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25 de julio de 2014 08:18 horas Programa Actual: Catequesis
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Contenido de Arquetipos
Apolo, un dios iluminado
 


1.      Buscando un lugar para nacer

 

Cada mañana cuando abro mis ojos al nuevo día y la tibieza de la luz acaricia mi rostro, elevo mi pensamiento a Apolo,  divinidad de la luz y de la claridad, la  cual conduce el carro en el que viaja el sol en su trayecto de cada jornada, iluminando el cielo. A algunos les parece paradójico que el dios sol haya nacido de Leto, la diosa de la noche. Tal vez este hecho confirma que, a su modo, la oscuridad también busca la luz. Será por eso que Apolo casi no encontró lugar donde nacer al venir a este mundo. Su madre tuvo un alumbramiento de gemelos en una isla llamada Delos, cuyo nombre significa “brillante”, seguramente porque en ella dio a luz a la luz. Allí nació el resplandor del dios sol. Algunos también lo llaman Febo o Helios.

Según cuentan las leyendas, del único árbol que se encontró en el terreno desierto del lugar, Leto se agarró para aguantar los dolores del parto que fueron interminables y extenuantes ya que duraron nueve días y sus noches, por lo cual todas las diosas llegaron hasta ese lugar donde sólo se escuchaban los gritos desgarradores de los prolongados dolores de parto.  

 

Hera, por su parte, movida a mayor crueldad, había secuestrado a Ilitía dos hermanos gemelos, primero Artemisa, la diosa de la cacería, la cual ayudó a nacer a Apolo, el dios del sol y de la luz.  Parece extraño para nosotros que una recién nacida pueda ayudar al parto de su hermano gemelo pero ya sabemos que en el mundo de los dioses, todo puede ser posible. Los nacimientos divinos tienen sus particularidades.

, la diosa de los nacimientos, para evitar que pudiera ayudar a Leto. Al cabo de nueve días, cuando ya era inminente el alumbramiento, las demás diosas decidieron engañar a Hera para que dejase ir a Ilitía a cumplir con su divino oficio. Para convencer a Hera –como sabían que a la diosa le gustaban los lujos- le ofrecieron un collar de oro y ámbar de ocho metros de largo. Sólo así Ilitía pudo asistir al nacimiento de
 

Leto, luego de dar a luz a gemelos, fue recompensada por Zeus ya que también eran hijos suyos. El supremo dios del Olimpo fue quien puso como cimiento cuatro columnas bajo la isla para que ésta pudiera estar amarrada y permaneciera firme, en el lugar exacto, en el que Leto la encontró. A partir de entonces nunca más la oscuridad cubrió el cielo de la paradisíaca Delos ya que allí nació Apolo y su hermana Artemisa, la que algunos también llaman Diana. Resulta misterioso que el dios del sol y de la luz, viniera al mundo en ese recóndito y, hasta entonces, desconocido lugar. También tuvo en su hermana gemela una equiparación con Selene

, la diosa de la luna.
Apolo es uno de los más importantes y multifacéticos dioses

del Olimpo. Se lo conoce como un joven imberbe y de hermoso aspecto: radiante, brillante, dios de la luz refulgente, de la verdad y la profecía,  de la medicina y la curación, el que aparta la desgracia y los males; dios de la música, la danza, la poesía y las artes en general, de la lira –la cual ha llegado a ser su instrumento y atributo personal- además de  la cítara con la cual preside las asambleas poéticas y musicales, las reuniones de las musas y ninfas; dios del arco, el tiro y la flecha; protector de los hogares y de la vida política, cuidador de los caminos.
Algunos afirman que los vínculos de Apolo con la adivinación y los oráculos están relacionados con el curioso deseo de los mortales por saber sus destinos acerca de la vida y el amor, la enfermedad y la muerte, las luchas y batallas. Los seres humanos creen que sabiendo lo que va a suceder pueden controlar sus destinos o influir en ellos. Los dioses, en cambio, afirman lo contrario. No se transforma el destino con el sólo saber. En algunas ocasiones puede modificarse sólo con el obrar. No es el conocimiento sino la libertad lo que transforma la realidad.  

Muchos mortales preguntan acerca de sus dolencias y males y sus posibles curaciones. Será por eso que Apolo es el padre del dios Asclepio

, el señor de la medicina. Algunos afirman que Apolo es capaz, tanto de curar como de enfermar, según el designio que este dios tenga sobre cada uno de los mortales. Su luz puede convertirse en sombra. Otorga  salud o enfermedad según le plazca, incluso algunos sostienen que es el causante de las plagas que devastan a los seres humanos y  rebaños. Conozco muchos héroes y luchadores que saben de los poderes que Apolo tiene sobre los distintos males que aquejan a la salud y sobre la forma en que cura las heridas infligidas en los campos de batalla. Sé que cuando se encuentran heridos por el enemigo, enseguida claman a Apolo para que, mediante su poder, sane sus cuerpos malheridos.
La principal fama de Apolo viene, sobre todo, de su extraordinario poder oracular, señor de la profecía y la adivinación. Es la máxima divinidad del famoso Oráculo de Delfos

. El templo está ubicado en el Monte Parnaso, una de las montañas más altas de Grecia. A sus pies se alza la ciudad de Delfos con su famoso y magnífico Templo. Hay un oráculo que dice que, en el futuro, este Templo quedará en ruinas. Sólo permanecerán algunas columnas de pie y unos trozos de blanco mármol. Incluso se afirma que hasta la misma renombrada ciudad desaparecerá. Es una pena que el futuro se prive de este maravilloso lugar y de este templo.
Apolo representa la armonía, el orden y la razón. Características de equilibrio y mesura que contrastan con las del dios Dioniso

, su antítesis, el dios del vino, el éxtasis, el placer y el disfrute. Muchos por aquí utilizan los adjetivos “apolíneo” y “dionisíaco” para afirmar una u otra postura ante la vida. Estas dos cualidades divinas, ciertamente son complementarias. Por algo Apolo -en invierno- se marcha a lugares donde el sol brilla más fuerte, dejando el oráculo a cargo, nada menos, del dios opuesto a él: Dioniso.
Apolo es el punto medio

, la proporción y la ponderación de la virtud, el ideal de la moderación y la justa medida. Ciertamente las dos condiciones son necesarias para la vida: medirse prudentemente y gozar convenientemente. La cuestión está en saber cuándo es el turno de una y cuándo el de la otra.
Ciertamente esa es una sabiduría que hay que pedir. Un día cuando fui al templo para solicitar ese don, recuerdo que llegué y estaba Apolo tocando su lira y una delicada ninfa cantaba –en honor al imperio del sol que todo lo alumbra- mientras los fieles iban llegando en silencio. La vida era suave en la voz de su canto.

 

2. Ónfalos, el ombligo del mundo

Si me pidieran que describiera los atributos más comunes de Apolo, les diría que cuando lo pude ver, en las inmediaciones del Templo de Delfos, en medio de una gran multitud de devotos y consultantes que esperaban su turno durante varios días antes de pasar al interior del recinto, tenía colgando un arco

y flechas. Cerca de él había una cítara que -según afirman- es una versión más avanzada de la lira, la cual tocaba con un plectro, una especie de púa para rasgar las cuerdas. Además poseía una espada, el cetro, un ramillete de dorados rayos solares y la mitra, esa especie de sombrero que viene de las tradiciones de los  antiguos sacerdotes persas. Cuando dejaba su Mitra, se ponía en su cabeza una corona de laureles, las mismas que se usan para los sacrificios expiatorios a los dioses y las que se emplean para elaborar la corona de la victoria en los Juegos que se celebran, en su honor, en el mismo Delfos. Apolo siempre llevaba consigo -como representativo de sus poderes proféticos- una especie de banqueta con tres patas, un trípode, un objeto de culto en el cual se sentaba para ejercer el oficio de la adivinación.
 

Alrededor del Templo vi muchas palmera

s que le estaban dedicadas porque –según afirman- había nacido bajo una de ellas en Delos. También observé una gran cantidad de cigarras, con su característico sonido. Me dijeron que ellas están porque él es el dios la música. Incluso encontré serpientes sagradas en alusión a sus funciones como dios de la profecía. La serpiente es símbolo de la adivinación a partir de la historia de la muerte de la serpiente Pitón que ya contaré. Este triunfo lo ha asociado con las victorias de donde procede la costumbre de cantar cuando los ejércitos marchan, antes de entrar en batalla, logran una conquista o cuando una flota abandona el puerto.
El templo del oráculo de Delfos es hermoso se ha convertido en el gran recinto sagrado de Apolo al que acuden los mortales para consultar a los dioses acerca de su destino. Está situado en el emplazamiento de la ciudad de Delfos, al pie del monte Parnaso. De las rocas de esa montaña brotan varios manantiales que forman distintas fuentes, rodeadas de bosques de laureles. Se dice que -en esa fuente- se reúnen las musas y las ninfas. En esos encuentros, Apolo toca la lira y las divinidades cantan y bailan en un ritual lleno de alegría, celebrando la vida.

En el pie de dicho monte, los lugareños dicen que antiguamente vivía en una cueva una legendaria serpiente llamada Pitón

, un dragón que custodiaba el lugar del oráculo, antes de la llegada de Apolo. Afirman que ese particular reptil tenía poderes adivinatorios. El dios Apolo le dio muerte atravesándolo con numerosas flechas. Así se apoderó de su sabiduría y comenzó a presidir el famoso oráculo. Apolo      –según la usanza- una vez muerta la serpiente la incineró y guardó sus cenizas en un sarcófago. Luego fundó -en recuerdo del legendario y temible animal derrotado- unos juegos fúnebres que llamó Juegos Pítios”, denominación derivada del nombre de Pitón.
El cofre que contiene las cenizas se halla enterrado debajo del ónfalos, la piedra que es considerada el ombligo del mundo, situada en un lugar preferencial del recinto sagrado del templo. El gentío que acude a este lugar cuenta que el dios Zeus

mandó volar a dos águilas desde dos puntos opuestos. Las águilas -volando desde los extremos del mundo- se encontraron en Delfos. La piedra cónica, en forma de medio huevo, señala el lugar entre los dos puntos opuestos y equidistantes. Por eso es considerado el centro del planeta, el lugar donde empezó la creación del mundo. El ónfalos de Delfos ha convertido al santuario en el ombligo del orbe y principal centro religioso a donde acuden miles de personas. El ónfalos -en las paredes del templo- se representa por un punto en el centro de un círculo.
Las cenizas de la serpiente Pitón, con su hechizo de poderes adivinatorios, están enterradas –según la creencia- en el centro del mundo. Del nombre Pitón se deriva el de Pitia o Pitonisa, denominación que les ha sido dada a las mujeres que -en el templo- interpretan las respuestas del  oráculo. En la elección de las pitonisas no se tiene en cuenta la clase social. A la candidata sólo se le pide que su vida y sus costumbres sean honestas. El nombramiento es vitalicio y la elegida se compromete a vivir en el santuario para siempre, sin salir nunca de él. A veces ha sido necesario nombrar hasta tres pitonisas para poder atender a las innumerables consultas que se hacen. En tiempos menos concurridos se requiere sólo de una. Los consultantes tienen una entrevista con la Pitonisa unos días antes del oráculo, el cual se celebra una sola jornada al mes: el día 7, fecha del nacimiento de Apolo.

Aquí llegan los más variados consultantes. Desde importantes reyes hasta gente sencilla. En primer lugar, se tiene que ofrecer un sacrificio en el altar ubicado en la terraza que está delante del templo. Allí se sitúa el altar

de los sacrificios. Desde esa terraza se observa el hermoso y soleado paisaje y puede contemplarse -por todo el recinto, tanto exterior como interior-  las estatuas de mármol y de bronce, regalos de soberanos distinguidos y ciudades relevantes, en agradecimiento a los servicios prestados por el oráculo. Luego del sacrificio, el ritual profético requiere -a continuación- el pago de un tributo religioso y -por último- el consultante se presenta ante la Pitonisa y hace sus consultas de manera oral. La sacerdotisa  se encuentra en el lugar más sagrado y  de acceso prohibido. Allí espera sentada en el banco con forma de trípode.
En la consulta, la profetiza otorga como respuesta el oráculo que un sacerdote del templo recoge y escribe en forma de verso

. Después, esa contestación que –en ocasiones puede resultar enigmática y simbólica- se le entrega al consultante.
El oráculo es célebre por su gran cantidad de aciertos. La fe en sus revelaciones es total, incluso si se equivoca, se dice que el fallo es de interpretación del consultante y no del oráculo en sí.

Algunos cuentan que el trípode de la Pitonisa se halla sobre una grieta muy profunda de la roca de la cual emanan gases que hacen que la mujer entre rápidamente en un estado de embriaguez y trance, mientras mastica hojas de laurel. La mujer se llena así del espíritu de Apolo que –las pitonisas dicen- emana del manantial. Hay otros, más escépticos que afirman que en la roca no existe esa  fisura profunda de la que algunos hablan ya que no la han visto en ningún lugar.

Para muchos, el oráculo no adivina los hechos sino que da solamente buenos consejos. La primera pitonisa que actuó en el oráculo de Delfos se llamó Sibila y su nombre luego se generalizó, utilizándolo como nominativo de esa singular y admirada profesión.

Si vienes al templo, te cuento que el peregrino

accede por la puerta principal de esta vía sagrada. Por detrás del santuario, en el frondoso valle, se pueden ver cientos de olivos plantados. Aquí afirman que es el mayor olivar del mundo.
Además del templo, existe un teatro y un hipódromo para los juegos píticos. Primeramente fueron cada ocho años, ahora los acortaron a cuatro y se alternaban con los Juegos Olímpicos. Los Juegos píticos consisten en pruebas atléticas, hípicas y concursos líricos. A la gente le gusta mucho participar.

Verdaderamente este templo es hermoso. Su mármol blanco irradia aún más la luz del sol y lo límpido de estos aires y transparentes cielos. Yo he consultado sobre el destino de este templo, ya que dicen que es el ombligo del mundo y tristemente la Pitonisa me ha confiado que -a lo largo de los siglos- ocurrirán catástrofes y terremotos que destruirán, casi definitivamente, este santuario. Sobre él se construirán otros templos y edificios utilizando el mármol de los monumentos. Sin embargo, ruina sobre ruinas, parte de este templo magnífico será redescubierto -por casualidad- muchos siglos después para comenzar así una historia de restauración. Muchas de estas piezas serán llevadas al museo que se hallará en esta ciudad de Delfos

y que llegará a ser uno de los más ricos de toda Grecia por sus famosas piezas.  
Cuando la Pitonisa terminó de darme el oráculo para que el sacerdote lo versificara y yo pudiera llevármelo, nos parecía a ambos casi imposible que este hermoso y majestuoso templo termine siendo una ruina. Quizás yo no tendría que haber preguntado esto.

En este mundo que pasa, todo se despide, guarda un suave adiós –me dijo la Pitonisa- mientras hablaba, vimos a Apolo que se hacía uno con el disco dorado del sol y sus rayos inundaban el templo. Entonces la sacerdotisa tocó un platillo de percusión que se escuchó por todo el recinto y empezó a cantar –como cada día al terminar la luz- el ritual de la caída del sol.

3. Apolo y Eros, una disputa entre arqueos

Dice la legenda que apenas cuatro días después de su nacimiento, Apolo mató a Pitón

, reptil que se movía por los campos y por las cuevas del monte, causando miedo y pánico. El amenazante animal formaba parte de los diferentes monstruos que se generaron a partir de un  barro, producido por las aguas de los manantiales y el calor reverberante del sol. De todos los monstruos, el más bestial y feroz era esta enorme serpiente. Todos le temían debido a su terrorífica presencia y a los desmanes que producía entre las cosechas y propiedades de los lugareños.
Pitónvivía en Delfos

, junto a la fuente que emitía los vapores causantes –según dicen- de que el oráculo hiciera sus profecías. Hera, la diosa esposa de Zeus, al saber que su rival, la diosa Leto, había dado a luz gemelos,  envió a la serpiente para perseguir y matar a Leto definitivamente, ya que la primera empresa en su contra había fracasado y los dioses no aceptan ninguna derrota.
Para proteger a su madre, Apolo suplicó al dios de la forja, Hefesto

, que le hiciera un arco y flechas. Tras recibirlos, Apolo arrinconó a Pitón en la cueva de Delfos y allí la mató en venganza de la cruel Hera que había perseguido siempre a su madre y a él desde su nacimiento.
Pitón cayó muerta y destrozada bajo las flechas de Apolo y por sus mil heridas salió una abundante, espesa, oscura y venenosa sangre. Mucho tiempo después, en recuerdo de esta singular victoria y en honor de Apolo, se realizan aquí unos solemnes juegos que reciben el nombre de Pitios y en los cuales el vencedor –de la lucha, la carrera o la conducción de los carros- se le otorga una corona hecha con hojas de encina. Todos estos juegos exaltan la fuerza y destreza de Apolo, las cuales fueron debidas a los cuidados que la diosa Temis le prodigó desde niño. Algunos dicen que ella fue su especial niñera. Temis es la diosa del buen consejo, el orden divino, las leyes y las buenas costumbres. Se cuenta que fue ella construyó el Oráculo de Delfos

porque también es conocida como una diosa oracular.
Gracias a sus cuidados, Apolo se convirtió en un joven apuesto, fuerte y ágil. La diosa lo alimentó con ambrosía que confiere –según dicen- inmortalidad, el manjar propio de los dioses del Olimpo junto con el néctar. En el momento en que Apolo nació, la tierra de la itinerante isla de Delos se cubrió de una amplia capa de gránulos de oro y a ella acudieron cisnes sagrados, enviados por Zeus, que dieron siete vueltas a la isla convirtiéndola en el grandioso territorio de Delfos, lugar en el que se construyó el templo del oráculo en la cual estaba la oscura gruta de la serpiente Pitón, la cual Apolo acribilló con sus temibles dardos. El nombre Pitón significa “pudrir” ya que -según cuentan- los restos de la serpiente profética fermentaron como tierra fecunda en adivinaciones; otros afirman –en cambio- que los restos fueron cremados por el dios del sol.

Hay quienes comentan que al finalizar cada estación invernal, con la llegada de la primavera, el caudal del pequeño manantial nacido en la cumbre del monte Parnaso, cruzaba los valles y montañas de Delfos, aumentando considerablemente debido al deshielo y formando cascadas que se introducían, con estrépito, por entre las terrazas del templo, describiendo mil vericuetos -visibles unos, ocultos otros- en un cauce irregular e incontrolado que asemeja la figura zigzagueante de una enorme serpiente moviéndose.  La presencia del sol en lo alto del monte, con el poder calorífico de sus rayos, es la causa del desbocado caudal del torrente. Apolo, dios del sol y de la luz, es el creador de aquél exacerbado torrente de aguas desbocadas. Algunos afirman que el dios Apolo ha vencido a la serpiente Pitón con sus flechas que son los rayos del astro rey. Pitón, al morir, se fue pudriendo y degradando bajo la acción de la tierra y el sol. Así desapareció el famoso monstruo que, con su horrorosa presencia, impedía la entrada a la gruta del oráculo de Delfos.

Lo cierto es que su muerte hizo que Apolo tuviera que purificarse. La derrota de la serpiente confirió al dios cierta impureza puesto que aquél monstruo era hijo de Gea, la diosa madre tierra que  posee la virtud de emitir veredictos ante determinadas cuestiones. Es por eso que la serpiente desarrolló también capacidades para el oráculo. Esto la convirtió en rival del dios Apolo, el cual se encargó de asociar la serpiente con el mal, el daño, la oscuridad y el abismo; mientras que él era el luchador en favor del bien y la luz.

Para cumplir con el rito de su purificación, Apolo subió majestuoso al carro tirado por los blancos cisnes que rodeaban la isla en la cual nació. La blancura de los cisnes y la claridad irradiadas por ellos hicieron que Apolo quedara totalmente purificado.

La destreza que Apolo demostró con el arco y las flechas que -como rayos- mataron al monstruo le dieron seguridad y arrogancia. Eufórico por la hazaña realizada bromeaba sobre sus habilidades de arquero invencible. Un día lo desafió a Eros -el dios del amor, el deseo, la atracción y la fecundidad- ya que también él se jactaba de saber dirigir, como nadie, las flechas en el blanco deseado.

Eros se sintió ofendido por la provocación y se dirigió hacia el monte Parnaso y, una vez allí, cargó dos flechas con el fruto del amor y la pasión en una, y en la otra, el peso del desprecio y la indiferencia. Las lanzó con extremada puntería: la primera se clavó en el pecho de Apolo, le disparó una flecha dorada para que se enamorase de una ninfa de los árboles llamada Dafne, la cual comenzó a ser  inmediatamente perseguida por Apolo y la segunda fue a Dafne, la cual huía despavorida de las insinuaciones de Apolo porque Eros le había disparado la flecha con punta de plomo, la cual provoca rechazo, desinterés y desdén.

Ante los requerimientos del dios, la ninfa respondía indefectiblemente con el repudio y la huida.Durante la persecución, cuando Dafne llegó a las orillas de un río imploró ayuda al dios Peneo, la divinidad  de aquellas aguas que era también su mismo padre. Allí invocó con todas sus fuerzas y apenas terminó su ruego, su cuerpo se empezó a cubrir de corteza, sus pies se transformaron en raíces que  se ahondaron en el suelo, sus brazos y sus cabellos se hicieron ramas cubiertas de hojas. Dafnae quedó convertida en el primer árbol de laurel que existió. A él se abrazó Apolo. Lo sentía palpitar. Las ramas que lo rozaban, eran para él caricias. Se convirtió en su árbol predilecto, honra de todas sus victorias. Los cabellos de Apolo y su lira siempre tenían -como ornamento- hojas de laurel, el árbolsagrado que plantó en las inmediaciones del templo de Delfos para recordar a su amor imposible. Tal vez para disfrazar así ante los demás su dolor porque, en verdad, el laurel no hacía sino recordar el fracaso de su amor herido.

Las lamentaciones de Apolo no cesaron y –para algunos- resultaban impropias de un dios tan valeroso y victorioso. La flecha del desamor que Eros le había clavado era la respuesta a su vanidad. Así el dios del amor le enseñó -para siempre- quién era el más certero arquero. El amor y el desamor son flechas que llegan al centro del corazón. A veces, con punta de oro y otras, con punta de plomo. No siempre Eros, como en el caso de Apolo, reparte idénticas flechas. A menudo clava flechas desiguales que otorgan desdichas a uno y gozos a otro. Mientras uno huye, otro agoniza. Mientras uno ama, otro es indiferente. Todos los vaivenes del amor y el desamor, el enamoramiento y el desenamoramiento se deben a esta disputa entre divinos arqueros cuyo centro no tienen otro blanco que el corazón de los dioses y el de los seres humanos. En esta vulnerabilidad, el corazón divino y el humano son iguales. El amor equipara a todos: dioses y mortales.

Oro y plomo, amor y desamor, pasión e indiferencia: flechas que siempre sentimos en el alma. Ni siquiera el dios de la medicina y la curación como es Apolo, encontró alivio para su locura de amor. Sus méritos, útiles para todos los mortales, únicamente para él no tuvieron poder, ni prodigio. Así sucede con todos los dones. Son útiles para los demás pero no tienen el remedio adecuado para los males de cada uno.

Apolo se jactaba de lanzar las flechas certeras contra la serpiente Pitón, las bestias feroces y los   enemigos. Eros, en cambio, abrió en Apolo la única herida que nunca cerró y siempre se mantuvo viva, aquella que se hizo con flechas divinas. El amor hiere, duele y -a veces- hasta mata. El amor es una herida abierta en el centro del corazón para aquellos que se atreven a desafiarlo. La gloria que a Apolo le viene por las bestias vencidas. Eros -cazador invencible- la obtuvo al ver a Apolo rendido. Ni siquiera su hermana gemela, Artemisa, la diosa de la caza, pudo hacer algo contra las infalibles flechas de Eros, puntas de amor no correspondido y de deseo que arde sin consumirse, herida y locura, dolores de amor no cicatrizado hechas con dardos de fuego.  

Aunque Apolo es bello, joven y atractivo por su gracia y prestancia, no obstante no pudo enamorar a la ninfa Dafne. Para el amor no cuenta solamente lo exterior y la apariencia. Apolo es un dios dolido y herido: tuvo que aprender a perder. No todas son victorias en la vida. No todas son victorias en la vida, especialmente en el amor.

Hay tardes en que lo veo a Apolo abrazado a aquél árbol de laurel en que quedó convertida Dafne. Sus lágrimas riegan el suelo y se convierten en la sabia de aquél tronco. Él canta con su lira y la ninfa, desde el espíritu de aquél árbol, le contesta, alimentando así el desamor producido por una flecha con punta de plomo.

 

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4.  Sol Invictus

El arquetipo de Apolo, el dios sol, es racional e intuitivo a la vez, posee la fuerza iluminativa del conocimiento, la sabiduría, las premoniciones y las intuiciones. Su luz es tanto un saber argumentativo y reflexivo como también intuitivo, instintivo, inconsciente y  predictivo.

Como todo arquetipo –incluso el dios de la luz- tiene también su propia sombra. La luz siempre está acompañada por el contraste de la sombra. A menudo, cuando son excesivas –tanto las luces como las sombras- producen el mismo efecto: ambas ciegan. Las sombras, en razón de su oscuridad, y la luz        –que también puede cegar- en virtud de su excesivo resplandor.

Apolo es un arquetipo que ilumina y ensombrece: da luz y sombra según la necesidad. Al igual que su medicina, la cual cura o envenena. Según sea la medida de luz o sombra, remedio o veneno, Apolo ilumina y sana o ensombrece y enferma. Todo arquetipo es dual y ambiguo. Así como la diosa de la luna, la noche y las sombras –Hécate- nos conecta con el lado femenino e inconsciente del alma; de manera semejante, Apolo -dios del sol radiante- nos une al perfil masculino, racional y consciente.

En el Nuevo Testamento, cuando nace Juan el Bautista, su padre Zacarías, profetizando del Mesías dice que “nos visitará el sol que nace de lo alto para alumbrar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte (Lc 1, 78-79). Se identifica a Jesús con el sol y con la luz de la salvación. En el cristianismo, la unión de Jesús con el sol –que aparece muy poco en el Nuevo Testamento- es una influencia heredada, no heredada por la tradición griega sino por la romana.

El Deus Sol Invictus, el invencible Dios Sol o simplementeSol Invictus era un título religioso aplicado a distintas divinidades durante el imperio romano, entre ellas, al dios sol. Existían cultos al Sol Nacido o al Sol Invocado. El Sol Invictus  representaba al invencible e  inconquistado: el victorioso. El día del nacimiento del sol se celebraba cuando la luz aumentaba después del solsticio de invierno, alcanzando su máxima posición. La fiesta del nuevo nacimiento del sol se festejaba desde el 22 al 25 de diciembre.

La fiesta cristiana de la Navidad se trasladó al 25 de diciembre hacia el año 330 de nuestra era, en tiempos del emperador Constantino (306-337). Esta fecha fue escogida luego por el papa Julio I

como nacimiento de Jesús en el año 350 y posteriormente decretada por el papa Liberio en el año 354. Desde entonces, para los cristianos, el dios sol y su nuevo nacimiento dio paso a ese día que se llamó Navidad, palabra latina nativitas –natividad- que significa nacimiento.
Si bien, en ninguna parte de la Bibliaquiso significar al Hijo de Dios, el verdadero Sol Invictus. El emperador Constantino

había sido un seguidor fiel de las tradiciones paganas al dios Sol. Su moneda oficial llevaba la leyenda y la imagen del Sol Invictus. se menciona el momento exacto del nacimiento del Señor, la fecha del 25 de diciembre fue reconocida a más de 300 años después de su muerte de Jesús, cuando el emperador Constantino permitió el cristianismo en el imperio romano. Dicha fecha había encontrado popularidad entre los cristianos de Roma y con ella se
Existe discrepancia entre si existieron o no celebraciones del nacimiento de Jesús antes de esa fecha que se calculó basándose en una tradición judía que fijaba para los profetas, la fecha de fallecimiento y de concepción en el mismo día. Como estimaron que Jesús murió cerca de un 25 de Marzo, se consideraron nueve meses después y se fijó el 25 de diciembre como fecha de nacimiento. La Navidad

empezó a celebrarse como fiesta cristiana a partir de la época del emperador Constantino. Anteriormente había sido imposible debido a las persecuciones del imperio. En el año 336 apareció, por primera vez, la fiesta cristiana en el calendario romano y gradualmente entró en las tradiciones de la Iglesia hasta que -en el siglo V- quedó establecida oficialmente, eclipsando a la fiesta pagana del Sol invictus. Además, el emperador Constantino decretó el dies Solis, el venerable día del sol -el domingo- el cual fue la jornada romana designada para el descanso.
Apolo y Jesús se emparientan en el símbolo del Sol. El comienzo del Evangelio de Juan se abre describiendo una lucha entre la luz y las sombras (Cf. 1,4-5). En el mismo Evangelio, el Señor dice de sí: “Yo soy la luz del mundo” (8,12). Luego la primera Carta de Juan afirma que en “Dios es Luz en Él no hay tiniebla alguna” (1 Jn 1,5).

 

Otra similitud entre Jesús y Apolo es que ambos no tuvieron lugar para nacer, al menos no fueron dados a luz en un lugar habitual. Apolo vino a este mundo en una isla desierta y a la deriva y Jesús en una cueva que se usaba de pesebre para animales domésticos.

 

Jesús no tiene sólo la fuerza de la luz nacida del arquetipo del sol en consonancia con el dios griego y con la tradición romana del Sol victorioso sino que también, como Apolo, posee dones proféticos y dones sanadores de curación.

 

            Jesús -en muchas ocasiones- adivina qué piensan y qué sienten sus interlocutores. Su ciencia divina ausculta los corazones humanos y pone sus intenciones al descubierto. Además es Profeta. Su Palabra tiene un verdadero cumplimiento (Cf. Lc 4, 21). También afirma que ningún profeta es bien recibido en su casa y en su tierra. Profetiza la destrucción del templo de Jerusalén cuando dice que no quedará “piedra sobre piedra” (Mt 24,2) y cuando llora sobre la Ciudad Santa, augurándole tiempos de dolor (Cf. Lc 19, 41-44). También anuncia respecto a su propia muerte y su resurrección anticipándoles -a sus discípulos- el desenlace de su vida (Cf.  18, 31-34).

 

            Por otra parte, aparecen además varias veces en el Evangelio las numerosas curaciones de Jesús a diversas personas. Incluso resucita muertos. Es el Señor de la vida, de la salud, de la enfermedad y de la muerte. Él es quien verdaderamente las domina. Su sola palabra y sus gestos salvan y curan. Obran verdaderos milagros de sanación física y espiritual.

 

Como Apolo -y más que Apolo- Jesús es luz que profetiza y cura. También como el dios griego mata a la Antigua Serpiente que el Libro del Apocalipsis llama “Diablo o Satanás, el seductor del mundo” (12,9). Jesús no se deja vencer por la Serpiente, como Adán, sino que la derrota en la Cruz. Afirma que cuando sea levantado en alto atraerá a todos hacia Él (Cf. Jn 12,32). El Señor se identifica con la Serpiente que Moisés levantaba en alto, cuando los peregrinos del pueblo de Dios, en su travesía, buscando la tierra prometida, eran mordidos en el desierto (Cf. 3, 14-15). Así como la picadura de la serpiente maligna se curaba con la serpiente sanadora que había hecho Moisés, de la misma manera, Jesús -como Serpiente levantada en la Cruz- cura a todos los que lo miren de la picadura venenosa del pecado. Jesús es la Serpiente de Dios que cura y sana. Es la antítesis de la serpiente antigua que asechaba en el paraíso para corromper.

 

Jesús -como Apolo- es también un Dios herido. El amor de Apolo por Dafnae que le rompió el corazón debido a las flechas de plomo lanzadas a su pretendida por Eros y el amor de Jesús por todos, llevándolo a la cruz y traspasándole el corazón, con su costado abierto en sangre y agua (Cf. Jn 19,34), son representaciones del amor y sus llagas.

 

Las heridas de amor que sangran, a veces cauterizan y otras, permanecen recordándonos que están vivas y se abren -como una flor roja- con su líquido néctar que mana y se vierte.

Apolo y Jesús se aproximan por la luz y la sombra, la curación  y la enfermedad, la serpiente que sana y la serpiente que muerde y, la herida de amor y el amor de la herida.

 Arquetipos, los mitos de ayer siguen vivos hoy.

 

Frases para pensar

 

1.      “No cambia el destino con el sólo saber. No es el conocimiento sino la libertad lo que transforma la realidad”.

 

2.      “El amor y el desamor son flechas que llegan al centro del corazón. A veces, con punta de oro y otras, con punta de plomo”.

 

3.      “Oro y plomo, amor y desamor, pasión e indiferencia: flechas que siempre sentimos en el alma”.

 

4.      “Los dones son útiles para los demás pero no tienen el remedio adecuado para los males de cada uno”.

 

5.      “El amor hiere, duele y –a veces- hasta mata. El amor es una herida abierta en el centro del corazón para aquellos que se atreven a desafiarlo”.

 

6.      “No todas son victorias en la vida, especialmente en el amor”.

 

7.      “La luz siempre está acompañada por el contraste de la sombra. A menudo, cuando son excesivas –tanto las luces como las sombras- producen el mismo efecto: ambas ciegan”.

 

8.      “Las sombras ciegan en razón de su oscuridad y la luz –también puede cegar- en virtud de su excesivo resplandor”.

 

 

 

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