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22 de julio de 2014 20:26 horas Programa Actual: Retiros con el Padre Manuel Pascual
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La Proyección
En el camino de Dios queda ese horizonte de paz, de felicidad, del santidad al que estamos llamados. Fuimos compartiendo varios modos a través de los cuales nos vamos relacionando con los límites, con los defectos, con el mal, con el pecado. Estamos descubriendo el verdadero lugar que ocupan en nuestra existencia.
Al percibir esta realidad, podemos integrar sanamente y con paz esta parte oscura de nosotros mismos, a la que tenemos que aceptar. De esta manera y con la verdad de lo que realmente somos, vamos a reconocer una vez más nuestra amorosa dependencia del Señor, que, aúna sabiendo lo que somos, nuestra indignidad, nuestros errores, nos está dando, nos está brindando constantemente la ayuda para ser hombres y mujeres renovados en el Espíritu.
 Vamos a seguir dando otro paso más tratando de desentrañar los mecanismos que tenemos para vincularnos con nuestros límites, que en el camino de nuestra vida van apareciendo como si fueran una vegetación exuberante que tenemos que ir corriendo hacia los costados para ir viendo la luz de Dios.
Queremos comenzar con la iluminación de la Palabra porque desde allí parte la verdad, la vida y el camino. En el texto de Lucas 6, 41-42, el Señor nos dice lo siguiente:
"¿Y por qué te fijas en la pelusa que tiene tu hermano en sus ojos si no eres consciente de la viga que tienes en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano "hermano, deja que te saque la pelusa que tienes en tu ojo" si tú no ves la viga que tienes en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo para que veas con claridad y, entonces sacarás la pelusa del ojo de tu hermano".
A menudo nos pasa que juzgamos y condenamos a otros con el sólo fin de juzgarnos buenos a nosotros mismos. En la carta pastoral de Mons. Luis Stöckler, obispo de Quilmes, para la Cuaresma 2007 nos decía esta Palabra, nos invitaba a tratar de comprender a los demás antes de juzgar y condenar. ¿Por qué te admiras de la paja que está en el ojo de tu hermano y no te fijas en la viga que tienes en el tuyo?, nos pregunta Jesús. Muchas veces solemos atribuir nuestros defectos personales a los condicionamientos externos y reclamamos a los demás el cambio de las estructuras: que cambie lo que está fuera de nosotros. Pero da la casualidad que nosotros también formamos parte de las estructuras que estamos pidiendo que cambien. Y, si no estamos dispuestos a comenzar por nosotros mismos, nada va a cambiar.
En nuestro camino nos puede pasar estar mirando todo el tiempo en qué falla el otro o en qué puede cambiar, en lugar de mirarnos nosotros y, algo más delicado, que cada uno de nosotros se ponga y traslade en el prójimo sus propios errores, es decir, los proyecta hacia el otro.
Hoy Jesús nos invita a descubrir este último mecanismo con el que solemos defendernos de nuestro propio pecado proyectando en el hermano. "La viga en el ojo": aquello que tenemos nosotros dentro de nuestro corazón, que no queremos, no podemos, no nos animamos a asumir y nos estamos fijando en lo que el hermano tiene.
Te voy a contar algo. Los llamaban "niños de azote", vivían en las cortes reales inglesas del siglo pasado. Eran compañeros de juego del hijo del rey, pero también tenían esta extraña tarea. Cuando el joven príncipe cometía una falta, estos niños eran castigados con el látigo, en lugar del culpable. De esta manera, la culpa en algún modo era expiada, era purificada, borrada. Esto es realmente, algo absurdo, de otras épocas. Sin embargo, esta misma operación psíquica que lleva inconscientemente a una persona que comete un error o que constata el límite, que, sin embargo, no puede o no quiere aceptar y, entonces, lo transfiere a otro. Esto es la "proyección" que significa atribuir a otro los defectos que son míos, que yo no quiero asumir y que lo estoy lanzando. Con esto me estoy liberando de ese límite, de esa culpa.
Esta acción es responsable, muchas veces, de los problemas que tenemos con los demás y con nosotros mismos. Aquí están claras dos cosas: primero, el temor al propio error, al propio pecado y segundo, la sensación de que, cuando yo lo lanzo, afuera y está en el otro, lo puedo combatir más fácilmente. Cuando combato yo, creo que lo destruyo, pero, en realidad, no lo destruí porque lo que hice fue lanzarlo hacia afuera y he arruinado muchas relaciones interpersonales.
Proyección es, por ejemplo, una imagen que se emite por medio de un foco, así como en el cine. Nosotros lanzamos dirigimos hacia adelante, alejamos de nosotros y los ponemos sobre otro, aquella culpa, defecto, falla, error que nosotros mismos tenemos, que no queremos. Esto nos pasa más cotidianamente de lo que pensamos. Te doy un ejemplo: hace un tiempo tuve la posibilidad de escuchar a una persona sobre el cual no se decidía. Yo percibí en eso y en un momento me empezó a molestar y le dije "¿Qué te da miedo?" Pero fui un poco fuerte. Esta persona respondió como pudo. Pasó un momento y luego me quedé pensando qué fue lo que me molestó. Y me molestó ese instante de indecisión porque yo también soy indeciso. ¿Qué hice? Proyecto, ataqué sobre aquello que estaba fuera de mí. Esta persona tenía la misma realidad que yo estaba viviendo yo y, como a mí eso me molesta, lo ataqué fuertemente en ella.
Dentro de la misma proyección hay diferentes formas. Una de la más clásica es la que se da inconscientemente a otras personas, sentimientos interiores y actitudes que están ligados a nuestra propia inmadurez. Es como si el otro fuera una pantalla sobre el cual proyecto lo negativo propio: las culpas, loa defectos de mi “yo” que no acepto, que no he integrado en mi identidad. Una viga en mi ojo que me impide comprender lo que estoy reprochando al otro  y, en realidad, es propio. No solamente pasa esto con las cosas negativas, sino cuando el hermano tienen, justamente, la virtud que es opuesta a mi actitud. Por ejemplo, cuando alguien con sus actitud de humildad me está  mostrando lo soberbio. Y eso me molesta mucho. Por más que los hermanos no se dan cuenta y es un signo en el que Dios me está haciendo descubrir mi defecto, mi vicio a través de la buena virtud en el hermano con el cual me estoy relacionando. Pero, ¿cómo me doy cuenta que estoy cayendo en este mecanismo? Porque atribuimos inconscientemente. Hay algunos signos que nos ayudan a descubrir cuándo estamos proyectando sobra otra persona aquello que nosotros tenemos y no queremos asumir.
Un primer signo es la rigidez y la repetitividad de nuestro juicio. Se da como un constante ataque y cero posibilidades de cambio en la otra persona. Parece existir la necesidad de que el otro sea así y no puede cambiar, justamente para continuar ilusionándome con que el problema lo tiene el otro y no yo. Y a la vez lo estoy encasillando en ese lugar en que la persona no puede cambiar. De esta manera también voy provocando en el otro la misma actitud constante, no lo estoy ayudando a mejorar.
Otro signo que se suma es la intolerancia acentuada para con el otro. Haga lo que haga, me molesta. Es una intolerancia que nos va llevando poco a poco a una antipatía porque me está reflejando lo que yo soy. Y creo en ese momento que el problema lo estoy resolviendo, cuando no lo estoy alejando.
El juicio es fuerte, la intolerancia es inaceptada. Y, obviamente, va a llegar a la condena es fácil y rápida. Condeno al otro para ilusionarme de haber alejado y vencido al mal en sí mismo, al error. Son condenas que hago de veras sin apelación. Duro soy.
Proyectamos porque nos ilusionamos con sacarnos el mal de nosotros. Ésta es la ilusión: creer que, porque lo sacamos de nosotros y lo tenemos en otra persona y lo podemos atacar allí, ya desapareció. Queremos integrar el mal porque así vamos a poder ir haciendo un camino de discipulado.
Te compartía lo del “chivo expiatorio”, alguien sobre el cual recaen todas las críticas. En el libro que estamos trabajando Vivir reconciliado de Amadeo Cencini, él dice:"hace tiempo conocía a un religioso que tenía este particular carisma: crear un chivo expiatorio en las comunidades donde andaba. Y había estado en muchas. Lo interesante es que las personas que se habían convertido en la mira de este terrorista de la vida comunitaria mostraban todos características similares de personalidad y eran acusadas de las mismas cosas que él, no sólo no había resuelto, sino que ni siquiera reconocía.
Del sueño de ser impecable, inmaculado, que no deba equivocarse, pasamos a la pretensión de definir en nosotros nuestro "yo" ideal. Yo voy a definir cuáles son las condiciones precisas de lo que es correcto o perfecto en mi propia conducta. Yo paso a ocupar el lugar de Dios porque pongo mi propia medida.
Otra forma posible de proyectar la negatividad la realizamos habitualmente sobre el grupo. No se realiza necesariamente sobre una persona precisa y fija, sino contra un conjunto de personas, o sea, los “otros”. Por ejemplo, los pecados, los disidentes, los corruptos. Vivimos proyectando. Se manifiesta de diferentes formas.
Una de ellas es atribuir a los demás malas intenciones como si nosotros supiéramos cuáles son las intenciones y, obviamente, siempre las encontramos negativas. Cuando uno es egoísta, interpretamos como egoísta la actitud de los demás.
Otra es la incapacidad de mirarnos hacia adentro, la falta de coraje para reconocer el propio mal. ¿Te acordás del texto del fariseo y el pecador? Parecería que el fariseo se comunicaba con Dios, pero oraba para sí. Así va a surgir en mí una manía de contraposición, ir comparándome para tratar de convencerme que soy mejor, haciéndole yo al otro un examen de conciencia. Busco aquéllos en los que yo puedo vencer, aquellos elementos en los que el otro está flojo. Eso es para reafirmarnos a nosotros mismos que nos sentimos sin manchas.
También aparece el quejoso. Nuestra incomodidad interior la proyectamos a la comunidad y aparece el tipo al que “nada le viene bien”, desde los hermanos hasta los superiores. La comunidad, la familia van a ser el blanco frecuente de las quejas que yo hago.
Otra manera en que proyectamos en cuando aparece el entrometido y crítico de todos en voz baja, sin compromiso. También se da el contrera, que parece satisfacerse en tener el parecer opuesto al de los demás.

Es bueno reconocer estos mecanismos, para asumirlos y que el Señor pueda reducirlos en nuestra vida.

 

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