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24 de julio de 2014 09:24 horas Programa Actual: Catequesis
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La Santa Indiferencia (II Parte)
    Indiferencia es una palabra a la que en general le damos un significado peyorativo: suena hoy a desprecio
nos da un mensaje como negativo. Indiferencia suele ser algo criticable. ¿A qué clase de indiferencia se refiere entonces San Ignacio de Loyola, que introduce este concepto de ‘santa indiferencia’ en sus ejercicios espirituales?

    Para San Ignacio “indiferencia” es “disponibilidad”, o “abandono” –no en el sentido de pereza o dejadez, sino el abandono en manos de Dios-. Es decir, es un desapego de nuestro propio ‘querer’, para ‘querer lo que quiere Dios’. Indiferencia es la disponibilidad para conocer la voluntad de Dios y seguirla. Nadie “es” indiferente, sino que debemos “hacernos” indiferentes.
    La regla ignaciana dice “el hombre ha de usar de las cosas cuanto le ayudan y tanto debe quitarse de las cosas cuanto le impidan para el fin para el cual ha sido creado”. ¿Qué significan ‘las cosas’ para San Ignacio? No son solo las cosas materiales sino también las personas, las instituciones, y también los pensamientos, sentimientos, los movimientos espirituales interiores. Es necesario hacernos indiferentes, disponibles a todas las cosas creadas de tal manera que no queramos de nuestra parte, en lo que de nosotros depende, más riqueza que pobreza, honor que deshonor, etc. Siempre uno elige o discierne entre dos cosas. Y la disponibilidad no significa sentir inclinación hacia un lado, no es la apatía. Naturalmente nos inclinamos hacia la salud. Nadie se inclina hacia la pobreza si no es por una opción, nadie se inclina naturalmente al deshonor, sino aunque más no sea al respeto. Hacerse indiferente es ‘ponerse al medio’ e inclinarse para el lado que Dios disponga: si Dios lo quiere –y solo si Dios lo quiere- (porque hay gente que supone que Dios siempre quiere cosas feas, dolorosas), lo acepto sea doloroso o lo contrario. Hay también gente que cree que si está dispuesta a todo, Dios siempre le va a pedir lo peor, le tienen por eso miedo a la voluntad de Dios. No se abandona a Dios porque tiene la imagen de un Dios que siempre está pidiendo cosas difíciles, y esto es un error. A veces la voluntad de Dios puede coincidir con nuestras inclinaciones o deseos. Muchas veces Dios pide menos de lo que imaginamos nos va a pedir, pero tenemos que estar dispuestos a más. Y es esto lo que a veces nos cuesta. Por lo tanto no se trata de contrariar porque sí nuestras inclinaciones prefiriendo lo que nos repugna, porque esto también sería malo: ni tampoco negando lo que nos gusta sino solo en el caso de que sea voluntad de Dios y la reconozcamos claramente como tal.
    La oración de Jesús en el huerto antes de la pasión es un claro ejemplo: Jesús expresa al Padre lo que siente y desea (“aparta de mí este cáliz”, es decir, “quitame este sufrimiento”), pero agrega “que no se haga mi voluntad sino la tuya. Expresar el sentimiento, el deseo, no tiene nada de malo, yo diría hasta que es esencial expresarle a Dios en la oración lo que sentimos y deseamos. Pero luego ir como Jesús hacia esa segunda parte, que es el ‘abandono a su voluntad’.

    Lo ideal es que lo que hagamos, además coincida con nuestro gusto. Hay gente que dice “yo hago esto, pero no tiene virtud porque es lo que me gusta hacer”. No es así: cuando lo que hago coincide con mi gusto, se plenifica. El gusto no le quita virtud a mi elección. Algunos creen que solo es virtud si lo que hago lo hago sufriendo. Esas son imágenes tristes de Dios y de lo que es la vida cristiana. A veces pensamos que cuando estamos en malos momentos somos fieles al Señor y cuando estamos en las buenas nos cuesta más acercarnos a Dios. Es verdad que nos cuesta menos acercarnos a Dios cuando andamos en las malas, pero eso es también propio de un buen hijo: un buen hijo, cuando anda en las malas se acerca a su padre.
    Entonces tengamos en claro que en los tiempos propicios, los tiempos lindos, somos fieles gozando plenamente, disfrutando de la vida, de la misericordia de Dios, de los vínculos, de un paisaje. Este verbo: ‘disfrutar’ también se ha ido desvirtuando hacia el hedonismo, pero debemos tomarlo en su verdadero significado.
    San Ignacio tiene el interés de definir la indiferencia filosóficamente, porque le interesa la persona. Por eso habla de ‘hacerse’ indiferente. La define existencialmente, encarnada en la persona. El habla del hombre indiferente, el hombre disponible. Y esa disponibilidad es condición necesaria para poder elegir.

GL: Todo esto gira en torno al descubrimiento de la voluntad de Dios, es decir, a Otro que me va a revelar cual es mi misión, o qué es lo que quiere de mí, lo cual no siempre es fácil descubrir. En orden a esa voluntad, cuando la encontramos, estamos a veces renunciando a cosas deseadas. Dos o tres elementos para descubrir esa voluntad de Dios o para acercarme a ese proceso de discernimiento. Todo esto toma sentido cuando gira en torno a otro que me va a pedir algo o que me va a comunicar una misión, o me va a mostrar un camino, y en ese sentido, yo renuncio a algunas cosas en pos de un bien mayor.

AR: uno de los signos que tenemos para discernir es el evangelio, la oración. Se dice que discernir es bajar el Evangelio a la vida, y ver si coincide o va de contramano.
Pero también interiormente, las cosas que son de Dios, lo que es voluntad de Dios, pacifica, alegra, nos lleva a dar gracias, es inclusiva: nos lleva a abrir el corazón a los demás. Todos esos son signos de cosas que son de Dios.
    Las cosas que no provienen de Dios tienden a entristecer, a turbar, inquietar, a hacer que nos encerremos en nosotros mismos y no contemos las cosas, traen temor, angustia.
    Por tanto, estas primeras cosas que mencionamos, y que San Ignacio llama “consolaciones” son las que nos hacen intuir esa voluntad de Dios: es el modo como Dios va serenando el alma frente a ciertas opciones. La alegría interior que sentimos después de haber hecho un buen gesto es signo que discernimos bien al hacer ese gesto. Y esta alegría es una especie de recompensa, una satisfacción que indica que lo que hicimos es bueno, valía la pena, ayudó.
    Cuando hacemos alguna macana, por el contrario, aunque en el momento la disfrutemos, luego no nos queda la gratificación, el corazón queda insatisfecho, vacío. Nos queda la culpa. Todo pecado tiene su ‘gustito’. El único que ni gustito tiene es la envidia, porque en la envidia se sufre desde el comienzo, porque es la alegría que esté mal el que amo, lo cual es humillante, la envidia es la tristeza por el triunfo de los que quiero.

GL: Si pensamos que lo espontáneo está quizá muy ligado a lo instintivo, y que tenemos una tendencia espontánea al poder, al prestigio, al afecto, a disfrutar de los bienes de la vida, al descanso, podemos pensar que esta tendencia instintiva es un ‘salvaguarda’, un motor importante con que la naturaleza cuenta para que el hombre busque  o se dirija hacia los bienes que garantizan su existencia. En definitiva, esto tiene que ver con el instinto de sobrevivencia. ¿No será también patológico mantenerse en un estado intermedio, es decir, no darle toda la fuerza necesaria que tiene el deseo como motor, para ir mas allá del caos de la vida, más allá de las adversidades de la vida y alcanzar nuestros objetivos? El deseo es un motor muy fuerte y que a veces me lleva incluso a sobrepasar barreras increíblemente difíciles.

AR: Ese ‘estar al medio’ no es la apatía, el no deseo, el ‘me da lo mismo’.
    Y además, el discernimiento que Dios pide no es entre lo bueno y lo malo. No es un discernimiento moral entre bueno y malo. Es entre dos cosas buenas, lo cual a veces se hace más difícil. Por ejemplo: no discernimos qué quiere Dios entre perdonar o matar al vecino (en ese caso, mas vale pido paciencia para no reventarlo). Eso ya lo sabemos. Discernimos entre ‘lo bueno’ y ‘lo mejor’ entendiendo esto último como aquello que Dios quiere para mí. Capaz que para otro, lo mejor es justo aquello de lo que yo debo despojarme. Aquel que siente la inclinación hacia el sacerdocio, discierne que Dios le pide que deje a su familia. Pero la persona abandona a su familia sin cortar por eso el amor hacia ella. No deja de ser un despojo. En la elección siempre algo hay que dejar. Aquel que siente como vocación el matrimonio se está despojando de la opción del sacerdocio. Son opciones, y las dos son objetivamente buenas.
    En el discernimiento, la inclinación, el deseo, lo que me gusta, suele ser un primer signo de discernimiento y no hay por qué contradecirlo. El gusto y los deseos también son obra de Dios y no inventos nuestros. Pero debemos estar dispuestos, saber escuchar otra voz, la de Dios, si es que me pide otra cosa. A veces son cosas que tengo que decidir, otras veces son cosas que tengo que aceptar –como por ejemplo cuando la vida nos impone un sufrimiento, esto que contraría nuestra naturaleza que siempre se inclina al gozo-.
    Por otro lado, cuando uno elige –lo cual supone dejar algo-, lo hace por una cosa que también ama. Uno elige la voluntad de Dios, por tanto está muy unido al cariño del Señor. Lo único que puede llevarnos a la disponibilidad, es decir, a la indiferencia activa, es poner nuestro tesoro en el cielo, sentirnos personalmente llamados y atraidos por Cristo hacia su seguimiento. Es una dinámica de amor. Quien no se sabe amado por Dios, quien no sabe amar así al prójimo, quien no ha experimentado el gozo de dar y darse por amor, nunca podrá entender a Dios Amor ni aceptar sus exigencias amorosas radicales, ni sospechar el auténtico sentido y gozo del sacrificio por lo que se deja. Para poder estar disponible a la voluntad de Dios es indispensable nuestro cariño hacia El. Tanto en la elección de vida, como dentro del camino elegido la elección de ciertas cosas, ciertos despojos, ciertas decisiones, “es necesario el conocimiento interno del Señor, para que conociéndolo lo ame, y amándolo lo siga y lo sirva” –decía San Ignacio. El saberme amado me facilita la disposición. Disponerme para quien me ama es sencillo –lo cual no le quita virtud-. Es más difícil estar dispuesto frente a quien no me ama, frente a un enemigo.
    Conocer el amor que Dios nos tiene y a su vez amarlo, estar lo más cerquita posible de El, es lo que nos va a permitir reconocer el caminito por el cual Dios nos va llevando.

GL: ¿Qué cosas nos quitan disponibilidad?

AR: San Ignacio llama a esto las “afecciones desordenadas”, que no son necesariamente pecados, pero nos quitan la libertad. Son como tendencias que nos apartan de la voluntad de Dios. Inclinaciones espontáneas de la naturaleza que impiden al hombre la inclinación espontánea a la voluntad de Dios, que es donde el hombre alcanza la plenitud de su libertad. Tenemos un ejemplo de estas afecciones desordenadas en el Evangelio, en la narración del joven rico que se acerca a Jesús. El no se da cuenta de que está apegado a las riquezas. Jesús lo que hace es ponerlas a la luz. El era honesto, pero Jesús le desequilibró la balanza, y se fue entristecido porque hay algo que no cerró en su corazón.
    Las afecciones desordenadas son apegos ‘pasados de rosca’ hacia las cosas, o hacia mi mismo, o hacia la fama, o hacia lo que piensan de mi, es decir, aquello que no termino de soltar y nos impide estar dispuestos a ver y aceptar la voluntad de Dios. Estemos atados a eso con un hilito o con una cadena, da lo mismo. Será más facil cortar el hilo, pero mientras no lo cortemos no podremos volar. A veces nos pasa que rompemos cadenas, pero quedamos apegados con hilitos a ciertas cosas. En esos apegos, el hombre experimenta como una escisión interior por la cual se siente fuertemente atraído hacia algo concreto que contradice o impide la respuesta total y positiva para Dios. Hay una especie de tironeo en nuestro interior. Por eso San Ignacio dice que “nos vamos haciendo” indiferentes, es decir, “nos vamos despojando” de las afecciones desordenadas a medida que vamos caminando, con humildad y pidiendo esa gracia. A veces la vida misma nos va enseñando a mantener distancia de las cosas. El tiempo es mensajero divino: va dando claves.

GL: Por eso es tan grave cuando actualmente se induce a las nuevas generaciones a prescindir de la experiencia de las anteriores. Esto implica un distanciamiento y un retroceso muy serio de la cultura y la sociedad, Porque no hay posibilidad de que la generación transfiera toda esa experiencia a la que sigue. Recibiendo ese intercambio se podría ahorrar sufrimiento. Y eso es preocupante.

Participan los oyentes:
-    Soy lesbiana, pero quiero ante todo ser fiel a Dios. Me dijo mi guía espiritual que debo aceptarlo, pero ¿qué sería aceptarlo? No sé qué hacer para tener la paz que da esta ‘indiferencia’ de la que habla.
AR: Lo primero es no negar su condición. Para poder luchar y caminar primero hay que reconocer la realidad y ponerle nombre. A partir de allí, uno decide qué quiere hacer con esta realidad. Es algo que puede pasar en cualquier realidad, por ejemplo, en quien está casada y se enamoró de otro. Acá tendrá que decidir si ‘dar rienda suelta’ a la inclinación o siente que Dios le pide una vida entregada. Habrá que sacrificarse como en tantas otras situaciones. Por supuesto, es un sacrificio costoso, es cruz, pero algunos la intentan, y no hay que sufrir por las ‘¡patinadas’ que puedan acontecer. Dios no toma en cuenta eso, sino mi opción y mi lucha para lograrla. Hay renuncias que humanamente son verdaderos desgarrones, pero pacifican el corazón, y eso no lo cambiamos por nada, no tiene precio

-    Me cuesta terriblemente hacer la oración de “Padre, me pongo en tus manos” porque no me siento dispuesta.
AR: a veces uno en la oración lo que tiene que decirle al Señor es justamente que no se anima a seguir diciéndole nada, hasta que juntemos fuerzas. Hace bien esa sinceridad. Seguramente el Señor escuchará la humildad de su oración, que puede ser imperfecta, porque se queda a mitad de camino al no animarse a abandonarse del todo, pero eso es como pedirle al Señor esa gracia que le hace falta, y quizá en un tiempo poder completar la oración y darnos cuenta de que Dios no nos esperaba para lo difícil sino para cosas lindas. Y si nos pide cosas difíciles, es porque tenemos la fuerza suficiente para poder vivirlo. Hay dos experiencias interiores: una es que Dios ¿da?, y otra que Dios ‘permite’. Da la consolación, permite la desolación, donde el alma pasa por la prueba. Por eso decimos que Dios ‘nos va haciendo’ indiferentes: es un camino que tal vez dura toda la vida

-    Tuve una educación religiosa muy rígida. Eso me alejó de la Iglesia, pero sigo teniendo cierta inclinación a todo lo que sea trascendental. Justamente sabiendo de esa inclinación, una amiga me invitó a una reunión donde se hablaba de ángeles, de seres iluminados, nos hicieron estar en silencio, luego nos dieron unas afirmaciones para hacer una vez a la semana que tiene que ver con guías espirituales, con algo que yo mucho no entiendo, y que no tiene que ver mucho con lo que yo recibí como formación. Yo empecé a hacer eso en esta semana, pero tengo un poco de miedo
GL: ¿por qué querés hacer algo que te da miedo?
-    Porque siempre estuve como muy cerrada, y esa persona me dijo ‘vas a ver aue un montón de cosas que vos estabas pidiendo no se te daban y a partir de esto vas a descubrir…’. Cada vez que hago esto,  por ese miedo, primero hago una oración en nombre de Jesús y de María que es quien realmente confío
AR: Digamos que ‘me la olfateo mal’. Lo positivo puede ser el rezar, pero da mas la impresión de cosa esotérica, elementos medio confusos. Quizá el consejo sea, ya que volvés a la oración, volvé a la Palabrada Dios, a lo que hacías cuando rezar te daba tranquilidad, sin sentirte todavía obligada, tal vez una misa no te vendría  mal, pero buscá dentro de lo tuyo, dentro de lo que alguna vez te hizo bien. Ese miedo que sentís creo que es casi ‘preventivo’ de que allí hay algo que no va y que te puede ir enredando en criterios o espiritualidades que a veces son desencarnadas, es decir, no rezás con los pies sobre la tierra. Ese miedo es distinto a lo que llamamos ‘temor de Dios’, y que es esa experiencia abrumadora del amor y la misericordia, y la luz que da la presencia divina y la pequeñez de uno. Después nos pueden surgir temores al sufrimiento , al despojo, pero no son los mismos miedos que estás sintiendo en este momento.

-    Aquellos que buscan en el primer mundo un sistema que humanamente les responda, en alguna medida, ¿no son ‘retornadores a Egipto’? Cuando el sistema funciona, el ser humano responde y es fiable, tendemos naturalmente casi a alejarnos de la presencia de Dios en nuestras vidas porque nos parece casi innecesaria. En cambio en nuestra sociedad, en donde el ser humano falla bastante, casi estamos obligados a vivir cerca de Dios.
AR: Yo no dejaría esto circunscripto al primer mundo. Ciertamente eso nos pasa a nosotros también sin estar en el primer mundo. Cuando todas las necesidades están cubiertas, es posible no que se pierda pero sí que se debilite la nostalgia de Dios. Surgen los ídolos como el dinero, la salud, etc. Es lo que llamamos ‘afecciones desordenadas’, porque son felicidades de corto alcance y que además no plenifican. Pero en los momentos difíciles el alma se acerca de nuevo. Y a todos nos sucede también que cuando lo que parecía seguro se desmorona, uno vuelve a las cosas trascendentales porque se da cuenta que las otras son de corto alcance.
GL: Y esto es bíblico. También los profetas viven denunciando esto cuando una y otra vez el Pueblo de Dios se aleja de El, detrás de los ídolos

-    Hace poco falleció mi papá y también mi hijo. A partir de ahí yo no entiendo muy bien cómo entender la voluntad de Dios. Siento confusión cuando la voluntad de Dios es contraria a lo que yo desearía
AR: Quizá esta voluntad de Dios, que es también ley de vida, contraría lo que sentimos y sentimos cierta sana rebeldía. Hay también un ‘derecho al pataleo’, pero Dios no nos prometió que íbamos a tener a nuestros seres queridos eternamente. De a poquito hay que animarse a rezar, volver a buscar el consuelo en el Señor en las imágenes que me ayudan que podría ser por ejemplo la del Buen Pastor, la del Padre que espera al hijo pródigo. Hay una natural mezcla de lo que naturalmente sentimos: la desolación de la ausencia corporal, con lo espiritual. En este caso, la disponibilidad es entregarlo, porque ya está dado. Terminar de decirle al señor, en el corazón, que aunque no lo entiendas, será lo mejor para su alma, y también para la nuestra aunque no lo entendamos en este momento. Hay que dejar que el tiempo vaya curando, y no apichonarse y sentir que Dios no nos quiere o no está cerca nuestro. Que yo no lo sienta, no significa que no me esté cuidando. San Ignacio decía que en tiempos de desolación es como que quedamos abandonados a nuestras fuerzas naturales, y no sentimos la consolación del Señor. Pero tenemos que renovar la esperanza de que vamos a volver a sentir paz en el corazón porque Dios nunca deja de cuidarnos.

-    Me he enterado que mi hijo es homosexual y sufre al decirlo, porque también sus amigos lo dejan de lado. Necesito ayuda, una orientación espiritual en cuanto a esto para saber cómo actuar y ayudarlo. Estamos desesperados con mi marido

GL: Hay un lugar para el impacto que este tipo de hechos produce, con una mirada cristiana. En el Hospital de Clínica funcionaba hasta hace dos años un grupo guiado por la Dra. Spontón que ayudaba a familiares de homosexuales
AR: Creo que por encima del shock que esto produce, no desesperarse. Es importante acercarse y hacerle ver que el hecho de haberlo compartido, el hablarlo es muy importante. Cercanía afectiva y efectiva. Y además que no advierta que por haberlo dicho se lo quiera menos, sino todo lo contrario: que sienta que el cariño de los padres es incondicional, y que en la medida que él lo acepte se puede buscar una ayuda. Con desesperarnos no ganamos nada, sino que nos enredamos más. También puede ser bueno acercarse a un sacerdote para que de alguna manera ‘apadrine’ y ayude a que el hijo vaya haciendo un proceso sano, que nuestra reacción no lo bloquee, no le agregue más sufrimiento del que ya tiene, no le cierre los caminos sino que sienta que le abrimos puertas para que se deja ayudar. El tiene que sentir que valió la pena haberlo dicho

AR: Para terminar, se me ocurrían dos textos para entender esto que decíamos de la disponibilidad y de poder quitar estas afecciones desordenadas. Eloy Leclerc, simboliza cuando Francisco de Asi al final de sus días va al monte a rezar para ver qué quiere Dios de los franciscanos y el hermano Leoncio lo vigila de lejos porque tiene miedo que en la soledad y tanto sufrimiento se vuelva loco. Una mañana se preocupa al ver quie Francisco está encendiendo fuego. Se acerca y ve que Francisco está quemando una cesta de mimbre. Le pregunta por qué lo hce, y él responde que estaba tan linda que lo distraía de su oración. El hermano le dice que ésta, él lqa había hecho para otro hermano. El le responde:’ le voy a hacer otra. Esta era necesario quemarla’ porque en definitiva se da cuenta que se ha enamorado de su propia obra, y eso le quita la cercanía al Señor. Y agrega Francisco “cada vez que el hombre se enamora de su propia obra al punto de olvidarse de adorar al Dios viviente y verdadero, es preciso bregar para no dejar apagar en nosotros el espíritu de oración. Quemar un cesto de mimbre no es nada, pero despegarse de la obra de toda una vida es algo muy distinto. Ese renunciamiento está por encima de las fuerzas humanas. Para seguir un llamamiento de Dios el hombre se da a fondo a una obra, lo hace apasionadamente y con entusiasmo. Eso es bueno y necesario. Solo el entusiasmo es creador. Pero crear algo es también marcarlo con su sello, hacerlo suyo inevitablemente. El servidor de Dios corre entonces su mayor peligro: que esta obra que ha hecho, en la medida en que él se apega se hace para él centro del mundo, y le pone en un estado de indisponibilidad radical. Será preciso un romperse para arrancarle de ella. Gracias a Dios, este rompimiento puede producirse pero los medios providenciales puestos entonces en marcha a veces son difíciles. La incomprensión, la contradicción, el sufrimiento, el fracaso, y a veces hasta el pecado mismo, Dios lo permite.”

    El otro ejemplo es el que Madeleine del Break (es una laica consagrada después de la guerra)el ejemplo del bailarín, en el libro “Nosotros, gente común y corriente”: “si estuviéramos contentos de Ti, Señor, no nos podríamos resistir a esta necesidad de bailar que desborda el mundo, y llegaríamos a adivinar qué danza es la que te gusta hacernos danzar siguiendo los pasos de tu providencia. Para ser buen bailarín contigo, como con cualquier otro no es preciso saber a dónde nos lleva el baile. Solo seguir, ser alegre, ser ligero, y sobre todo no mostrarse rígido, no pedir explicaciones de los pasos que te gusta dar. Hay que ser como una prolongación ágil y viva de sí mismo y recibir de Ti la transmisión del ritmo de la orquesta. No hay por qué querer avanzar a toda costa, sino aceptar el dar la vuelta y danzar de lado, saber detenerse y deslizarse en vez de caminar, y esto no serían más que pasos inbéciles si la música no formara una armonía. Pero olvidamos la música de tu espíritu y hacemos de nuestra vida un ejercicio de gimnasia. Olvidamos que en tus brazos se danza, que tu santa voluntad es de una fantasía inconcebible y que no es monotonía y aburrimiento, salvo para las viejas almas que hacen de inmóvil decorado en el alegre baile de tu amor. Señor: enséñanos el puesto que en este romance eterno iniciado entre Tu y nosotros debe tener el baile singular de nuestra docilidad. Haznos vivir nuestra vida no como un juego de ajedrez en el que todo se calcula, no como un partido en el que todo es difícil, no como un teorema que nos rompe la cabeza, sino como una fiesta sin fin donde se renueva el encuentro contigo como un baile, como una danza entre los brazos de tu gracia con la música universal del amor. Señor: ven a invitarnos.”

Esta es una hermosa imagen de obediencia, de disponibilidad a la voluntad de Dios en sus brazos, como el que guía el baile de nuestra vida. Hay una música del Espíritu que no es ir para cualquier lado

GL: Gracias padre Angel, por enseñarnos a bailar.

AR: Que Dios bendiga a cada uno en su propio baile
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La Santa Indiferencia (II Parte)
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