letra de esta canción lo expresa: “no vengo a hacerte reproches. Solamente estoy aquí sentada esperando…” Podemos a veces pasar la vida entera esperando un gesto afectuoso de una mamá que no fue educada para la ternura, no fue formada para el afecto. Y no porque verdaderamente no lo haya tenido: quieren ser madres afectuosas por un lado, pero sienten temor a una proximidad excesiva porque en las condiciones en que fueron criadas, a veces con  exceso de severidad, con una vida durísima, no tuvieron espacio para la ternura ni pudieron desarrollar esa semilla. No pueden demostrar la proximidad porque quizá ellas mismas están impedidas, son incapaces de manifestar sus sentimientos: nadie ha promovido eso. A veces no es necesario prohibir, basta con no alimentar o no apreciar una semilla para que ésta se seque, o muera, o permanezca endurecida en su cáscara. No crece porque no es propiciada.

El afecto, la ternura, el cariño, deben ser propiciados, y la madre tiene en esto un rol fundamental. La hija de una madre severa, estricta, rígida, fría, es muy probable que herede y desarrolle esto mismo, porque no han experimentado la cercanía de su propia madre, o porque nadie les ha enseñado que hay momentos para el silencio, pero el silencio no tiene por qué ser el corte de canales. El silencio puede ser enmudecimiento, ausencia de palabras, pero no tiene por qué no haber un abrazo, una caricia, una mirada…alimentan tanto a veces como el mejor de los discursos. Y a veces notamos mucho tiempo después el mensaje que hemos recibido, y anhelamos cambiarlo y no podemos. Y seguimos emitiendo este mensaje: “no te me acerques demasiado”. Bueno, en el fondo es miedo.

Podemos resolver estos enredos. Pienso siempre en Jesús como alguien que siempre fue tocado. En muchos pasajes del Evangelio aparece la imagen de Jesús tocado por todos lados, tironeado del manto, justamente porque Jesús era un hombre que se dejaba tocar, se dejaba alcanzar. No venía a manifestar la divinidad distante y trascendente de Dios, sino su cercanía, su intimidad y su ternura. Son muchas las veces en que Jesús toca, incluso además sana con la propia saliva con un gesto realmente entrañable de intimidad.

Hay una monjita que cuenta que de niña siempre tuvo que trabajar muy duro, y que nunca tenía permiso para jugar, porque su mamá veía el juego como algo superfluo. Entonces el lema era “primero el trabajo, después el juego”. Y así pocos instantes podía disfrutar de unos instantes para ella misma o para el juego. La madre siempre volvía a encontrarle una tarea, y estaba totalmente convencida que esa era la forma de hacer de su hija una mujer fuerte, valiosa…Le dio todo lo que tenía, solo que estaba errada. Y se grabó tan profundamente en la monjita ese mensaje, que nunca llegaba un minuto tarde a ningún lado, jamás dejaba sin hacer una tarea, nunca fue irresponsable en su trabajo, pero era de una total rigidez, y así también acusaba y juzgaba a las demás.

A veces las hijas son colocadas muy rápidamente por las mamás en el papel de madre: tienen hijos y no se hacen responsables de esos hijos menores. Y los mas grandes, en lugar de disfrutar de su niñez o juventud tienen que hacerse cargo de los hermanos más pequeños (con esto no estoy diciendo que “de vez en cuando” lo tengan que cuidar o darle una mano a mamá), porque también a veces nos encanta echar culpas a otro y buscar excusas para no hacer algo. Y los niños tiene la autoridad de la mami como algo sagrado: cuando mamá da una orden, es mamá… qué hago luego si mamá se enferma, o si no la tengo…Cuando somos niños tenemos miedo de que a mamá le falte algo. Bajo esa amenaza hacemos cualquier cosa con tal de verla bien. Pero muchas veces ese cualquier cosa se traduce en forzar etapas de la vida o hacer cosas para las que no estamos preparados

 

Pongámonos en manos de nuestra Madre buena, que es capaz de desenredar los nudos que a veces existen entre madre e hijo

 
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