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05 de septiembre de 2010 12:58 horas Programa Actual: Casa de Campo

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Retiros
Jueves Santo 2009: La cordialidad
La Obra de Radio María vivió intensamente el Retiro de Pascua 2009. El anuncio del Jueves Santo estuvo a cargo de Gabriela Lasanta y  fue el siguiente:
La Cordialidad

 

            Algunas claves para crear una atmósfera de cordialidad en nuestras comunidades

 

1-     Estar ahí

 

Como vemos en el texto de los discípulos de Meaux, Jesús es un caminante que se suma al andar de los discípulos. Pasa desapercibido. Camina con ellos.

En Mateo 1, 22-23, se nos anuncia la llegada de Jesús con el nombre de “Dios con nosotros”. Esto significa que Dios ha elegido ser “Dios con nosotros”. Internémonos en la experiencia de alguien que esta, de veras, con nosotros: ¿cuándo recibimos verdadero alivio y consuelo?, ¿cuándo nos aconsejan adonde ir o que hacer? A veces, puede ser, pero lo que realmente cuenta es que en momentos de sufrimiento o muy vitales alguien permanezca con nosotros. Más importante que cualquier acción concreta o palabra indicativa es la presencia de alguien que se interesa.

En una época tan saturada de métodos, fórmulas y técnicas para la felicidad, para influir en la conducta, para realizar cosas, hemos olvidado el simple pero difícil don de “estar ahí”. Hemos perdido este don porque se nos ha hecho creer que la presencia tiene que ser útil. Decimos: “¿por qué he de visitar a esa persona?, no puedo hacer nada en absoluto. No tengo nada que decirle”. De este modo hemos olvidado que con frecuencia la presencia “inútil”, sin pretensiones, humilde, aporta esa cordialidad que alivia y nos anima en la vida. Quienes nos ofrecen su corazón estando y permaneciendo con nosotros en momentos de enfermedad, angustia, oscuridad o gozo, llegan a sernos tan próximos como aquellos que están unidos a nosotros por vínculos biológicos.

Muchas veces decimos a otros con tono agrio: “no sabes de qué estas hablando porque vos nunca has pasado lo que yo pasé”. Cuando decimos todo esto estamos expresando la profunda convicción de que escucharíamos con gusto las palabras de consuelo que nos quieran brindar a condición de que ellas broten de la solidaridad con nuestra experiencia.

Esta es la buena nueva de Dios. Lo que le hace cordial es ser un Dios que vino a compartir nuestras vidas, aunque no siempre nos soluciones los problemas u ofrezca respuesta para mucho de nuestros interrogantes.

 

2-     Salir de la competencia

 

Podríamos mirarnos a nosotros mismos con ojos críticos y reconocer que es la competencia, y no el amor, nuestra principal motivación en la vida. Podríamos mirar hasta que punto nos encontramos inmersos en todo tipo de competencias. Nuestro sentido de identidad personal, tal como se plantea en este mundo, tiene que ver con “la diferencia”. Somos educados bajo este mensaje: “Eres la diferencia que haces. Serás reconocido y honrado o rechazado por tus distinciones”. Sentimos que somos inteligentes, fuertes, elegantes o feos según somos comparados con quiénes competimos. Mucha de nuestra estima depende de nuestras distinciones negativas o positivas. No hace falta pensar demasiado para caer en la cuenta de que estas distinciones juegan un papel central en los conflictos familiares, sociales, interpersonales, etc. Verdaderamente somos muy celosos de nuestros “trofeos”. Esta competencia omnipresente, que busca siempre tener la razón, alcanza hasta los rincones más recónditos de nuestras relaciones, impide que nos comprometamos a fondo en la solidaridad mutua y bloquea el camino del encuentro.

Ser cordial exige reconocer y anular las líneas divisorias y dejar de lado las diferencias y distinciones. ¡Pero esto implica abandonar nuestra identidad! Es por esto que este llamado resulta tan aterrador y suscita una resistencia tan profunda. Traiciona nuestras más profundas ilusiones de “ser alguien”, de ser lo que hemos ganado.

Mientras seamos personas competitivas que luchan por diferenciarse no va a ser posible generar una atmósfera cordial.

El menaje que nos trae el Nuevo Testamento, y este texto en particular (Los discípulos de Emaús), es que no hay vida sin no es vida compartida. Somos educados a pensar en términos de grandeza individual o heroísmo personal. Es por eso que debemos desaprender los modos de esta mentalidad individualista hasta acostumbrarnos a pensar en términos evangélicos: “No hagan nada por rivalidad ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismos, buscando cada cual, no su propio interés sino el de los demás” (Filipenses 2, 3-4). “Yo les pido por el consuelo del amor, por la comunión en el espíritu, por la entrañable compasión, que colmen mi alegría, siendo todos del mismo sentir con un mismo amor, un mismo espíritu, unos mismos sentimientos” (Filipenses 2, 1)

De los primeros hechos de los apóstoles, no llegan hasta nosotros las proezas, milagros de un estrellato individual. Sino la evidencia de un estilo de vida radicalmente nuevo que maravillaba y sorprendía a los de afuera que decían: “Miren como se aman”. (Hechos 2)

La cordialidad es la atmósfera en la que el alma respira, pero no es fruto de un logro individual, su naturaleza es esencialmente comunitaria. Al asociarnos a Jesús que se humilló aceptando la muerte en la cruz entramos en una nueva relación entre nosotros, nuestra vida en comunidad es la manifestación de la mente de Cristo.

 

3-     Dejar el lugar ordinario y apropiado

 

La palabra comunidad expresa generalmente una imagen de vivir y trabajar juntos, sosteniéndose y alentándose. El deseo de comunidad es, con frecuencia, un deseo de sentir la unidad, la sensación de ser aceptado y una experiencia de sentirse como en casa. No es pues extraño que para algunos observadores críticos estos deseos estén asociados con sentimentalismos o idealismos inalcanzables. Si queremos reflexionar sobre la comunidad en un contexto de cordialidad es preciso superar estas asociaciones. La comunidad no podrá ser nunca algo principalmente cálida, blanda, hogareña, confortable y protectora. La comunidad cristiana se reúne en torno a un llamado y a una presencia que exige desplazamiento voluntario todo el tiempo. Es un llamado a alejarnos de los lugares ordinarios y apropiados. De esos lugares en los que solemos experimentar satisfacción.”Deja a tu padre y a tu madre” “Deja que los muertos entierren a los muertos””Vende lo que tienes dale el dinero a los pobres y sígueme” Los evangelios nos enfrentan con la persistente voz que nos invita a alejarnos de donde nos resulta confortable estar. A este peregrinar lo llamamos desplazamiento voluntario. Los discípulos de Emaús volvían a su lugar ordinario y seguro, y Jesús le sale al encuentro para reinsertarlos en el lugar comunitario de la misión, el lugar donde el centro está ocupado por un desplazado “El cuál siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo Flp.2, 6. Es difícil imaginar un desplazamiento mayor….

El desplazamiento voluntario nos traslada de posiciones de distinción a posiciones de comunión, de buscar ser objeto de interés y de atención al ocultamiento y el servicio.

San Francisco nos ofrece un testimonio impresionante de la cordialidad que genera una comunidad que asume como estilo de vida el desplazamiento voluntario de los lugares seguros de nuestro yo. Chesterton escribe:

“Esto fue lo que le confirió un poder extraordinario (a la comunidad franciscana): que del Papa al mendigo, del sultán a los ladrones andrajosos que salían de los bosques, nunca hubo nadie que mirara aquellos ojos ardientes sin abrigar la certeza de que Francisco o Bernardote estaba realmente interesado en él, en su vida, que estaba siendo valorado y tomado en cuenta como persona…Trató a las multitudes de gente común como si fueran multitudes de reyes.” 

San Francisco, así como Tersa de Calcuta, Ignacio a Manresa o Charles de Foucault al Sahara, nos ofrecen un camino de desplazamiento una tradición de desplazamiento creadora de ambientes revolucionariamente cordiales. Cada vez que ésta tradición se enfría y una familia religiosa vuelve a los lugares ordinarios, cómodos y apropiados, comienza a perder ardor, vocaciones y agoniza ofreciendo al mundo sólo una respuesta ordinaria .Mientras sólo hagamos bien lo que otros hacen mejor difícilmente podremos decir de nosotros que somos la sal de tierra o la luz del mundo. Es duro ver cómo algunas de nuestras casas, parroquias, conventos, monasterios y comunidades abdican de ésta tradición de desplazamiento permanente y se convierten en ámbitos donde sus miembros buscan seguridades de todo tipo, lugares apropiados para instalarse en un mundo convulsionado y no pasan de generar algunos buenos sentimientos y declaraciones de piedad o solidaridad que nadie escucha .Es comprensible que la historia del cristianismo esté llena de reformadores que desplazan nuevamente a sus comunidades y a sí mismos suscitando un nuevo ardor capaz de crear esa cordialidad tan distintiva del cristianismo que pone de relieve la unidad de la raza humana. Fuera de ésta dinámica la cordialidad desemboca en manifestaciones de cortesía y buenos modales. Para que aparezca la calidez de la cordialidad del Espíritu, esa que hace arder el corazón, es necesario aprender a desplazarnos a nosotros mismos de la comodidad, de la seguridad.,del control. La atmósfera de cordialidad se genera, paradójicamente, cuando aprendemos a vaciarnos de nosotros mismos, prestar atención a los demás con el deseo de hacer de ellos el centro, abandonar los métodos que tenemos para llevar la atención hacia nuestro terreno, desalojar a nuestro yo del centro de atención e invitar a los demás a ocupar ese lugar.

 

 

4-Vivir en la plenitud del tiempo

 

A poco de andar en el camino los discípulos de Emaús no sólo se dan cuenta de que han entrado en una nueva mentalidad, sino también en un nuevo tiempo: “Quédate con nosotros”.

La paciencia es la disciplina que nos permite ser introducidos en ese nuevo tiempo que nos ofrece la oportunidad de estar juntos y compartir percepciones y decisiones. Al revés, la impaciencia es la experiencia del momento como vacío, inutilidad, y sin sentido. La impaciencia siempre tiene que ver con el tiempo. Cuando nos impacientamos con lo demás o con nosotros mismos queremos un cambio rápido, queremos salir del estado que nos encontramos y trasladarnos a otro más confortable. Nuestro deseo es que las cosas cambien lo antes posible. A veces nuestras emociones están totalmente dominadas por la impaciencia y esto es vivir en el tiempo del reloj.

El tiempo del reloj es tiempo lineal, según el cual nuestra vida es medida en unidades convencionales que aparecen en relojes y calendarios. Estas unidades nos indican cuánto tiempo nos queda para hablar, cantar, estudiar, dormir, etc. Nuestras vidas están dominadas por este tiempo. Podemos reflexionar y sentir la enorme tiranía que ejerce sobre nosotros. Este es el tiempo exterior, que tiene una objetividad dura e inmisericorde, por lo tanto no es cordial. El tiempo del reloj sigue diciendo “apúrate”, el tiempo vuela, no pierdas la oportunidad, intenta engullir todo antes de que se acabe. Genera impaciencia e impide cualquier convivencia cordial.

En la medida en que permanecemos víctimas del tiempo del reloj estamos condenados a vivir sin cordialidad porque no tenemos tiempo para los demás y no nos enteramos de la persona que necesita auxilio al costado de la ruta (el buen samaritano).Estamos cada vez más preocupados por perder algo y percibimos el sufrimiento humano como una interrupción perturbadora de nuestros planes.

Pero hay otro tiempo que es del que habla la escritura. Jesús proclama que el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca (Marcos 1, 15) y Pablo dice que al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo… (Galatas 4, 4). Todos los grandes acontecimientos del Evangelio ocurren en la plenitud del tiempo, que es el tiempo salvífico. Quizás recordemos esos momentos de nuestra vida en que hemos tenido una experiencia distinta del tiempo. Puede ser mientras estemos en un hospital, al lado de la cama de un enfermo y sintamos que estar juntos es la cosa más importante. Puede ser mientras hacemos una tarea rutinaria y de repente caemos en la cuenta de que estar vivos es sencillamente estupendo. Pude ser mientras permanecemos en una iglesia y percibimos que todo está presente aquí y ahora. Esos momentos no son necesariamente felices o dolorosos, lo que sentimos es que el tiempo se detiene y lo que cuenta es la maduración y la conciencia de que hemos tocado la vida verdadera. Este es el tiempo preñado de nueva vida. No es el tiempo esclavizante que nos deja vacíos, sino el tiempo vivido desde adentro y vivenciado como plenitud.

La paciencia es la disciplina que nos introduce en este tiempo en el que se puede saborear la presencia de Dios. La paciencia abre nuestros corazones al otro, nos permite alegrarnos con sus alegrías, sufrir con sus penas. Nos hace descubrir que un minuto de verdadera convivencia puede eliminar la amargura de toda una vida. La paciencia nos permite no tomarnos a nosotros mismos tan en serio y sospechar de nuestras alocadas agendas.

No es difícil reconocer a la gente paciente y la atmósfera de cordialidad que generan a su alrededor. Nos sacan de nuestra inquietud ansiosa y nos llevan a la cordialidad del tiempo de Dios. En su presencia nos sentimos amados y aceptados. La multitud de cosas grandes y pequeñas que nos llenaban de ansiedad parecen perder de golpe todo su poder. El papa Juan XXIII era una de esas personas. En su presencia la gente se sentía rescatada de la maraña de sus miedos y ansiedades. En su propio estilo tranquilo y poco llamativo dejaba que todos los que lo rodeaban formaran parte de la plenitud del tiempo de Dios. A él se le atribuye el famoso “sólo por hoy” porque el tiempo de Dios es el tiempo del hoy.


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La cordialidad es tener un mismo corazón.
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