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05 de septiembre de 2010 12:54 horas Programa Actual: Casa de Campo

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Retiros
Retiro Mensual de Noviembre 2008: La profecía de los nuevos tiempos
Este sábado 1 de noviembre, la Obra de Radio María vivió el Retiro Mensual a cargo del Padre Javier Soteras, desde la localidad cordobesa de La Falda. Este es al anuncio que el Padre Soteras expuso en el Retiro:

 

1.     La condición profética en el Antiguo Testamento.

 

Los profetas del Antiguo Testamento predicaron aproximadamente desde el período de la monarquía en el Israel, en siglo X, hasta un siglo después de la destrucción de la ciudad de Jerusalén y el destierro que el Pueblo de Dios tuvo que hacer hacia el reino pagano de Babilonia en el siglo VI a. C.

 

Los profetas eran hombres llamados por Dios para el anuncio de su Palabra en medio de las condiciones históricas que el Pueblo vivía. Fueron hombres “referenciales” para el pueblo sobre todo en los procesos de las agudas crisis sociales, culturales y religiosas por las que tuvo que pasar Israel.

 

Eran “hombres de sentido”, buscaban leer el profundo significado de fe de los acontecimientos, despabilando el despertar a la conciencia histórica. Entre el sentido de fe y el sentido histórico no existían separaciones. La fe y la realidad se conjugaban en una sola mirada de perspectiva.

 

Los profetas defendían, en medio de las penurias y opresiones, los derechos de los pobres, las viudas, los huérfanos y los extranjeros. Estuvieron siempre en el lugar de los “perdedores”. Se identificaban con ellos.

 

Los gestos proféticos, a menudo incorporados al mensaje de sus palabras -ya que las solas palabras no bastan para la vida- y se convertían así, ellos mismos, en “avisos” aleccionadores para la comunidad.

 

Ser profetas, a menudo, era tener un destino dramático. No sólo soportaban el camino dramático del pueblo -del cual formaban parte- sino que, además, agregan a ese destino el desenlace personal, no menos dramático.

 

Para muchos, “ser profeta” era terminar mal. Se necesitaba ser obstinado y valiente. El pueblo siempre tenía necesidad de profetas, deseaba mensajes y presagios. Ayer, igual que hoy, todos -en algún momento- necesitamos una “señal”, un “signo”.

 

Estos “anuncios” no necesariamente tenían que ver con un enigmático futuro. Los profetas eran la “memoria” del futuro no por ser videntes, pronosticadores o vaticinadores del porvenir sino por su compromiso con el presente. Aquellos que contemplan lúcidamente el presente son los que mejor se preparan para el futuro. El futuro es el despliegue de alguna de las posibilidades escondidas en el presente. Sólo el presente es el padre del futuro.

 

Con el retorno del pueblo de Israel desde la agonía del lento destierro, con un presente hecho pedazos como sus propios sueños, lo único que quedaba era “empezar de nuevo”. Los profetas no podían empujar al pueblo al facilismo de un mesianismo triunfalista. Tenían que evitar el optimismo superficial e ilusorio en donde “todo tenía que volver a ser igual que antes”. En realidad, nada vuelve a ser como antes. Nada “necesita” ser como antes. La corriente de la vida fluye y continúa trazando nuevos rumbos que no pueden ser detenidos.

 

Los profetas eran “hombres de esperanzas dramáticas”. Tuvieron que dejar de lado esas “esperanzas peligrosas” que no conducen a nada, la esperanza pregonada por la demagogia de los poderosos.

 

Conocieron y estuvieron al servicio de muchos reyes judíos, ineficaces; además sufrieron a los otros reyes extranjeros, opresores y crueles. Los profetas debieron construir una “esperanza mesiánica” donde el “Reinado” de Dios transitara por la “periferia” de la historia ya que el “centro” de los sucesosestaba infectado de ansias de poder y de una insaciabilidad feroz.

 

La “centralidad” del poder humano no era el “epicentro” del accionar divino. La “centralidad” se encontraba en la “marginalidad”. En los “márgenes” de las grandes historias, Dios se guarda un “resto”. El “mesianismo” protagonizado por el pueblo de Dios -el Antiguo Testamento no siempre alcanzó a ver un “mesianismo” personal- consistía un escaso y pequeño, humilde y humillado, “resto fiel”.

 

Esto nos enseña que los grandes procesos del mundo son siempre sostenidos invisiblemente por vidas anónimas. La verdadera grandeza sólo puede ser sostenida por la pequeñez. La salvación nos llega por aquellos que ni siquiera saben que nos salvan. Dios nunca considera importante el “número”. “Mucho” o “poco” esirrelevante. Lo importante es la fidelidad. Ella hace que lo “poco” sea “mucho”.

 

Los profetas –hacia el final de la historia- quedaron reducidos a escasos líderes de un pequeño “resto” que guardaban la conciencia y la esperanza histórica con una débil expectativa.

 

El pueblo de Israel, después del desarraigo del destierro, quiso reconstruir todo -la ciudad y sus murallas, el Templo y su culto- sin embargo, la principal “reconstrucción” de la fe y de la esperanza es aquella que resucita al pueblo. Se tardó años en volver a conquistar la tierra. Al levantar nuevamente cada piedra, se acariciaba una frágil esperanza, un sueño posible.

 

Se inició así un nuevo “tiempo de gracia”. Reconquistando el espacio se leía de otra manera el tiempo. Cada momento de la historia esconde un “tiempo propicio y oportuno” por parte de Dios. Incluso la oscuridad de los tiempos difíciles, guarda en su interior destellos secretos.

 

Amanecía así un “tiempo nuevo”.El Espíritu de Dios -que conduce todas las “historias” de la Historia- plasmó así nuevamente la palabra de los profetas.

 

2.     El Profetismo de Jesús y del cristiano.

 

El Nuevo Testamento -a partir de la propuesta hecha por Jesús- emprendió la tarea de “reconstruir” las ideas del mesianismo legadas por el Antiguo Testamento, especialmente por los profetas.

 

Jesús no tuvo reparo de poner en crisis las expectativas mesiánicas del pueblo y de sus discípulos, intentó acercarlos a una nueva concepción y a otro estilo de profetismo.

 

Los profetas hablaron con palabras y silencios, con acciones reales y simbólicas y hasta con la propia vida y sus vicisitudes. Se convirtieron en un “mensaje vivo y concreto”. Esta “pedagogía” anticipa, de algún modo, al Nuevo Testamento donde el “mensaje” es el “Enviado”,la Palabra hecha carne.

 

Con la aparición de Jesús se transforma la antigua ley y se combate el mero cumplimiento exterior de su letra. Jesús -a la mirada de los “tradicionalistas” y “fundamentalistas” de su tiempo-  ya no es un “judío de ley”.

 

No se identifica con los “sacerdotes” del Antiguo Testamento, ya que no oficia para el culto y los sacrificios de la liturgia. Ni tampoco con los “sabios” del Antiguo Testamento porque no es un “teórico” reflexivo o un “escriba” que plasme proverbios y sentencias. Ni siquiera es totalmente hombre de acción al modo de un “profeta”. Es cierto que se encuentra, en cierto modo, bastante próximo a ellos; no obstante, entre los profetas y la Palabra de Dios, existe una “distancia” que -en Jesús- no se encuentra, ya que Él es la misma Palabra. Mucho menos se identifica con los “reyes” del Antiguo Testamento, a pesar de ser de la descendencia de David.

 

La originalidad del profetismo de Jesús radicó en la “no-distancia”. La identificación entre la Palabra de Dios y Dios como Palabra -tal como nos dice el prólogo del Evangelio de Juan- la cual fue obrada a partir de la Encarnación ha suprimido la distancia entre Dios y la realidad del hombre y el mundo.

 

Este “principio de la Encarnación” –que vincula de un nuevo modo a Dios, al hombre y al mundo- establece el fundamento de la condición profética del cristiano y su lectura de la realidad en el Nuevo Testamento.

 

La Encarnación al poner a Dios de un nuevo modo en el mundo, no ya “desde arriba y desde lejos” sino “desde adentro y desde abajo” lo compromete sumergiéndolo en la historia. El Dios cristiano -al ser también humano- no es una abstracción. Tiempo, espacio y experiencia conforman el nuevo patrimonio de Dios. La Encarnación de Dios posibilita una mirada distinta del mundo. El cristianismo es una comprensión única y original del mundo y de sus procesos históricos. Si falta la Encarnación se carece de la verdadera perspectiva que el cristiano tiene de la realidad.

 

Lo que llamamos el discernimiento –como dice el Concilio Vaticano II- consiste en “escrutar los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que acomodándose a cada generación, la Iglesia pueda responder a los perennes interrogantes humanos sobre el sentido de la vida. Es necesario comprender el mundo en que vivimos y su modo de ser, frecuentemente dramático”.

 

La Encarnación de Dios en el mundo no permite –por lo mismo- un espiritualismo intimista y evasivo de la realidad. No alimenta miradas que separan “lo espiritual” y “lo humano”, lo “sagrado” y lo “profano”, la fe y el mundo. Es necesario integrar sin separar distinguir para unir, dialogar para “re-ligar”.

 

La esperanza cristiana nace de esta convicción de habitar un mundo que ya está redimido por Dios. La esperanza no es una ilusión facilista, una utopía irrealizable o una fantasía ingenua e imposible. Así como la auténtica fe no está reñida de transitar profundas crisis; de manera similar, la esperanza cristiana es siempre realista, adulta, corresponsable y comprometida.

 

El cristiano no puede sino participar, inculturarse, insertarse, comprometerse y contribuir a los caminos de solidaridad y conversión de las estructuras sociales. Esta fuerza de inserción del cristianismo le otorga a la fe una identidad propia, “territorializada”, “aquí” y “ahora”. No se puede vivir la fe en abstracto. El Documento de los Obispos argentinos llamado “Jesucristo, Señor de la Historia” nos recuerda que “la salvación no se realiza al margen de la historia. No estamos llamados a salvarnos «de» la historia sino «en» ella. La sociedad y la Iglesia están puestas ante un futuro difícil de descifrar, en el que se entrecruzan oportunidades y amenazas. Creemos que lo inédito de este tiempo es una ocasión para dejarnos sorprender por Dios. Una época nueva de la historia humana es una oportunidad para abrirse al Eterno Viviente. La Iglesia no deja de invocar al Espíritu de vida para que Él derrame su dinamismo en la historia”.

 

Es por eso que el cristiano no puede confundir el discernimiento de la fe con una “receta moral” o un “código de buena conducta” sino lo único que se logra es una especie de “moraleja” de lo que se debe y no que no se debe. Las actitudes moralistas siempre son infantilizantes. La verdad cristiana no admite meras declamaciones teóricas sino la coherencia e  integridad entre existencia y fe que otorgue una sencilla pero firme autoridad testimonial. El “realismo espiritual” genera una unidad entre la madurez humana y la santidad evangélica.

 

Sabemos que la verdad puede y debe ser comunicada de muchas formas. La comunicación profética de la verdad asume variados modos de comunicación que se traducen en distintas posibilidades: el anuncio, la denuncia, la reflexión, la argumentación, el testimonio y la contemplación, entre otros. Hay que lograr transmitir desde un lenguaje renovado la fe en su capacidad de dialogar con toda la realidad.

 

El profetismo en la Biblia –tanto en del Antiguo Testamento como el de Jesús- siempre fue crítico de las instituciones, incluso las religiosas. La crítica que nace del discernimiento evangélico e –incluso- la necesaria autocrítica personal e institucional que necesitamos nos posiciona desde un humilde lugar.

 

El cristiano, además,  no puede olvidar que su mirada del mundo no termina en la perspectiva de la historia sino que se enmarca en un horizonte más amplio y más alto. La confesión de la “vida eterna” es también una mirada del mundo. No es un escapismo, ni una huida. La “salida hacia arriba” no es puerta de desconexión sino una mirada desde la cual se aprenda a mirar todo el camino. La Encarnación de Jesús culmina con la Resurrección y Ascensión. También éste es el destino de la vida del cristiano y del mundo. Lo histórico -tanto personal como comunitariamente- se resuelven cuando se trascienden. El cristiano sabe que su esperanza en el mundo desemboca en una profundidad y altura que superan los contornos de este espacio y tiempo.

 

3. El profetismo de la Obra de Radio María.

 

La Obra de Radio María no es solamente para nosotros la posibilidad de realizar una actividad sino que es mucho más que eso. Es un don y un carisma para experimentar la vida y vivir -desde el Espíritu- el servicio a través de los medios masivos de comunicación, las nuevas tecnologías como instrumentos para el anuncio del Evangelio y los gestos constructores de la caridad solidaria: Participamos de una gracia de renovación de la Iglesia que impulsa la creación de un pueblo de profetas, que vivan con docilidad al Espíritu el proyecto del Reino de Jesús, llamando y llamándose a sí mismo a la conversión permanente. Sentimos el llamado a colaborar en organizar a este pueblo en comunidades orantes, fraternas y pastorales, de manera que sean fermento y luz, sobre, cualquier recurso masivo de evangelización que Dios quiera confiarnos”. (Camino de discernimiento, Córdoba, Marzo 2006).

 

Este carisma -eminentemente mariano, discipular y fraterno- se inscribe en el don profético que tiene toda la Iglesia para proclamar y discernir las realidades de Dios en medio de los signos del mundo. Este don y servicio es -en y desde- la Iglesia-Comunión.

 

A la luz de esta reflexión podemos preguntarnos:

 

1- ¿Incorporo la dimensión profética a la vivencia de mi cristianismo? ¿En qué cosas?

2- ¿En qué descubro que Jesús es un profeta para mi propia vida y mi camino?

3- ¿Hay partes en el Nuevo Testamento en que María aparezca en una dimensión profética? ¿Cuáles son sus actitudes?

4- ¿Cómo me llevo con el rol del profetismo cristiano?

5- ¿En qué cosas Radio María es profeta para mí? ¿Cómo puedo ejercer yo mi condición profética? Por ejemplo, en la oración, en la reflexión, en la enseñanza, en el testimonio, en el servicio, en la construcción de un mundo mas humano desde mi trabajo.

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