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17 de abril de 2014 12:33 horas Programa Actual: Entre Nosotros
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La ascesis de la normalidad - 2º Parte
La semana pasada comenzamos a recorrer el camino de la “Ascesis de la normalidad” de la mano de la hermana: María Cándida Cymbalista de la abadía de Santa Escolástica. ¿Y qué era esto?
Recordemos que la Ascesis: Son las Reglas y prácticas encaminadas a la liberación del espíritu y el logro de la virtud.
La ascesis es esencial para la vida cristiana ya que está vinculada al doble hecho de un solo misterio: el pecado, en especial sus consecuencias y la salvación.
La presencia y reiteración del pecado, van engendrando en nosotros un vicio y frente a ellos debemos emprender la lucha de desarraigarlos.
La ascesis es entonces esta actividad espiritual, esta lucha cuya causa es un DESORDEN (que vimos puede ser de índole personal, social y comunitario) y la finalidad es restablecer el ORDEN.
Tenemos que combatir esta lucha, para sentirnos plenos y vivir como hijos de Dios. Porque el desorden interior me bloquea, me aísla de Dios y por otro lado me divide de los demás.
Y en medio de esta ascesis, de esta lucha se trata de ser normal, y de actuar con normalidad desde que uno se levanta hasta que se acuesta y desde que se acuesta hasta que se levanta, aunque ello implique en algunos días o tiempos un esfuerzo, una cruz, una total abnegación, un martirio.
Y dentro de este proceso, se incluye la adquisición de grandes hábitos éticos, sobrenaturales, pero vividos muy naturalmente, sabiendo que lo NORMAL no es el vicio sino la VIRTUD. Y esa es la buena noticia, que lo normal entre nosotros, en la práctica de lo cotidiano, incluye la virtud más que el vicio.
La Hna Cándida, sigue profundizando en los principales elementos de este camino de la Ascesis de la normalidad: Realismo, Identidad, Oblatividad, Coherencia y Alegría.
El primero de ellos, el REALISMO, es la aceptación y respeto al ser de las cosas y circunstancias: es decir cada ser es él mismo con toda su riqueza y pobreza. Frente a las personas y cosas yo puedo adoptar muy diversas actitudes; imaginarlas diferentes, proyectarme en ellas como en una prolongación de mi yo, destruirlas y rehacerlas, hacer caso omiso de lo que son, respetarlas, etc.…
Las cosas ofrecerán su resistencia material a mi manipulación. Si yo no las respeto puedo llegar a sentir su peso, su agresividad, y surgen todos los vicios de la agresividad y de la concupiscencia.
Las personas ofrecerán su resistencia espiritual a mi manipulación. Si yo no las respeto puedo llegar a sentir intensa y agresivamente su presencia y surgen los vicios del odio, de la injusticia, del orgullo.
¿Qué significa entonces RESPETAR? Significa reconocer la verdad de cada persona en cuanto ser. Significa no pretender crearlo, avasallarlo, destruirlo. Sí desarrollarlo desde él, plenificarlo desde su naturaleza, desde su esencia y desde su existencia.
Y qué tiene que ver esto con la ascesis? Dice la Hna Cándida hagamos la prueba de vivir un solo día mirando, pensando, imaginando, respetando todo tal cual es. Y luego esto es lo más difícil aceptando esa realidad no empujándola agresivamente ni en mi mente ni en mi obrar. Significa no hablarles a las cosas, sino oír lo que ellas son y oír la voz de Dios sobre ellas. Este respeto restituye a las cosas y personas su principio de identidad.
La próxima es la IDENTIDAD. ¿Qué pasa cuando unos días  nos vemos de una manera y otros de una manera diferente. No sabemos quiénes somos, qué queremos, o a dónde vamos?¿Te paso..?
Muchas veces nos formamos una imagen de nosotros mismos y tratamos de imponerla terminando esclavos de ella. Es necesario entonces, vernos como somos, aceptarnos como somos, sacarnos todas las máscaras para evitar muchas veces culminar en una paranoia y comenzar a ser humildes en serio, comenzar a ser santos.
Decimos IDENTIDAD a la aceptación realista del propio ser visto en su verdad. Según el diccionario es el conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás. Aquello que nos hace únicos…por ej: las huellas digitales, el dni.
Y qué tiene que ver esto con la ascesis? Esta identidad es nada menos que la médula de la ascesis. Es esa depuración cuyo fruto es la sencillez, la humildad, la simplicidad, la nitidez. Nuestra verdadera riqueza está en lo que somos y eso lo tenemos que descubrir cueste lo que cueste, arduamente, y sólo lo lograremos desposando nuestro corazón con el mismo Cristo en la soledad de la cruz.
También nos puede ayudar a descubrir nuestra verdadera identidad la autocrítica, la revisión personal o comunitaria, que es propia de un ser adulto y maduro y es necesario realizarla para desmitificar nuestro propio ser, aceptando nuestra verdad, nuestro ser lleno de riquezas y de miserias.
Nos introducimos ahora en la OBLATIVIDAD y en este elemento de la ascesis, dice la Hermana Cándida, que parte de mi verdad es descubrir la necesidad que yo tengo de los demás y la necesidad que los demás tienen de mí y este descubrimiento nos coloca en una actitud de diálogo, de receptividad por un lado y de DONACION por el otro.
La oblatividad es romper con el egoísmo, la avaricia, la suficiencia y por lo tanto la irrupción del amor, del servicio, de la acogida. Y este amor es generador de amistad, de obediencia, de búsqueda y consecución del bien común.
Esta ascesis del amor, es mi real donación al otro, y la real receptividad del otro. Y esto difícilmente es posible si en medio de tú y yo, de ustedes y yo, de tú y nosotros no está Cristo.
Ahora bien en nuestro obrar hay que buscar la COHERENCIA. Decía el Papa Pablo VI en julio de 1973: “Una necesidad de coherencia nos obliga a salir de la mediocridad, de la tibieza, de la superficialidad, del doble juego de la adhesión positiva al Evangelio que hemos prometido, y de una concesión permisiva al hedonismo… que nos hace traicionar la cruz”.
La ascesis es coherencia y la coherencia es ascesis. San Benito dice: “Practicar con obras todos los días los preceptos del Señor”. De eso se trata, ¡qué normal es una persona que no es hoy de una manera y mañana de otra, que no deshace a la noche lo que tejió a la mañana, que no alterna la depresión con la euforia, el empeño con el desinterés.
La coherencia es esa constancia, esa virtud de la fortaleza, de conversión, es llegar en todo hasta sus últimas consecuencias.
En esta ascesis de la normalidad que estamos compartiendo no puede quedar afuera un elemento muy importante e infaltable en la vida de todo cristiano, la Hna Cándida dice que es el fruto maduro de la ascesis y es la ALEGRIA.
Nada tan normal, tan humano, tan divino, como la alegría. Más de una vez la Iglesia ha recordado la necesidad del gozo de la alegría. La Constitución “Lumen gentium” dice en su Nº 43: “Avancen con espíritu alegre por la senda de la caridad”.
¿Cuántas veces vivimos lo cotidiano tristes?
Hay que luchar contra la acedía cotidiana. Dice Santo Tomás “la acedía es “una tristeza molesta” que de tal manera deprime el ánimo del hombre, que nada de lo que hace le agrada”. Y además el Santo no duda en llamar a la acedía y a la tristeza vicio capital, madre del rencor, de la amargura, de la desesperación, de la ociosidad…”
Estar siempre alegres. ¡Qué extraordinario sacrificio, qué disciplina, que testimonio para los demás! ¿Qué es la alegría? Es el éxtasis en la belleza de Dios y sus obras como en la aurora de la creación. Es la ebriedad del Espíritu en la mañana de Pentecostés. Es la constante participación en la vida del Espíritu Santo. Brota de amar a Dios con todo el corazón!
Esta alegría es: dilatación del corazón en la libertad interior, dilatación del corazón en la belleza de Dios y su creación; un fruto del Espíritu Santo (Gal. 5, 22).
La “ascesis de la alegría” es una verdadera culminación, una plenitud en el proceso de la ascesis de la normalidad. Es la alegría de la Pascua que florece en el árbol de la cruz.
Realismo, identidad, coherencia, oblatividad, alegría... ¡Qué aspectos tan cotidianos de la vida! La ascesis de la normalidad es para personas simples, nunca nadie será “noticia” por haber sido relista, o por haber sido coherente, o por haber sido y estado constantemente alegre.
Y un claro y bello ejemplo de esto es la Santísima Virgen, imaginémosla siempre respetuosa de la realidad, siempre verdadera consigo misma y con lo que la rodeaba, siempre coherente, siempre alegre, siempre entregada a Dios y al prójimo en la total apertura.
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