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20 de abril de 2014 20:27 horas Programa Actual: Misa
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Misericordia quiero y no sacrificio

En aquel tiempo, Jesús atravesaba unos sembrados y era un día sábado.  Como sus discípulos sintieron hambre, comenzaron a arrancar y a comer las espigas. Al ver esto, los fariseos le dijeron:  "Mira que tus discípulos hacen lo que no está permitido en sábado".  Pero él les respondió:  "¿No han leído lo que hizo David, cuando él y sus compañeros tuvieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios y comieron los panes de la ofrenda, que no les estaba permitido comer ni a él ni a sus compañeros, sino solamente a los sacerdotes?.  ¿Y no han leído también en la Ley, que los sacerdotes, en el Templo, violan el descanso del sábado, sin incurrir en falta?.  Ahora bien, yo les digo que aquí hay alguien más grande que el Templo.  Si hubieran comprendido lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios, no condenarían a los inocentes.  Porque el Hijo del hombre es dueño del sábado".

Mateo 12,1-8.

Partiendo de este pasaje en el que Jesús expresa la frase del profeta Oseas, misericordia quiero y no sacrificios, se puede llegar a rechazar todo sacrificio y ascetismo, que es la entrega y la ofrenda de la vida cuando ésta resulta dolorosa. En otro tiempo se consideraba que el sacrificio tenía valor por el sacrificio mismo. Ahora pareciera que lo único válido es el placer. Ni una cosa ni la otra. Ni el placer tiene valor absoluto ni el darse manija con el dolor permite vivir saludablemente.

Del paso del texto de Oseas al de Jesús hay un profundo cambio, porque Jesús le da un sentido nuevo. En Oseas la expresión se refiere al hombre, a lo que Dios quiere de él. Dios quiere amor y reconocimiento, no sacrificios exteriores ni holocaustos de animales. En labios de Jesús, la expresión se refiere a Dios: el amor del que se habla no es el que Dios nos pide sino el que Dios nos da. Misericordia y no sacrificios significa: quiero ser misericordioso, no vengo a condenar. Su equivalente bíblico lo leemos en Ezequiel: no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.

Dios no nos quiere condenar; nos quiere rescatar, salvar. Dios no quiere el sacrificio a toda costa, como si disfrutara viéndonos sufrir. Tampoco quiere sacrificios realizados para alegar derechos y méritos delante de Él, como si el que se sacrifica mejor alcanzara por merecimiento lo que buscaba. O un mal entendido sentido del deber: hay que hacer lo que está mandado porque Dios así lo dice, cueste lo que cueste, sin discernir demasiado si Dios así lo está pidiendo en ese momento, como si fuera un mandato de deber ser y no presencia de amor.

Yo quiero ser misericordioso, dice la Palabra. Pablo nos exhora a hacer de toda nuestra vida una entrega sacrificial santa y agradable a Dios. El sacrificio sin sentido es masoquismo. Las dos cosas deben ir juntas para ser buenas: misericordia y sacrificio. Amor de misericordia que hace que nos sacrifiquemos por los demás, que nos entreguemos más a Dios sin olvidarnos de nosotros mismos.

Un corazón contrito y humillado

El don de la misericordia viene derramado en quien recibe a Dios con un corazón contrito y humillado. ¿Qué es la contrición del corazón por la gracia de la misericordia, y qué es la humildad? Desde una espiritualidad deformada nos representamos a la humildad y la contrición como fruto de un esfuerzo que nace de un arrepentimiento por el mal cometido, acompañado por la culpa de haber faltado a lo que estaba mandado.

Esta perspectiva culposa de la contrición y la supuesta humildad no es a la que nos invita la Palabra cuando habla de corazón contrito y humilde. La verdadera contrición y humildad nacen de un quebranto del corazón, fruto de una manifestación de la grandeza de Dios, que pone en evidencia nuestra pequeñez y pobreza.

Es la grandeza de Dios derramada sobre su pueblo la que genera en el hombre contrición y humildad. Tenemos muchos ejemplo de estos, como Pedro, cuando en la pesca milagrosa se ve desbordado por la misericordia de Dios. La intervención prodigiosa de Jesús le viene a revelar su pobreza y lo baja del pedestal de vreerse el mejor. Por eso exclama: ¡apártate de mí, Señor, soy un pecador!La humildad no es tanto una virtud moral sino más bien teológica.

El salmo 51, por ejemplo, fue escrito por David luego que Natán le hubiera revelado el amor misericordioso de Dios y hubiera puesto de manifiesto la miseria con la que él había actuado al mandar a matar a Urías, el hitita, para qedarse con su mujer. Así, el gran rey David descubre su condición de miserable, cuando Dios, a través del profeta, le revela su mala conducta, con la delicadeza propia con la que Dios muestra lo que no está bien, dejando un dulce dolor que nos permite salir de donde estamos embarrados.

La contrición nos potencia a salir y rechazar lo que hicimos, habiéndolo asumido, no negándolo, cuando el corazón queda librado a la presencia de Dios que se acerca al ver nuestra pobreza y fragilidad. Jesús tiene particular amor por los pecadores. De hecho, se sienta en su mesa. Jesús quiere poner luz y claridad para comenzar a limpiar la vida. Así sucede con Zaqueo, al igua que las personas de la actualidad, que tras haber sido coimeros, traficantes de todo tipo, se detienen un momento en su vida y dicen “así no puedo seguir”, y Dios entra a su vida y lo invita a la conversión. Si lo dejan entrar, de esa mugre Dios saca brillo.

Cuando el corazón humano se cansa de sí mismo y de repente Dios viene a su encuentro para revelarle el amor que tiene por el hombre, más allá de cómo el hombre está, se produce un rompimiento del corazón y ante la grandeza de Dios aparece, desde lo más profundo de nosotros, lo mejor que tenemos para dar. La contrición y la humildad como fruto de la grandeza de Dios que rompe el corazón endurecido, permite que desde adentro aparezca lo que estaba escondido. Un corazón roto, humilde y contrito, aceptándose como es en la presencia de Dios, trae el mejor fruto.

Jesús quiere lo que está adentro, no cosas externas. Por eso dice misericordia y no sacrificios.

La verdadera caridad nos cambia la mentalidad

Jesús nos conduce a una transformación de vida, a una metanoia, esto es una conversión, un cambio desde lo profundo, de raíz, de corazón, de centralidad de vida. No es un cambio cualquiera el que busca el Señor, es como un trasplante de corazón, por eso dice el Señor les voy a arrancar el corazón de piedra y les voy a dar un corazón de carne. Dios toma la iniciativa y sabe lo que le pertenece: tu corazón tiene dueño, Dios. Por momentos Dios te suelta, como para que reflexiones y pegues la vuelta por tu propia decisión. Y otras veces te toma fuerte de la mano y te rescata, te arranca del lugar donde estás perdido y sin sentido, para devolverte la vida. Él viene a establecer un pacto de amor con nosotros, no quiere que nadie se pierda.

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