La Obra de Radio María vivió intensamente el Retiro de Pascua 2009. El anuncio del Sábado Santo estuvo a cargo de Adriana Gile y fue el siguiente:
Resurrección del Señor
1- Jesús se nos revela resucitado en signos sencillos y cotidianos
Vamos a comenzar nuestro compartir con una frase del profeta Isaías: “Así dice el Señor: "No he hablado en secreto, ni en un rincón oscuro de la tierra, no dije a la estirpe de Jacob: "Buscadme en el vacío. Yo, Yahvé me expreso con palabras claras".
(Isaías 45,19)
Dios no ha querido mantenerse oculto del hombre, al contrario, siempre se ha hecho presente en la historia de su pueblo. Es un Dios que quiere darse a conocer.
Este Dios de Jesús no tiene otro lugar para dársenos a conocer que la cotidianidad; en ella se nos ofrece como Buena Noticia para que gustemos de él y desde esa experiencia de “saboreo” nuestras vidas sean también vidas al servicio del Reino.
Y esto es así porque la experiencia de Dios no es algo conceptual o ideológico, sino que en ella y por ella nuestra sensibilidad queda afectada.
Pensando en la encarnación, vemos cómo Dios se hace hombre (realidad misteriosa e insondable) desde la simpleza y pobreza de un bebé envuelto en pañales…y nos invita a creer desde allí… “En esto lo reconocerán: hallarán a un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2, 12) ¿suficiente para creer? Debe serlo. Para los pastores lo fue. Fueron los ojos de la fe.
Así también, como la encarnación, la Resurrección viene expresada en signos muy pobres. Jesús resucitado no se da a conocer a sus discípulos de una manera portentosa, prodigiosa… los discípulos de Emaus lo reconocen “al partir el pan” (Lc. 24).
Hecho cotidiano y sencillo de todos los días…Fueron los ojos de la fe. Porque tal vez los hechos en sí mismos no alcanzan para creer pero por la fe, sí.
En lo sencillo, pequeño y cotidiano se revela el misterio.
Jesús no hace signos deslumbrantes a los ojos de los hombres, en cambio nos pide fe para “leer” en estos signos la Resurrección.
La tumba vacía. (Juan 20)
Una losa circular grande fue puesta en una ranura junto a la pared de la tumba. Esta piedra podía ser rodada delante de la abertura de la puerta, en tal forma, que su peso la tenía en su lugar.
María Magdalena se sorprendió al notar, en la oscuridad de la mañana, que la piedra había sido rodada atrás. Su primera impresión fue que la turba que había sido tan brutal en la crucifixión, había querido amontonar su odio sobre el cadáver de Jesús de una manera horrible.
María sabía instintivamente que ésta no era la clase de situación que mujeres pudiesen manejar, de modo que ella corrió a buscar a Pedro y Juan.
Pedro, acompañado por Juan, corrió ansiosamente. Juan, aparentemente el más joven, llegó primero. Y aquí nos encontramos con el punto: Juan, "vio, y creyó" (v. 8).
Creyó con estos elementos muy sencillos: la tumba vacía y la mortaja sin signos de violencia. Fue suficiente para él.
El "sepulcro vacío" en sí mismo no constituye una prueba de la resurrección, pero si puede ser un "signo" de la misma, una vez que ese enigma se ve esclarecido por el testimonio del Resucitado que se aparece a los Apóstoles.
Por eso, en el plan concreto de Dios, dos realidades sensibles fueron indispensables como apoyos, signos o manifestaciones para creer en la resurrección de Jesús:
la tumba vacía y las apariciones de Jesús resucitado.
Una cosa "vieron" (el sepulcro vacío y a Jesús que se les presentaba) y otra "creyeron", que Dios lo había resucitado y glorificado (leer Hech. 2, 32).
Efectivamente, dice el Catecismo de la Iglesia Católica en el num. 640: “En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa.
A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial.
Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección.
Juan, el discípulo de amor, “vio” y creyó.
El amor siempre parece ser la primera cosa que comprende y cree. Como dice San Pablo en la Carta a los corintios: “El amor todo lo cree” (1 Cor, 13, 4)
En cuanto a las apariciones del Señor Resucitado, sin ser tampoco pruebas estrictamente rigurosas, fueron vehículo adecuado para que los Apóstoles creyeran en la resurrección del Maestro. Pero los mismos apóstoles dan cuenta de ellas y María Magdalena que fue la primera en encontrar al Resucitado (Jn 20, 11-18). Jesús se apareció en seguida a ellos, aparentemente primero a Pedro, después a los Doce (1 Co 15, 5), la aparición a los discípulos de Emaús (Lc. 24,13).
A pesar de estas pruebas y signos, los discípulos no pudieron entender muchas de las cosas importantes que Jesús dijo, sino hasta después de la llegada del Espíritu.
Sus experiencias habían sido demasiado limitadas, y su fe tal vez demasiado pequeña:
¿No es esa la experiencia de la mayoría de nosotros en las crisis de la vida?
2- La resurrección de Jesús: Signo de nuestra propia resurrección
La resurrección de Jesús es un acontecimiento real, porque existió; pero es un hecho meta-histórico porque supera y trasciende las leyes de la historia común y corriente; sin embargo es un acontecimiento que se introduce en la historia, porque "históricamente" los discípulos tuvieron un encuentro vital con su Maestro resucitado, una experiencia decisiva que los constituyó para siempre testigos autorizados de Cristo resucitado.
El hecho de la resurrección de Jesús es algo excepcional: es el paso de Jesús de este mundo al Padre; es un acontecimiento que no se sitúa ya en las dimensiones de nuestro mundo y, por tanto, de nuestra experiencia ordinaria.
Jesús resucitó por la acción de la omnipotencia divina, pero no a la misma vida de antes, vida en un cuerpo corruptible y mortal, sino una vida superior, a la gloria, a otro mundo, con un cuerpo incorruptible, espiritual y glorificado (1 Cor. 15, 43).
La mayoría de los milagros evangélicos particularmente las “resurrecciones” son señales que hace Jesús para decirnos que Él viene a traer vida.
Un ejemplo: Tomemos Lucas 7, 11 al 17: en el pueblo de Naim Jesús resucita o, mejor, "vuelve a esta vida" al hijo único de una madre viuda.
Y hacemos esta distinción entre dos realidades diferentes: la realidad de la resurrección (con todo lo que implica la palabra "resucitado") y estos otros milagros que son señales preparatorias, que anuncian el poder resucitador que tiene Cristo.
Son fenómenos de "reviviscencia”. Por el poder de Cristo una persona muerta revive y vuelve a esta vida. Resucitar, en cambio, no es sólo salir de un sepulcro para volver a esta vida (como Lázaro de Betania, la hija de Jairo, etc) Es algo maravillosa e infinitamente más grande.
Pero Jesús realiza estas “señales” estas “vueltas a la vida” para decirnos que tiene poder para resucitarnos y sembrar en el mundo una semilla de Vida, Libertad y Alegría.
Este proceso comenzó con El mismo, el primero de los resucitados.
Y culminará un día allá en el cielo: en la plenitud del mundo de la resurrección, cuando Él entregue el Reino al Padre, y la muerte sea definitivamente vencida.
Pero este proceso está en marcha hoy.
Resucitar es comenzar a vivir con la misma intensidad de vida con que es viviente Dios. La resurrección no es una realidad reservada únicamente para después de la muerte.
Sí, allá será la plenitud. Pero se trata de aprender, por obra y gracia del Espíritu, a vivir ya desde ahora como resucitados.
Jesús vive resucitado, nosotros también, todos hemos ya resucitado pero ¿Cuántas veces vivimos como tales? Más de una vez vivimos como si Él y nosotros aún estuviésemos con la piedra del sepulcro cerrada y el Señor y nosotros, aún dentro.
La resurrección de Jesús: Punto central de nuestra fe
La resurrección gloriosa de Jesús es un punto central y clave de la fe cristiana. Es un dato tan esencial que del creer en Cristo resucitado depende todo el valor de la fe (leer 1 Cor. 15, 13-20).
Resucitado es el que nació de nuevo.
Y para "nacer de nuevo" hay que morir al hombre viejo.
Confiando en que Él vuelve a hacernos nuevos: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es:las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas." 2 Co 5:17 y también dice: “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas” Apocalipsis 21, 5.
Ahora bien: ¿cuáles son las situaciones de la existencia que nos van liberando del hombre viejo, sino el dolor y el sufrimiento que van rompiendo en nosotros el cascarón de nuestro egoísmo y del orgullo, con el cual hemos nacido la primera vez? (Hb 2, 10)
Resucitado es el creyente que pasó por la muerte del dolor, de la lucha y del fracaso y que, por la fuerza del Espíritu que resucitó a Jesús, supo convertir todo ese material de muerte en cruz de resurrección.
Resucitado es también el hombre libre "que no se asusta más de nada", porque, como Jesús, ya vivió los horrores de la pasión. Ya nos abrió el camino.
Algunas preguntas para la reflexión:
- Galilea es el lugar de lo cotidiano de los apóstoles donde Jesús les promete verlos. ¿Logro “ver” yo a Jesús vivo y presente en mi cotidianidad?
- ¿Vivo como resucitado? Es decir, como alguien que “nació de nuevo”? ¿O aún me siento esperando la Vida?