Y como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: "De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido". Ellos le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?". Jesús respondió: "Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: 'Soy yo', y también: 'El tiempo está cerca'. No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin." Después les dijo: "Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo".
Lucas 21, 5 - 11
Esto sucede en el templo, Jesús estaba molesto por la hipocresía de los fariseos y la dureza de sus corazones. Él llamaba a la conversión a través de sus “enojos”, Dios llama a cada uno según la forma que más conviene. Jesús toma el camino de las formas, toma mi propia fuerza; igual que el luchador inteligente, que con poco de lo suyo, aprovechando mi propia fuerza, me domina. Así Dios también, muchas veces en las cosas que elegimos que nos pasen -porque elegimos nosotros cómo vivir y no dejamos que nos digan cómo-, cuando elegimos nosotros cómo vivir, eso tiene sus consecuencias.
Pero Dios es fiel, su misericordia no abandona al hombre y entonces aquello que fue el camino elegido por mí pasa a ser, por la misericordia de Dios, el camino de la salvación. Es un misterio: hasta de los caprichos y de los pecados, Dios se sirve. Esto es tan cierto que incluso la Iglesia lo canta, y en la Semana Santa va a decir: feliz culpa que nos mereció tan gran Redentor. Siempre esto da qué pensar, para meditarlo: Dios se sirve de la locura del hombre para encontrar en ella una veta, un camino para la salvación. Por eso nunca hay que desesperar, por más contradictorias que parezcan las cosas, a veces hay conductas, elecciones o modos de proceder realmente dañinos, incluso para el mismo que decide hacer lo que decide. Sin embargo, y siempre respetando la libertad del hombre, Dios puede conducir a quien elige seguirlo, a pesar de las dificultades, hacia la salvación.
El Señor es fiel, increíblemente fiel. La Palabra dice: con el fiel, Tú eres fiel. Cuando nosotros elegimos ese camino torcido, Dios encuentra aún allí una forma de entrar. A San Pablo, que era perseguidor de los cristianos, el Señor lo elige y lo hace discípulo, encarándolo de la manera cómo Pablo actuaba: Pablo enfrentaba para doblegar, para imponer; y el Señor a Pablo se le impone. Lo deja ciego, lo tira del caballo, le hace perder su señorío, su altura, y su seguridad y Pablo empieza a depender de Dios. Dios encontró el camino para que sea discípulo.
Quizá tu vida ande un poco torcida, desorientada. Tal vez te das cuenta de que estás mal y no tenés fuerzas o no sabés cómo salir de ese camino. Yo te digo: animate a dejar que Dios también intervenga, y no tengas miedo de orar aunque no puedas cambiar del todo. Abrí tu corazón a Dios, escuchalo, decile cosas, aunque continúes en una locura, no le cierres del todo la puerta. El Señor te quiere, tiene un proyecto de vida y un sueño impresionante para vos, que lo puede realizar en un abrir y cerrar de ojos, pero te está esperando...
Está esperando que reconozcas que tu camino está equivocado, que estás en el pecado, y que necesitas ser amado, rescatado, que se te ilumine, que se te dé una luz. Jesús también, al igual que le dijo al ciego del camino, quiere preguntarte ¿qué quieres que haga por ti? Y tú le tendrás que decir con sinceridad, Señor, quiero ver. Entonces Jesús te dirá: que suceda como has creído.
Volviendo al texto de hoy, Jesús se mete en la vida de los fariseos para indicarles el camino y les dice cosas severas, porque los quiere. Y porque la caridad y la corrección fraterna no siempre pueden ser una mano tierna y delicada; muchas veces tiene que ser un cachetazo, un golpe, para que la persona se pueda dar cuenta de su necesidad de volver a Dios.
Dios tiene sus caminos, y es amplio y generoso. Es misericordioso y busca el bien y la salvación de las personas. A nosotros nos enseñó ayer un camino de verdad en lo sencillo y en lo oculto, con la viuda pobre que dio todo lo que tenía para vivir y lo entregó con generosidad. Recordamos también a aquella otra viuda, cuyo esposo el profeta había muerto y a ella le quedaba poco aceite y luego moriría de hambre; y Elías le ordena que con ese aceite llene otras vasijas; ella obedeció y pudo llenar muchas vasijas. Dios obró porque hubo confianza. ¡Qué generosidad!
Jesús nos enseñó que la dureza del corazón no es conveniente, que anula la dignidad humana, que nos aleja de la verdad y que no deja que vivamos la condición de servidores; y que el discípulo de Jesús debe vivir a la expectativa de Dios, y no queriendo dominar el mundo, sino deseando amar y servir a Dios. Jesús observó la grandeza de la entrega en lo pequeño, sin importar qué resulta a los ojos del mundo, sino valorando simplemente que seamos sinceros en lo profundo de nuestro corazón.
Jesús está allí en el templo enseñando, educando, ejerciendo un magisterio que no va a quedar nunca atrás en la historia sino que será siempre actual, pasen las generaciones que pasen en lo temporal. Jesús en el templo, en la llegada a Jerusalén, siente la urgencia de hacer la voluntad del Padre y ese fuego que sentía en su interior.
El Señor no calla lo suyo, no calla la verdad, y no deja de indicar el camino. Cuando llega al templo empieza a hablar sobre cuál es el verdadero templo, y nos dice: el verdadero templo donde Dios mora no es aquél que tiene ofrendas votivas, sino donde hay verdad, capacidad de comunión, diálogo, franqueza. No importa que haya perfección, o que no existan problemas.
Lo que importa es que hay capacidad de encuentro, ganas de volver a empezar, que se rece, que se ore. Donde hay verdad, allí está Dios. El otro templo debe caer: el templo de la suficiencia humana, el que construyo creyendo que yo todo lo puedo, que soy imprescindible e indispensable; el templo de mis caprichos, porque a veces hago un culto de mi egoísmo, encerrado en mí mismo. Ése templo debe caer. Así lo dijo Jesús, mirando al templo de Jerusalén. Por más que dijo una profecía, en realidad Jesús estaba hablando del hombre. Porque verdaderamente a Jesús lo que le interesa es el hombre; no la edificación ni el rito, cuando el corazón del hombre está lejos de Dios.
Hay que derribar la soberbia y el orgullo. ¿Y dónde está el orgullo de nuestra fe? A veces en el esplendor de nuestro apostolado, en los éxitos. Pero muchas veces el camino de Dios aparece cuando todo se quiebra. Lo que Jesús llama la plenitud de los tiempos es cuando hay injusticias, persecuciones, desprecios y pisoteos. Y nosotros queriendo seguir a Jesús a veces no nos damos cuenta que basamos lo nuestro en el éxito y en el placer de la fe, y cuando aparecen el dolor y la muerte, ya no comprendo a Dios porque ya Dios no es como yo lo pensaba.
A veces, cuando construimos nuestra vida de fe y nuestra pastoral en la organización y en los éxitos, y allí está nuestra alegría, cuando creemos que hemos logrado los objetivos que nos hemos planteado, creemos que eso es el proyecto de Dios, pero a veces eso no es el proyecto de Dios sino tan solo nuestro orgullo, nuestra seguridad y locura personal. Jesús dice que todo eso debe caer, no debe quedar piedra sobre piedra.
¡El Señor tiene razón! ¿Hasta cuándo pensamos construir la Iglesia desde nuestros proyectos personales, y que el Señor después tenga que venir a bendecirlos? ¿Quién se cree tan dueño de la verdad como para no dejar obrar a Dios a su manera? Es necesaria la cruz y el camino de la humildad, construida sobre las humillaciones. Es importante que se destruya el hombre viejo, para que Dios pueda comenzar a construir. El Señor siempre regala la cruz porque ella señala el camino. En la Palabra de Dios, es importante aceptar que deben caer nuestras estructuras personales, despojarnos para dar origen a la vida nueva. Es necesario que así sea.
Le preguntan a Jesús cuál será la señal de que lo que anuncia está por suceder. Uno a veces se queda en los hechos, se instala en la tristeza, en el fracaso, en las situaciones desfavorables que le tocan vivir. Y sacan como conclusión que entonces van a vivir a su manera, como tomándose revancha. Y cuántas veces, ante la oportunidad que nos presenta una humillación, de morir para nacer verdaderamente, sólo elegimos volver a morir más profundamente.
ESTAMOS LLAMADOS A SER LUZ EN EL MUNDO
Hay un librito muy lindo, escrito por Monseñor Pironio, titulado Señor, enséñanos a orar. Contiene oraciones para el cristiano, muy bellas, que nacen de la verdad de quien vive una vocación y de quien se sabe pobre, quien reconoce sus límites y pobreza y sabe confiar.
Muchas veces nosotros no sabemos confiar; es más, no creemos que podemos superar, que podemos cambiar, crecer, ser santos, madurar aspectos; que Dios puede obrar cosas. A veces vivimos como si no tuviéramos la fe. La tenemos, pero parece que está muerta porque no la vivimos de manera existencial, ni con fervor ni alegría, sin la conciencia de quien se sabe amado por Dios. Entonces vivimos tensos, tironeados, sufrimos mal, somos poco sabios para sufrir.
Nos cuesta ser luz también en el dolor, y nos dejamos fagocitar por el dolor, la injusticia, el desprecio, el no ser tenidos en cuenta. Cuando teníamos el campo propicio para iluminar, nos sometemos a las tinieblas... ¡Cuánto habremos de pedir perdón por ser tiniebla! A veces me confieso de decir malas palabras, o por ofender al hermano, o porque me enojé... está bien, son los pecados puntuales. Pero también debemos pedir perdón por no ser luz, por no vivir nuestra condición de ser semilla fructífera. ¡Sólo Dios sabe cuánto fruto dará la semilla que cae en la tierra abierta en surco, despojada de todo! ¡Frutos incalculables!
Frente a las situaciones de la vida, debemos brillar y ser luz; como la semilla, tenemos el momento justo para dar frutos cuando somos despreciados, cuando la tierra está dada vuelta y cae nuestro semilla en soledad. Cuando nos apremia el dolor, la enfermedad o el llamado a prepararnos a la muerte, tenemos la tierra despojada y es el momento propicio para dar frutos. ¿Qué voy a hacer entonces: quedarme sólo como semilla, sin sufrir la transformación, sin morir para dar fruto? ¿Me voy a quedar fuera de la tierra para que me coma algún pájaro; o voy a ser dócil al Señor para dar muchos frutos?
Me imagino a la Santísima Virgen yendo en su camino a visitar a Santa Isabel... Ella caminando o tal vez en su burro; Ella era joven, los hebreos estaban acostumbrados a la peregrinación. Y Ella llevando su lámpara... Ustedes son la luz del mundo, no se enciende una luz para ponerla debajo de la mesa, sino sobre el candelero, para que ilumine a todos los que están en la casa. María es esa luz, como cuando hace muchos años, se viajaba en carreta y se llevaba una lámpara colgada, de querosén. Cuando todo oscurecía, ella daba forma, permitía la actividad de todos. Siempre peregrinando.
La luz, dando sentido y forma. La imagino a María, siendo luz al ser visita, despertando la esperanza y llevando la alegría del anuncio. Cuando tú eres cristiano y vives tu fe con esperanza, para los demás y para Dios, entonces donde vas, eres una luz y despiertas el espíritu. No tienes ni siquiera que preocuparte por dar testimonio, el Señor se encarga, porque eres luz.
El apóstol Pablo, en la primera de las cartas a los Tesalonicenses, decía en el cap 5: En cuanto al tiempo y a las circunstancias, no tienen necesidad hermanos de que les escriba. Saben muy bien que el día del Señor vendrá como un ladrón en plena noche. Cuando la gente crea estar segura y en paz, entonces la ruina caerá de repente sobre ellos, igual que los dolores de parto sobre una mujer embarazada, y no podrán escapar. Así les hablaba Pablo, con términos maternales, de la naturaleza, para que entendieran la absoluta libertad y originalidad de Dios, así como su fidelidad a los tiempos establecidos para la salvación del hombre. Pero ustedes, hermanos, no viven en la oscuridad. Por tanto el día del Señor no debe sorprenderlos como si fuera un ladrón.
Lo mismo es para ti, si tienes fe. Por más que tengas problemas, si te animas a confiar en Dios... Y no pienses que porque tengas tentaciones, ya dejaste de ser luz o discípulo del Señor. No te preocupes de las tensiones ni de las pulsiones por las que te lleva la vida, sino trata de ser fiel, con la conciencia de que eres digno y desde tu libertad puedes ejercer una fidelidad a tu condición de luz, no importan las circunstancias ni qué sientas, sino que importa lo que elijes. Y elegimos desde la fe.
Quiero ser luz. Ser fiel a la fe. Ser parte integrante y viviente de una enorme tradición que comenzó con Abraham. Con tu decisión de ser fiel, eres un eslabón en esa cadena de miles y miles de años de historia, regalos de Dios.