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05 de septiembre de 2010 13:04 horas Programa Actual: Casa de Campo

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Retiros
Viernes Santo 2009: La Cruz, sentido de mi vida
La Obra de Radio María vivió intensamente el Retiro de Pascua 2009. El anuncio del Viernes Santo estuvo a cargo de María Fernanda Maurutto y fue el siguiente:

La Cruz, sentido de mi vida

La tarde del Viernes Santo presenta el drama inmenso de la muerte de Cristo en el Calvario.

La cruz erguida sobre el mundo sigue en pie como signo de salvación y de esperanza.

Con la Pasión de Jesús según el Evangelio de Juan contemplamos el misterio del Crucificado, con el corazón del discípulo Amado, de la Madre, del soldado que le traspasó el costado.

Para comenzar vamos a contemplar la Cruz, a mirarla, a observarla, a pensarla como ese lugar donde Jesús ha puesto su cuerpo, donde Jesús se sostiene porque es demasiado el peso de los pecados que tiene que soportar y por los cuales ha llegado a este lugar.

Pecados que nos pertenecen como pueblo, que tienen su origen y desarrollo en el Antiguo Testamento desde Adán y Eva hasta pasar por el pueblo de Dios que no encuentra en su andar el camino. Hombres y mujeres a lo largo de la historia entregan sus vidas y hacen sus sacrificios como ofrenda para la salvación de este pueblo pecador. Y es el Señor quien con su eterna misericordia los abraza y les devuelve la confianza en medio del andar; pero no basta, no es suficiente. Es tanta la dureza del corazón de los hombres que el mismo Dios se dispone ha ser el eterno sacrificio para redención de los pecados.

El Pueblo de Dios no deja de dar pasos en falso, pero el Señor sale a su encuentro y lo redime desde el Amor; es esta la mirada que debemos tener en el paso de Dios en medio de la historia, en medio de nuestra propia historia, de nuestra vida. Allí donde como el pueblo de Dios  hemos caído  una y otra vez. Animarnos a descubrir cómo ha sido nuestro andar y cómo Dios Padre no nos ha abandonado. A la vez que nos abraza en su misericordia nos colma de bendiciones como reza el salmo 103(…) donde se mira a un Dios que abraza y perdona, al hombre en su pequeñez y falta.

Sería bueno entonces, en este Viernes Santo hacer un repaso de nuestra historia, sin caer en la culpa y el dolor extremo pero si tratando de mirar los momentos, circunstancias, actitudes, estados del corazón que nos llevaron a caer en el pecado y nos dejaron desbastados o nos tienen hoy en ese estado de sin sentido, sin razón, sin sabor ; tratando de no ver solo la falta sino intentando descubrir la mano del Señor que asiste en medio de la oscuridad, de la desesperanza, del desgano…ver el costado de vida que se esconde en el árbol de la Cruz y preguntarnos ¿cuál es el sentido de la vida, para qué vivimos?. Porque esta Cruz que contemplamos, esta muerte del Señor crucificado tiene un sentido, y una lógica que no es la del mundo sino la del Amor, la del verdadero amor ese que Dios tiene por cada uno de sus hijos, ese que no le hace abandonar la obra de sus manos.

Es importante descubrir en este día la sabiduría de la Cruz. Y ¿cuál es esa sabiduría, qué sabiduría es la que me enseña la cruz? Porque, sin lugar a dudas, esta es la dimensión cristiana más difícil de aceptar. Porque resulta casi incomprensible en la lógica del mundo la manera en que muere el Señor, la expresión del Amor que se abraza con la muerte y el dolor. Pero sabemos que detrás de esa Cruz, de la que hoy contemplamos dolorosos por el peso que supone sabernos pecadores y hacedores de esta realidad se esconde la vida, la resurrección. La Cruz es la invitación de Dios al Hombre para trascender el sin sentido.

Hoy pareciera existir un fundamento para la vida del hombre basado en la sabiduría del éxito, del progreso. Hoy estamos tan preocupados en funcionar bien, lo cual es bueno, es un deseo lógico, todos queremos progresar, todos queremos ser alguien, todos queremos mejorar, tanto espiritual, intelectual, económicamente, es un buen deseo, pero si ese buen deseo lo absolutizamos y generamos una sabiduría del éxito, esta sabiduría sólo tiene respuestas para cuando somos exitosos, pero no tiene respuestas para cuando la vida aparece con contrariedades, cuando aparecen las grandes dificultades, las grandes problemáticas, los grandes dolores de la vida. Aquí es donde, entonces, entramos en esta sabiduría del Misterio Pascual, que es misterio de cruz y resurrección, que da respuesta a estos anhelos que están en nuestro corazón, porque es muy cristiano querer progresar, es muy cristiano querer superarse. La invitación del Hijo de Dios a hacer perfectos como nuestro Padre celestial es una invitación real. San Ignacio de Loyola habla de un deseo de más, es un gran motor en la vida, el deseo de más. Pero este deseo de más hay que encaminarlo bien. El deseo de más, cristianamente hablando, es el de mayor virtud, el de mayor progreso espiritual, el de mayor sabiduría cristina para saber manejar, desde Jesucristo, todas las dimensiones de nuestra existencia. Esto es encontrarle un sentido a la vida. Porque si nosotros, como cristianos, solamente pudiéramos dar buenas razones y explicaciones para cuando andamos bien, no nos diferenciaríamos de nada, para nada, de toda una visión consumista o materialista. La sabiduría de la cruz y de la resurrección, la sabiduría del Misterio Pascual, nos permite encontrarle el sentido a toda la existencia.

Cuando pensamos que el Hijo de Dios quiso ir a la cruz para que encontráramos en ese signo la salvación, es impresionante, es un misterio tan grande, pero cuánta respuesta hay a toda la dimensión dificultosa de la vida en esta sabiduría. Y solamente Jesucristo es el que nos da respuestas en este sentido. Cuando todas las respuestas se acaban sentimos que no hay nada más. Que tocamos fondo, que llegamos a un límite. Entonces, tenemos dos opciones: Nos quedamos allí inmóviles, enredados en nuestros propios cuestionamientos o salimos a buscar la respuesta verdadera, es decir oímos la voz de Dios y dejamos que nos asista.

A Dios le importa mi vida, le importa mi problema, le importa mi existencia. Él quiere con su amor responder a esta problemática concreta. Desde la cruz y la resurrección Jesús quiere responder a lo que me pasa hoy. Por eso en nosotros está encontrar esta sabiduría de la cruz, esta sabiduría de la resurrección y unir esta sabiduría a la existencia concreta por la que tengo que llevar y desarrollar mi vida.

Este es el desafío que tenemos. Cuando decimos que en última instancia la problemática de hoy es responder al sentido de la vida, encontrarle el sentido a la vida, este es el planteo. Nosotros sabemos que Jesús es la respuesta. Tenemos que aterrizar eso que sabemos de una manera existencial para que sea respuesta para mí, para que sea respuesta para mi familia, para que sea respuesta para mi realidad.

 

MARIA MADRE DE CONSUELO Y ACEPTACIÓN

 

El sacrificio del Señor expresado en la entrega de su propio hijo es un don, un regalo para el pueblo de Dios, para cada uno de nosotros es una respuesta de Amor a tanto desamor que existe en el corazón del hombre

Desde el momento de la anunciación el Señor comienza a desandar su deseo de entregarse plenamente al hombre para acercarle a nueva ida. Y Es Maria, la Nueva Eva la encargada de abrir la puerta para que el plan de salvación se lleve a cabo. En el Sí de María se encierra la respuesta primera y ultima que abraza cada hombre y cada mujer de la Tierra, Maria desde el Anuncio del Ángel es Madre que se dispone a recibir a cada uno de sus hijos y a dar todo de si. Maria dice en aquel momento “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra” y acepta con alegría la voluntad de Dios, aceptación que se repite a lo argo de la vida de Jesús y del acompañamiento que ella hace de este Hijo, que es el mismo Dios, acompañamiento basado en la sabiduría del silencio y de la esperanza. Maria está en cada acontecimiento de la vida de Jesús, como Madre, como guía, como sostén, no hay momento en el que ella no aparezca como la estrella y la luz, como la mujer que acepta y se entrega. Ella nos invita a descubrir la capacidad humana que tenemos de leer la propia historia desde la mirada que Dios ha hecho sobre nuestra vida. Es una invitación a creer que Dios todo lo puede y nos sacará del letargo en el que nos encontramos. Porque podemos creer en Dios, pero cuantos le creemos a Dios, podemos sentir la certeza y tener la seguridad de que Dios nos escucha y no nos abandona, que él es el Señor de nuestra Vida, cumplir con su voluntad. Eso es lo que Maria nos regala con su Si, confianza y apertura de corazón para hacer la Voluntad de Dios.

Y en la Cruz La Madre estaba allí. No llegó de repente al Gólgota, desde que el discípulo amado la recordó en Caná, sin haber seguido paso a paso, con su corazón de Madre el camino de Jesús. Y ahora está allí como Madre y discípula que ha seguido en todo la suerte de su Hijo, signo de contradicción. Allí esta Ella solemne y majestuosa como una Madre, ejerciendo la Maternidad del corazón, que se ensancha con la espada de dolor que la fecunda.

Es Maria la que nos enseña acerca de la sabiduría de la Cruz, mujer que se deja moldear por los designios de Dios, que acepta no desde la resignación sino desde la certeza de saberse amada y elegida por El Señor.

Esta imagen tan dolorosa de una madre al pie de una cruz viendo sufrir a su hijo, se graba en nuestro corazón como la imagen y la acción a desarrollar en nuestra vida, nos interpela al grado de ponernos de pie frente a nuestras cruces, a la muerte, al dolor, a la desesperanza. Nos pone de pie desde el corazón para aceptar lo que no tiene lógica en el mundo pero que si cabe en el corazón de Dios y que seguramente esta dispuesto para redención de nuestra vida. Es esta imagen y esta postura de María una invitación a elegir salir del lugar cómodo de la culpa, de la lastima, de la pena en el que muchas veces nos ubicamos porque nos resulta imposible creer que existe otro modo de mirar y vivir la vida.

Es Jesús quien en sus últimas palabras nos entrega la guía para nuestra vida. Nos da una respuesta de como y con quien caminar en los momentos de dolor. Es el Señor  que en medio de este drama, de esta contraposición entre muerte y vida nos regala a Maria: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. La entrega en la persona del discípulo amado que también se encuentra al pie de la Cruz contemplando al crucificado y sosteniendo a Maria.”Ahí tienes a tu Madre” y desde aquel momento el discípulo la llevo a su casa. (Lc 19, 26-27). Recibamos a Maria en esta entrega que el Señor nos hace de ella como Madre.

Aprendamos de Ella su manera de contemplar al pie de la Cruz. En silencio, en paz, tratado de recibir mas que de comprender, sin preguntas, con total entrega. Seguramente en su corazón habrán pasado las imágenes de todos los años compartidos con su hijo desde el día de su nacimiento, haciendo memoria de lo acontecido y descubriendo el paso de Dios y el misterio de amor del Señor que se expresa en este momento de Cruz;  que bien sabe ella, porque confía y ha escuchado a Dios en su palabra que detrás del dolor esta la vida. Miremos y contemplemos la vida sobre esta Cruz del Señor, así debemos leer la historia haciendo una memoria que se vuelva alabanza porque somos capaces de descubrir que la mano de Dios nos ha sostenido y su mirada ha estado atenta a cada acontecimiento.

Tal vez hoy la enfermedad, la angustia, el desamparo, el desanimo forman parte de tu paisaje y estas parado, anclado, lleno de dolor, herido frente a la Cruz llorando por lo que no alcanzaste, por lo que es imposible, sin llegar a comprender el lenguaje de la Cruz; la vida que se esconde en este árbol. Hay que creer y no comprender, creer que lo que es un límite para mi no lo es para Dios. Nada es imposible para Él, así lo ha dicho y hecho a lo largo de la historia de su pueblo. Nada es imposible, ni siquiera trascender la muerte en Cruz, que solo es un Paso, necesario para alcanzar la Vida.

Preguntale al Señor que hay detrás de esa Cruz, cuál es su deseo, su voluntad, despojate de los miedos, de la angustia, solta las  vanas seguridades y entregate a este Señor que está allí en la Cruz sosteniendo tus faltas y queriendo recibir tus angustias. Entregate sin miedo, para poder recibir en abundancia.

 

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EL MISTERIO DE LA CRUZ QUE TRANSFORMA

 

Salmo 22(..)

Este salmo nos hace pensar del paso de la noche a la mañana. El sentido de este salmo lo da un perseguido que al llegar al borde del abismo, encuentra de nuevo la seguridad y la confianza. Desde el comienzo mismo la tradición Cristiana a aplicado este salmo a Jesús mismo.

 

¡Dios Mío , Dios Mío por que me has abandonado?, esta es una de las últimas 7 palabras que el Señor dice o grita en la Cruz. Es el mismo Dios el que tuvo el sentimiento de llamar en vano a su Padre. Pero en medio de las tinieblas o lo oscuro de esta expresión, tanto de Jesús en la Cruz, como del salmista, hay una certeza que no puede vacilar. Ambos saben que a pesar de su silencio, el Padre está siempre con él. ¿Sabemos esto? ¿Existe esta certeza?, o nos enredamos en nuestras propias búsquedas, en nuestros propios miedos, nuestros propios límites y nos dejamos ganar por el sentimiento de que Dios nos ha abandonado, que no nos escucha, nos abandona, hace silencio. Estos son falsos discursos interiores y tentaciones que nos hacen caer en el abismo profundo y nos no nos permiten encontrar el camino para la redención, para la Vida Nueva.

Es este grito el que muchas veces damos ¡Por qué me has abandonado! El que muchas veces damos. San Ignacio acertadamente dice que habría que cambiarlo por el “¿Para qué me has abandonado?, tratando de encontrar en el sentimiento de abandono, en lo limitado la voluntad de Dios. ¿Para qué Dios quiere esto? ¿Cuál es su deseo mas profundo? ¡Qué es lo que en realidad me duele y no estoy entregando?. Más que dolor, la Cruz debe dejarnos enseñanza, que nos envuelva en  gracia, y sabiduría. Allí en lo que más nos duele Dios nos está educando, esta pidiendo entrega para poder multiplicarla en gracia.

 

 

 

 

Dice Mamerto Menapace “No le temas a la poda cuando es verde tu madero Dios no busca lo que saca le interesa lo que queda”. No tengamos miedo de vaciarnos, de sacar lo que no nos permite alcanzar la gracia de Dios. Él no abandona, aunque parezca que no hay nada más después de esto, que el dolor que tenemos es el más grande del mundo, no hay que bajar los brazos y dejarse ganar por la tentación del no puedo. Hay que creer y abandonarse a las manos del Padre. Jesús mismo lo hace después cuando dice  allí en la Cruz: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”, es esta una oración de entrega. Entrega su vida por Amor, porque comprende cuál es el deseo profundo del corazón de Dios. En ese momento se unen ambos sueños, los del hombre y los de Dios. Y en ese fundirse de los deseos de ambos, es donde se produce el verdadero milagro y hay Pascua. Cuando nos encontramos con la voluntad de Dios y podemos desterrar y sacar de nuestra vida lo que no nos permite avanzar y que tampoco es querido por el Señor, Hay Pascua.

La Cruz es el madero sobre el cual reposa el cuerpo de un Dios doliente pero satisfecho por tener impreso nuestros pecados y pesares. La Cruz es el signo de la vida, son dos maderos que sostienen al amor de los amores, uno de ellos es vertical en signo de que la mirada está puesta en el cielo. Allí es donde debemos posar nuestra mirada; en el cielo, en la promesa de Dios para nuestra vida.

El otro madero horizontal, es signo de que Jesús esta colgado entre el cielo y la tierra, reconciliando a los hombres con Dios y a los hombres entre sí. Alcanzar y dar el perdón se vuelve necesario en este acto de entrega, imposible caminar si no nos reconciliamos, con Dios, con los hermanos, con nosotros mismo. La Pascua es Vida Nueva y para que exista esta vida nueva es necesario el reconocimiento de nuestras faltas y el perdón.

Hoy es un día propicio para hacer un buen examen de conciencia, hacer una buena revisión de la vida, para encontrarnos con la gracia de Dios y preguntarle cuál es su voluntad. Animate a preguntarle, Señor ¿Qué querés que haga? ¿Cuál es tu deseo? ¿Qué tengo que entregar? ¡Qué tengo que darte? Es este un buen día para redescubrir el sentido de tu vida y para darle el verdadero sentido a esta celebración viviendo lo que es: La Pascua es Jesús.

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La Cruz es el símbolo más fuerte de los cristianos.
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