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24 de abril de 2014 09:45 horas Programa Actual: Avances de Programación
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Contenido de Catequesis
Nuestra disposición ante el llamado de Jesús
Evangelio según San Marcos 3,13-19.
Después subió a la montaña y llamó a su lado a los que quiso. Ellos fueron hacia él,
y Jesús instituyó a doce para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar
con el poder de expulsar a los demonios.
Así instituyó a los Doce: Simón, al que puso el sobrenombre de Pedro;
Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan, hermano de Santiago, a los que dio el nombre de Boanerges, es decir, hijos del trueno;
luego, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago, hijo de Alfeo, Tadeo, Simón, el Cananeo,
y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.

Este texto del Evangelio de San Marcos es expresión de una profunda teología del discipulado. El discípulo responde al llamado de Jesús y debe estar con Jesús en todo momento pero con un objetivo claro que es el de predicar el Reino. Somos llamados para estar con Jesús para predicar su Reino. Ese es el objetivo que prima en la llamada y es Cristo quien nos llama libremente. Jesús llama libremente a los que El quiso, a los que El quiere y la respuesta del discípulo del llamado es también totalmente libre. Nunca hay una obligación para seguir a Jesús. Siempre que el Señor llama respeta la libre voluntad del hombre que decide adecuar su vida a la exigencia del que llama porque esa es la característica del que llama y del llamado. No vamos nosotros a imponerle al Señor nuestros requerimientos sino que vamos a aceptar el modo en que El nos llama y el motivo para el que nos llama. Allí hay un primer punto de reflexión en esto. Es el Señor el que llama y nosotros somos los llamados. Una primera reflexión que nos hace pensar que nosotros somos llamados por puro amor de Dios, por pura gratuidad, no somos llamados por nuestros méritos. Cuando Cristo llama nosotros no le hacemos a El un favor de que tengamos méritos por el que somos llamados. Por el contrario, somos llamados por puro amor de Dios, por pura gratuidad a pesar de nuestras miserias, de la poca cosa que somos. No podemos creernosla cuando somos llamados para algo. Debemos saber que en toda llamada, desde la misma llamada a la vida, a la fe, a acrecentar nuestra vida cristiana en algún apostolado, la llamada a una vocación ya sea la llamada a la vocación matrimonial, a la consagración, a algún servicio, a alguna acción concreta dentro de la vida de la Iglesia. Esa llamada que Cristo nos hace la hace por mucho y puro amor que nos tiene. No somos nosotros los que le hacemos un favor a Jesús cuando somos llamados y esto está bueno entenderlo y corregirlo de entrada porque a veces cuando somos llamados para algo por ahí ponemos tantos requerimientos y requisitos y trabas: mi tiempo, mis complicaciones, mis ocupaciones y que voy hacer con esto y nos olvidamos de la primera característica de la llamada que es el Amor con el que Dios quiere mirarnos para complacer nuestra vida y en definitiva para unirnos a éste objetivo de la llamada que es predicar su Reino y es en el clima de libertad donde se crea la compañía de los doce y se prepara el envío. Responder libremente sin ataduras sin intermediaciones de nuestra parte sin todas aquellas cosas que nosotros buscamos para decir que vamos a responder que si a la llamada de Cristo porque le vamos a hacer un favor a El respondiendo desde nuestra vida y sin todas éstas propias complicaciones humanas la llamada y la respuesta desde la libertad crea y prepara ésta condición desde el envío. Después de la manifestación multitudinaria que hemos escuchado en los Evangelio anteriores en ésta semana donde la multitud lo apretujaba a Jesús y hasta se tiraban para poder tocarlo y experimentar la sanación que se desprendía de El. Después de ésta manifestación multitudinaria Jesús se retira suavemente al monte y ora al Padre y después de éste retiro de oración que precede algo importante que Cristo va a hacer, después de ésta comunicación íntima con el Padre necesaria para aclimatar aquellas realidades fundamentales en el Reino y sobretodo aquel encuentro de intimidad de Dios Padre con Dios Hijo en la acción del Espíritu que hacía vivir ésta comunión trinitaria previo a ésta realidad tan importante del Reino que es compartirla con los hombres, con aquellos que son los primeros convocados para llevar adelante la predicación del Reino. Después de ésta oración al Padre Jesús llama a los que El quiso,a los que El quiere sin presión de nadie, sin ningún miramiento humano que se interponga a ésta obra que es propia del Reino y los convocados nominalmente deciden, aceptan libremente ésta convocatoria. A los 12 los nombra compañeros especiales, ésta misión del Apóstol. Los prepara con una vida de trato íntimo, de convivencia. El llamado no puede tocar de oído, no puede creer que en el Reino se predica como se presenta una obra de circo. En el Reino hay que aprender a transmitir desde lo que se vivió. El llamado del apóstol solo puede predicar el Reino desde una experiencia fundante, intima, con aquel que llamó porque no es algo que nosotros llevamos por cuenta propia sino que llevamos lo que el mismo Cristo nos encomienda. No nos vamos a predicar a nosotros mismos sino que vamos a predicar a Aquel que nos envía y las indicaciones y las exigencias en ésta predicación del Reino, motivo clave de la llamada no la ponemos nosotros sino que la da el mismo Señor porque es El el que instaura el Reino de Dios entre los hombres. Los Apóstoles se agrupan en torno al maestro y viven con El, lo escuchan, le creen, le siguen con fidelidad, participan de la Misión de Cristo y realizan obras significativas en la extensión del Reino de Dios. Cada quien proyecta el mensaje con  espíritu y tonalidad propia pero la parte esencial del mensaje es la que Cristo ha traído con su encarnación y su venida al mundo. El Evangelio nos recuerda que la Iglesia es un pueblo de llamados. La primera llamada que la Iglesia nos hace es cuando nos llama por nuestro nombre  para que recibamos el santo Bautismo, allí está la clave. La vida que nuestros padres nos dieron se presenta en el día de nuestro Bautismo para que el sacerdote nos llame por nuestro nombre evocando ésta llamada que Cristo nos hace porque el Bautismo nos une a El y nos identifica con ésta vida para ser sus Apóstoles. El Evangelio nos recuerda que la Iglesia es un pueblo de llamados, de convocados. La misma palabra Iglesia quiere decir asamblea, pueblo de convocados, comunidad de los llamados que se congregan para vivir las exigencias de la llamada del Maestro y estamos convocados para seguir al Maestro, escuchar su Palabra, compartirla como pan caliente y continuar corresponsable y solidariamente la misión de Jesús, característica especial de la llamada. Hoy podemos tener una consigna ¿ estás dispuesto a dejarte llamar? Que implica esto? Que resistencias encontrás en el seguimiento de Jesús?
Esta escena del llamado de los 12 Apóstoles nos muestra que la iniciativa es de Cristo. El es el que llamó a los que quiso y nadie puede sentirse digno de éste llamado ni creer que es llamado porque ha cautivado a Dios con sus dotes personales, con su santidad o con sus obras. Llamó a los que quiso a pesar de lo que somos El es el que nos llama. No le hacemos un favor a Dios cuando somos llamados. En éste pequeño grupo de elegidos podemos descubrir una gran variedad. Hoy si tuviéramos que ponerle nombre a los nombres actuales con que nos tildamos los Apóstoles o nos tildan a los que queremos ser Apóstoles de Jesús y discípulos de El tendríamos que usar éstas palabras tan comunes hoy. Jesús llamó a los que El quiso y había conservadores, progresistas, partidarios de los Romanos, revolucionarios. Si utilizamos las palabras de hoy sería esto. Jesús quiso hacer una comunidad que transformara el mundo. Ese es el objetivo por el que El llama: transformar el mundo a pesar de las diferencias logró unirlos en una misma misión. Esta es la clave de los que somos llamados. A veces nos hacemos tan fervientes defensores de nuestras propias ideologías o maneras de pensar y somos defensores asérrimos de nuestras propias formas que nos olvidamos que quien nos ha llamado es Cristo y nos ha dado una misión y el objeto de la llamada es precisamente la misión no que defendemos lo que nosotros creemos o nos parece, nos guste o somos simpatizantes y el sentido del llamado era éste: enviarlos a predicar con éste poder que Cristo comunica a sus Apóstoles. El poder para liberar a la gente de sus males, el poder de perdonar, de liberar de los demonios, el poder que hacía presente el Reino de Dios, no el poder humano, el poder del dominio, el poder según se entiende en la clave del Reino de Dios. Es éste poder donde el amor de Dios vence aquello que nos divide a nosotros los hombres. No se trataba solo de predicar sino también de ser instrumentos de un poder divino que libera a la gente de sus angustias. Sin embargo el texto del Evangelio de San Marcos dice que los llamó para que estuvieran con El y ésta es otra característica de los llamados: el aprender a estar con El. Es la intimidad con la que el Señor da sentido y vigor a la tarea que se nos encomienda porque es una tarea que es grande por más que somos nosotros los que nos creamos con méritos sin duda que inmediatamente nos sentimos pequeños frente a una misión que Cristo nos da cualquiera sea por más pequeña que sea es la que Cristo quiere para vos, para mi en éste momento concreto de nuestra historia y la del Reino y para sostener ese objeto de la misión, ese predicar, llevar el poder de Dios a los hombres en clave de lo que es el poder en el Reino de Dios no según el miramiento humano. Para poder llevar éste poder de Dios a los hombres se necesita ésta realidad de intimidad con El, la intimidad que da vigor a la tarea que se nos encomienda. Intimidad que luego de la partida de Jesús se convertirá en una presencia poderosa que seguirá actuando a través de los apóstoles y a través de los tiempos por la obra del Espíritu Santo. De allí que la Iglesia es una comunidad de llamados, de convocados. Cada bautizado tiene ésta característica. Cuando nos sentimos llamados estamos entrando en ésta dimensión de recibir la fuerza de lo alto para poder hacer presente con nuestra predicación y nuestras obras éste Reino de Dios entre los hombres. No se trata de una relación afectuosa que se queda en la conciencia de los discípulos sino de un encuentro de amor que impulsa a la misión y debe ser comunicado a los demás. Ser llamado es una exigencia de saber que tengo que brindarlo, entregarlo, transmitirlo desde lo que es y desde mi propia vida. Podemos preguntarnos si en nuestras vidas están presentes éstas 2 dimensiones que el Evangelio de San Marcos hoy nos ha presentado: la intimidad con Jesús y la actividad. Si ésta obra que yo siento estoy llamado a realizarla la hago a partir de una experiencia de intimidad con Jesús que es el que me ayuda a ir venciendo esas resistencias que estamos poniendo a la misión y el llamado que Cristo quiere hacer para cada uno de nosotros. Tendríamos que intentar que el encuentro íntimo con Jesús ya sea en la oración, en la Eucaristía y en el modo en que nosotros lo hacemos está éste encuentro íntimo con Jesús nos ayude a descubrirlo en la actividad concreta en donde estamos viviendo. A darle una mística a la actividad y a vivir una espiritualidad en la acción como se va a llamar en la vida de los Apóstoles. Tener ésta característica: aprender a vivir una espiritualidad en la acción. Habremos sintetizado ésta doble realidad en la vida del llamado. Sentirnos llamados pero estar íntimamente con Aquel que nos llama para tener la fuerza de llevarlo con lo que nuestra vida es.
Lo que es importante que es de destacar son las rivalidades que se dan entre los Apóstoles porque uno puede correr el peligro que todo es del color de rosa entre los llamados y nos olvidamos que somos humanos y también tenemos nuestras improntas por lo tanto se suscitan los celos, las rivalidades. El libro que estamos compartiendo Mujer porqué lloras de Horacio Bojorge hay un capítulo que habla de ésta situación de tristeza en las rivalidades entre los Apóstoles y nos ilustra para ayudarnos a digerir el Evangelio de hoy, dice: el colegio apostólico, la comunidad de los 12, que Jesús había elegido en oración estaba trabajada interiormente por la tentación de los celos y por las rivalidades entre los elegidos. Los relatos de vocación que nos conservan los Evangelios no son ajenos a la intención de documentar el orden de antigüedad en que fueron llamados. Primero Pedro y Andrés después Santiago y Juan o bien siguiendo el orden del Evangelio según San Juan: Andrés, Simón Pedro, Felipe, Natanael también las listas de los nombres de los 12 tiene que ver con la jerarquía o jerarquización. Mientras Jesús se encamina a padecer en Jerusalén los discípulos discuten quien es el mayor. Santiago y Juan aspiran a estar a la izquierda y derecha de Jesús en su Reino o sea en los puestos de honor y ya sea movida por su ambición materna, accediendo a una maniobra política de sus hijos la madre de los Zebedeos se mezclan en ésta trama de ambiciones. Los demás discípulos tomaron muy a mal ésta pretensión y estos reclamos y empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. Jesús señala en ésta contienda por el poder muchos modos carnales y humanos de proceder que El considera impropio de sus discípulos. Pero no ha de ser así entre ustedes les dice Jesús. Juan no renunciará jamás al título de discípulo a quien Jesús amaba pero Pedro no parece querer ser menos y es Juan que con grandeza nos refiere la triple confesión de amor de Pedro. Simón hijo de Juan me ámas más que estos. Este hecho parece expresar el surgimiento de una cultura cristiana de la superación de la rivalidad y de los celos. Es interesante observar de que manera intenta remediar Jesús esos gérmenes de rivalidad carnal entre elegidos dentro de la comunidad de sus discípulos. Por un lado Jesús remite a sus discípulos al rol de servidor sufriente del Hijo del hombre, es decir los remite a su Pasión a la luz de lo que Isaías profetiza el Hijo del Hombre no ha venido a se servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos. Por otro lado también se nos dice que Jesús resuelve la rivalidad entre el discípulo más amado por Jesús y el discípulo que más ama a Jesús confiándole al que más ama el cuidado del más amado. Confía a Juan al cuidado de Pedro. La tentación de rivalidad entre los discípulos de Cristo es perenne y amenaza siempre la ruptura de la comunión. La teología de Juan atenta a la comunión y su ruptura, enfatiza los aspectos de la enseñanzas de Jesús que apuntan a conjurar éste peligro
Que bueno es que descubramos que el ser llamados por Cristo no nos exceptúa de nuestra humana limitación, no nos exceptúa de éstas realidades en donde nosotros nos la creemos. Porque somos llamados para algo enseguida se nos van los humos a la cabeza y entonces empezamos no a vivir el poder que Cristo del Reino que es el poder de predicar, expulsar demonios, sanar, cicatrizar heridas de vida desde el amor de Dios sino que entendemos mal esto y empezamos a valernos del poder humano que genera la soberbia, las rivalidades, los celos, las envidias, las disputas propias de quienes somos llamados a ser Apóstoles. Hay un arma poderosa que Cristo ha dejado porque El la ha usado, ésta intimidad con el Padre y el amor de servicio, de humillación vence toda rivalidad quienes somos Apóstoles o quienes estamos llamados a ésta comunidad Iglesia, comunidad de convocados.

                                                                                              Padre Daniel Cavallo


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