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23 de julio de 2014 17:06 horas Programa Actual: Donde Quiero Estar
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Contenido de Catequesis
Transfiguración de Jesús

Seis días después Jesús tomó consigo solamente a Pedro, a Santiago y a Juan.  Los llevó consigo a una montaña muy alta, y se transfiguró en presencia de ellos.  Sus vestidos se volvieron de una blancura deslumbrante, como nadie en el mundo podría blanquearlos.  Se les aparecieron también Elías y Moisés, que conversaban con Jesús.  Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús:  “Maestro, ¡qué bien estamos aquí!.  Hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías”.  Estaba tan asustado, que no sabía lo que decía.  Vino entonces una nube, que los cubrió.  Se oyó una voz en el cielo:  “Este es mi Hijo amado.  Escúchenlo”.

De pronto, cuando miraron a su alrededor vieron sólo a Jesús con ellos.  Al bajar de la montaña, les encargó severamente que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre hubiera resucitado de entre los muertos.  Ellos guardaron el secreto, pero discutían entre sí sobre qué podía significar aquello de resucitar de entre los muertos.

Marcos 9, 2 - 10

Hace algunos días compartíamos una enseñanza del padre Van Thuan, “El gozo de la esperanza”, y con la cual quiero dar comienzo a nuestro encuentro.

Dice “creo que hay que buscar algo sencillo para nuestra santidad”. Ya esta sola expresión del cardenal Van Thuan, que a mi llena de paz y me anima muchísimo, creo que es un camino. Porque Dios, cuando va entrando en el corazón del hombre, cuando nos vamos haciendo amigos, cuando el corazón humano se va dejando cautivar y seducir por Dios, se va también allanando y simplificando.

Se cumple lo que dice el profeta Isaías, que usamos sobre todo en el tiempo de Adviento, “allanar los valles, cortar lo elevado, emparejar la cosa”, como diría el profeta. Se va simplificando, se va poniendo sencillo el corazón del hombre.

Creo, entonces, que hay que buscar. Esto es lo importante. En el camino de la fe tenemos que estar siempre en esta actitud de búsqueda. No es un negocio, no es una búsqueda para nosotros. Sino, digamos, más que para nosotros es una búsqueda para que Dios pueda realizar en nosotros, aquello que está proyectado desde toda la eternidad.

No una búsqueda para hacer nosotros, porque nosotros tenemos algo importante que hacer. Que es justamente la búsqueda. Que implica una disponibilidad, que implica una buena voluntad, y una intencionalidad clara de nuestra parte y una entrega generosa cada día. Pero esa búsqueda es para que se realice el proyecto de Dios.

Creo que hay que buscar. Y buscar algo sencillo, como es el Señor, para nuestra santidad. Eso quiere decir que todos estamos llamados a la santidad. Toda persona. Bueno, pero si no es bautizado, no es católico, no pasó por la catequesis, estarán llamados a la santidad? Todos, todos. Dios ha querido que todos los hombres alcancen la Salvación. Eso es lo que dice el apóstol San Pablo.

Dios quiere que todos, nadie debe quedar fuera del proyecto del Padre. Nadie queda fuera del proyecto del Padre. El Padre elige y ama a toda persona. No hay existencia humana en este llamado a una búsqueda y a un encuentro con el Señor. En la fe católica lo hacemos de una manera. Otros tienen otros caminos para encontrar a Dios. Y esto hay que saberlo y hay que respetarlo. Porque este es el designio del Padre, que permite también las maneras de ser buscado a lo largo de la historia. Qué bueno esto!

Me da mucha paz esto. Saber que todo corazón está llamado a buscar. Y yo daría un paso más. Diría que toda búsqueda del corazón humano, sea que busque a Dios o que busque otras cosas, sea que esté interesado por funciones humanas, por placer, por poder, que tiene profunda necesidad de ser exitoso, y que está enloquecido y desesperado por ganar, por triunfar en la vida… aunque ignore y desconozca a Dios, su naturaleza está preparada para que en todo lo que busca siempre busque a Dios.

Creo que hay que buscar algo sencillo para nuestra santidad, dice Van Thuan, en nuestra vida de bautizados tenemos un tesoro muy rico e importante. ¿Cuál es ese tesoro tan rico e importante, pero que no sabemos apreciar de modo conveniente? Él dice, “el momento presente”.

¿Cómo estoy con lo concreto de mi vida? ¿En el momento presente?

Hace poco hablábamos de la muerte, y conversábamos justamente porque había fallecido una gran amiga, la madre Norma, de las claretianas en Córdoba. Ese mismo día, a la mañana temprano, a la misma hora, a la una de la madrugada del día 31 de julio, había fallecido también la superiora de las hermanas clarisas, la madre María Teresa. Una santa mujer que formó la comunidad de las clarisas, acá en la ciudad de Florida (Uruguay). Yo tuve la gracia, realmente la gracia de poder celebrar la Eucaristía esa mañana, con su cuerpo presente, ya fallecida, con las hermanas que lloraban cariñosamente la partida de su superiora. Me impresionó mucho ese gesto.

Hablábamos de la muerte porque alguien preguntaba, recordábamos aquella anécdota, que creo se atribuye a Domingo Savio, que en una oportunidad jugaban los adolescentes y alguien pregunta, “- Che, ¿qué harías vos si te toca morirte ahora? Y uno dice: - Uy yo me voy corriendo a confesarme si me entero que me voy a morir, porque tengo que arreglar algunos asuntos, no? Y Domingo Savio dijo: - Yo seguiría haciendo lo que estoy haciendo.” Quiero asociar esto a la expresión “el momento presente”.

Y también unir a esta expresión aquella expresión que nos dejara el gran Juan Pablo II, el querido, el añorado, el amado papa, al que todos, aún los no creyentes sentimos vivos y muy cerca de nosotros. Cuando escribió aquella carta al término del segundo milenio y al comienzo del tercer milenio “Vivir el pasado con agradecimiento. Vivir el presente con pasión. Y vivir el futuro con esperanza.” Ese vivir el presente con pasión.

Qué lindo unir estas expresiones. Un poco la fiesta de la Transfiguración. A la luz del misterio de Cristo, que se nos manifiesta en su Divinidad, ver cómo estamos viviendo lo importante del momento presente. Este día de hoy. El trabajo de hoy. La jornada de hoy. El servicio, la oración de hoy. El trato, la convivencia, el diálogo de hoy. El orden de mis cosas en el día de hoy. Cómo voy a lavar, cómo voy a planchar en el día de hoy. Cómo voy a cocinar hoy. Cómo voy a hacer el trabajo de mi oficina hoy. Cómo voy a agarrar la pala. Cómo voy a manejar el auto. Cómo voy a estar llevando el transporte de servicio. Cómo voy a estar educando en la jornada de hoy.

Y digo, porque muchos se preguntan, ¿cómo estaré preparado para el momento de la muerte? Y a mi se me ocurría decir, muy sencillo pero muy concreto, “y bueno, estarás preparado como lo estás en este momento”.

La palabra del apóstol nos dice también, “ni el oído oyó, ni el ojo vio, ni vino a la mente del hombre lo que Dios tiene preparado para aquellos que lo aman.”

A veces me pregunto ¿para qué vivo? ¿Qué sentido tiene el esfuerzo de hoy? El dolor de hoy? A veces me pregunto ¿por qué hoy estoy angustiado? Mejor dicho ¿para qué estoy angustiado? ¿Por qué estoy tan contento hoy? ¿Cuál es la razón profunda de mi alegría? ¿Cuáles son los motivos de mi dolor?

Recordábamos también una expresión de un obispo de Argentina, el obispo que me ordenó a mí de sacerdote. Él decía, quien no tiene una razón para morir no tiene una razón para vivir. Me parece tan significativa la expresión.

¿Cuáles son las razones de nuestra vida? Qué lindo es remontarse hasta Dios. O que Dios nos remonte hasta Él. Pero que interesante es ver que Dios nos aterriza rápido. Y cuando nos llama a lo más grande, que es el amor, para que no nos volemos, nos prende a la historia con ese alfiler. Nos ata a la historia con ese mandato “amarás a Dios con todas las cosas, pero amarás al prójimo como a ti mismo.” Siempre me impresionó ese realismo de la fe.

Pensar que aquellos que tienen una mirada crítica sobre la fe, o sea una concepción humana e intelectual de la fe, y que sólo la pueden ver desde afuera, porque no la pueden vivir. Porque no la tienen, es una Gracia, un regalo gratuito. Y el Señor se lo da a quien quiere, no hay derechos sobre la fe. Sólo hay una actitud de gratuidad para quien la recibe y, por lo tanto, una deuda incalculable.

Por eso recibir el llamado al encuentro con Dios, es recibir el llamado a un compromiso muy grande de servicio y de entrega. De alegría y de esperanza.

No podemos vivir ¿por qué hoy estoy triste? O ¿por qué hoy estoy demasiado contento? Quizá solo porque saqué una quiniela, jajaja… o porque hoy se cumplió algo.

Hoy, más allá de que son lícitas muchas de las alegrías humanas, más allá de que es necesario saber alegrarse con lo humano, con las cosas buenas y bellas, digo, ¿queda allí mi alegría? O me animo a proyectar mi alegría a un sentido más profundo de la vida.

¿Te das cuenta que la fe tiene como dos polos importantes? Te abre a dos realidades muy concretas. Primero viene de Dios, y te abre a Dios. Segundo, cuando te enganchás con Dios, inmediatamente viene el mandato “vayan y evangelicen”, “amen a su prójimo como a ustedes mismos”, “si te piden el manto, dale también la túnica”, “a quien te pegue en la mejilla, ponle también la otra”. Siempre te ata a la historia. Te ata al prójimo.

La relación con Dios te involucra de una manera muy concreta, creer es necesariamente relacionarse, aceptar, cargar cruces, servir, escuchar, y estar dispuesto para con el hermano.

El Señor va caminando y con Él caminan sus discípulos. Siempre es así. La fe es eso. Caminar detrás de Jesús, en Jesús, y conducidos por Él. Él va adelante, va poniéndole el pecho a todo lo que nos corresponde asumir. No haciéndose cargo solo, sino tomando como suyo lo nuestro, y nos invita también a confiar en Él. Para que lo que nos toca hacer, lo podamos hacer según el plan de Dios. Y esto es absoluto. Nada podemos hacer sin el Señor.

Los discípulos van caminando. Jesús sana al ciego, en Betsaida, dice la Palabra, va contando el texto de Marcos, si uno va haciendo un poco una mirada sobre las páginas del Evangelio. Se encuentra con la mujer pagana, esa que le dice que los cachorros comen las migajas que caen de la mesa de los señores, y Jesús queda admirado de la fe, que Él mismo había sembrado en ella. Se abre Jesús, el reino, a los paganos. Los judíos estaban escandalizados y no entendían el comportamiento de Dios.

Sana un sordomudo, luego viene la multiplicación de los panes. Cuando el Señor los pone en ese brete a los discípulos, que les dice “bueno, háganse cargo ustedes”. Una tremenda multitud con dos pescados y cinco panes, ¿qué iban a hacer para todo eso? Pero es lo que hay. Bueno, tráiganlos aquí, dice el Señor, y hace la multiplicación de los panes. Todos comen hasta saciarse. Son los signos.

Y el signo de que el proceder de Dios siempre se manifiesta en la desproporción. Es un tema constante en la Palabra. En la experiencia de los discípulos, y en el fondo, en la experiencia tuya y mía. No nos damos cuenta de que la desproporción es algo natural en el plan de Dios. Y nos asustamos cuando nos superan las cosas.

Tengo mala memoria, tengo amnesia, me olvido a cada rato de que el estilo cristiano es de siempre desproporcionado. Que Dios siempre pide, injustamente lo que no podemos dar. ¿Dónde está la justicia de Dios, si pide lo que no puedo dar? Quizá en comprender que, tengo que ser yo justo. Y no continuar siendo injusto sólo confiando en mí. Aprendiendo a confiar en Él.

El Señor hace los signos de su presencia del reino. Los fariseos piden otros signos, pero el Señor continúa su camino, no pierde tiempo. Y Pedro hace aquella confesión, “tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Esto durante el camino.

Y ¿van hacia dónde? ¿Hacia dónde va el camino? Hacia la Pascua. Caminan hacia Jerusalén, como dice Lucas, “se encaminó decididamente hacia Jerusalén”. Este es el espíritu del Señor. Al Señor lo va conduciendo el Espíritu, por el cumplimiento del plan del Padre.

En ese camino hacia Jerusalén, les hace el primer anuncio de la pasión, dice Marcos. Empezó a enseñarles que el Hijo del Hombre tenía que sufrir, que sería rechazado por los ancianos, por los jefes de los sacerdotes, y los maestros de la ley, que lo matarían, y que a los tres días resucitaría.

Imaginate los discípulos escuchando este mensajito. Primer mensaje de la Pasión, de la Muerte, y encima les habla de la Resurrección. Estos estaban más perdidos. Así que estaban desorientadísimos. Dice Marcos, que dirigiéndose a Pedro, el Señor lo va a reprender delante de todos. Porque Pedro lo tomó aparte y se puso a reprenderlo a Jesús. Pero Jesús, enseguida reacciona, y dice “ve detrás de mí. No me digas lo que tengo que hacer. Estás como el demonio, quiere ir delante de mí.” Ahh! Qué amor que hay que tener, para reprender a alguien de esta manera, sin humillarlo, y sin dañarlo. Qué capacidad la del Señor, para hacerle ver que es necesario que Él sea fiel al plan, y que crea en el plan del Padre.

No seas demonio, no me digas lo que tengo que hacer. Tú sígueme. La invitación que le hace a Pedro, es a que lo siga detrás de Él. Y todo esto después de que Pedro le había dicho; “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios Vivo”. Y Jesús le va a decir, feliz de ti Pedro porque esto no te lo reveló ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el Cielo. Y el Señor sigue, y yo te voy a dar las llaves del Reino y lo que ates quedará atado. Y lo que desates quedará desatado.

Y a Pedro se le suben los humos. La cosa es que empieza a reprenderlo, porque le gustó el Señor… Le gustó seguir al Maestro, que prometía éxito, pero se desorientó, cuando el Maestro le habló de la cruz. Y encima cuando le habla de cosas que nos se sabe de qué se trata. Cuando le dice; “Resurrección”.

Frente al misterio de Dios nos desorientamos. Era el Señor el que estaba obrando en medio de todas esas situaciones difíciles de desorientación de los discípulos. El Señor no se queda. Sigue instruyendo a los suyos. Si alguien quiere venir detrás de mi, que cargue su cruz de cada día y me siga. Que me siga, y que nos se quede con las cruces mirándolas al costado. Sino que cargue con su cruz, porque siempre podemos ponernos de pie cargando las cruces.

Sobre todo porque Dios llama. Y cuando Dios llama, da la Gracia. Esta es nuestra experiencia.

El Señor le hace ver a sus discípulos que la vida no tiene ningún sentido. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su vida?

Y en eso que están hablando, lo agarra a Pedro, a Santiago y a Juan, y le dice, bueno, hasta aquí vinimos, por favor avancemos un poco más. Y el Señor les hace ver algo increíble en la montaña. Los hace subir al monte, y allí se transfiguró en su presencia. Se les manifestó en su Divinidad. En su condición mesiánica.

Sigamos mirando a Jesús que va caminando. A ver tratemos de estar nosotros en es camino; siguiendo al Señor. Tratando de ubicar en este camino, ese rompecabezas de nuestra vida. Esta rebeldía. Estas situaciones de pecados en la que he caído. Estas broncas. Estos odios. Estos aciertos. Estos actos de fe. Esta vida espiritual que he venido llevando. Estos consuelos que Dios me ha venido dando en este tiempo. ¡Y de golpe! Todo lo contrario. Le fui infiel totalmente a Dios. Todo este rompecabezas que no se que tengo que decidir, cuando tengo que dar el ejemplo. Estoy como desorientado. No se como arreglar este asunto.

Tratemos de poner esto, pero detrás de Jesús y siguiendo el camino.

¿Qué querrá hacer el Señor? ¿Qué nos querrá decir?

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