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26 de julio de 2014 02:05 horas Programa Actual: Entre Nosotros (R)
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La palabra de Dios en nuestra vida
La palabra de Dios en nuestra vida
 

Hoy les propongo que pensemos acerca del catequista, el evangelizador, como servidor y amante de la Palabra. Discípulo amante y testigo de la Palabra.

 

Siempre que queremos encontrarnos con la Palabra de Dios es bueno pedirle al Espíritu Santo que nos ilumine y nos acompañe, que nos cubra con su sombra.

 

Del Evangelio de San Mateo: “Éste es mi siervo a quien elegí, mi amado en quien me complazco. Derramaré mi Espíritu sobre Él y anunciará el derecho a las naciones.”

Comencemos nuestra oración pidiendo al Espíritu Santo su gracia, que derrame paz y sosiego, que serene mi corazón para que en esta catequesis pueda descubrir el lugar grande que tiene la Palabra de Dios en mi vida y poder así ser eco de su voz:

 

Derrama Señor tu Espíritu

en nuestros corazones

y renovarás la faz de la tierra.

 

Cuando uno cuenta con la presencia del Espíritu se aleja todo temor, como en aquel acontecimiento de gracia que fue la Anunciación: “No temas,María, el Señor está contigo, el Señor quiere hacer cosas grandes en vos.”

 

Del Libro de Sofonías: “El Señor tu Dios está en medio de ti, Él es un guerrero que salva. Dará saltos de alegría por ti, su amor te renovará. Por tu causa bailará y se alegrará, como en los días de fiesta.”

 

Como necesitamos ser guiados por el Espíritu, ha comenzado un nuevo día y tenemos que ser servidores de la Palabra, para poder mostrar esa Palabra en nuestra vida. Necesitamos que la Palabra de Dios penetre en nuestros corazones, para que podamos llevar a Jesús a nuestros hermanos, porque cada uno estamos llamados no a conocer una historia salvífica que sucedió hace mucho, sino a descubrir que hoy la historia de salvación se hace presente en nuestra vida.

 

Del Libro de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido, me ha enviado a dar la buena nueva a los pobres, a sanar a los de corazón destrozado, a proclamar la liberación a los cautivos y a los prisioneros la libertad.” Él nos envía hoy a proclamar la Buena Nueva. Quien descubre el actuar de Dios sobre los hombres se hace instrumento de Dios, se anima a vivir el día con otra dimensión. A la mañana siempre es bueno volver al encuentro personal y vivo con la Palabra de Dios. Él te habla en tu interior, en tu corazón.

 

Del Libro de Hechos de los Apóstoles: “El ángel del Señor dijo a Felipe: “Ponte en camino hacia el sur por la ruta que baja de Jerusalén a Gaza, a través del desierto.” Animate a ir al desierto. Habrá trechos en que sientas que estás solo. Momentos del día en que quizás perderás el centro de la oración de la mañana. Sin embargo, tené la seguridad de que Dios te va a regalar personas durante el día, y vas a asombrarte al descubrir cuántas ocasiones el Señor te regala para que lo que has contemplado en la oración de la mañana lo puedas poner en obras, en los encuentros cotiditanos de tu vida de todos los días.

 

Del Libro de Romanos: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿El sufrimiento, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?” ¿Quién nos separará del amor de Cristo? En Cristo todo lo podemos, en Él queremos empezar nuestro día. Cuando el cristiano sale de su casa y ya ha rumiado la Palabra de Dios, sale alimentado su corazón. Tiene una certeza: todo el día será fecundo. No sabe qué sucederá, pero sabe que el Señor está conmigo, para ir al encuentro de los demás y cumplir lo que el Señor nos dejó como mandamiento. Del Evangelio de San Juan: “En el amor que se tengan los unos a los otros reconocerán todos que son discípulos míos.”

 

Somos escuchas, servidores, amantes de la Palabra. Que Dios nos conceda vivir cada día conforme a su Palabra.

 

Qué lindo que los catequistas, que los cristianos, tengamos la Biblia, la Palabra de Dios en nuestras manos, porque durante mucho tiempo, por diversos motivos la catequesis estaba más centrada en el Catecismo (algunos recordarán la catequesis de las noventa y nueve preguntas), lo cual sirvió para poder presentar la doctrina de la fe con claridad, pero le faltaba la centralidad de la Palabra de Dios. Por eso ahora es tan hermoso ver que en los encuentros de catequesis está el Evangelio en el centro. Seguimos tratando de enseñar la doctrina de la fe cristiana. Tenemos el Catecismo de la Iglesia Católica como referencia, pero nuestra gran fuente es la Palabra de Dios. Y eso ha sido uno de los frutos más hermosos de esta Iglesia que se reconoce renovada por el Concilio Vaticano II. En el Concilio no hay un texto propio de la catequesis, no hay constitución dogmática, ni carta ni declaración para los catequistas. Pareciera dar la sensación como si los padres conciliares se hubiesen olvidado de los catequistas, pero no es así. Era necesario primero que la Constitución Dogmática Dei Verbum (que trata sobre la Revelación de Dios y la Palabra de Dios) se empezara a hacer más carne en los catequistas, para que unos años después Catequesis Tradende nos diera como el documento tardío del Concilio Vaticano II.

“Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina. En consecuencia, por esta revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía. Este plan de la revelación se realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas. Pero la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación.” (Dei Verbum, Cap. 1, pto. 2).

 

Dios quiere que Jesús pueda hablarnos como amigo, para invitarnos a la comunicación consigo y recibirnos en su compañía. Y una hermosa y concreta forma de encontrarnos con ese Dios que nos ama es cada mañana abrir la Palabra de Dios. Hoy lo vamos a hacer con un texto hermosísimo del Profeta Isaías, a quien le vamos a pedir que nos haga descubrir toda la riqueza de la Palabra de Dios. “Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, para que dé la semilla al sembrador y el pan al que come, así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé.” (Is. 55, 10-11).

 

Actualmente podemos afirmar que gracias a la fuerza de la Palabra va creciendo un nuevo modo de vivir el cristianismo, con una actitud de discernimiento comunitario, de compartir en la fe los criterios del Evangelio. Es que es cierto lo que dice la Carta a los Hebreos: “La Palabra de Dios es viva y eficaz, discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. Y la Palabra de Dios nunca está lejos, porque el Espíritu Santo hace que esté en tu corazón.

 

De la Carta a los Romanos: “La Palabra está cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, es decir, la palabra de la fe que nosotros predicamos. Porque si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvado. Con el corazón se cree para alcanzar la justicia y con la boca se confiesa para obtener la salvación.” ¡Qué interesante! Pablo dice que se cree con el corazón, sin embargo nosotros pensamos que se cree con la cabeza. De allí que a veces hayamos racionalizado nuestra fe y por eso le hemos dado tanta importancia a las fórmulas de memoria. Sin embargo, la Iglesia quiere hacer memoria cordial, quiere no que recitemos el Credo, sino que lo hagamos carne, que sea la certeza de nuestra vida. Y dice Pablo: se confiesa con la boca. El corazón del creyente tiene que anunciar lo que se le ha revelado.

 

Cuando uno tiene la luz de Jesús, el caminar se hace distinto. “Pero ¿cómo invocarlo sin creer en Él? Y ¿cómo invocarlo sin haber oído hablar de Él? Y ¿cómo haber oído hablar de Él si nadie lo predica? ¿Y quiénes predicarán si no los envían? Como dice la Escritura: ¡qué hermosos son los pasos de los que anuncian buenas noticias!”

Y vos, ¿cómo caminás durante el día? ¿Anunciás buenas noticias o te prendés de la queja, del chisme? ¿Cómo caminamos? ¿Haciéndonos los distraídos de las necesidades de los otros o nos detenemos junto a aquél que está al costado del camino? Nuestro caminar va a depender de cómo hemos iniciado el día y de si dejamos que la Palabra de Dios se haga presente.

Por eso, no nos vamos a cansar de afirmar que la catequesis va a tener la calidad que tengan los catequistas. Y los catequistas van a ser verdaderos catequistas si son oyentes de la Palabra de Dios. La palabra “catequista” significa “hacer eco”. Y nosotros, ¿de qué nos hacemos eco? El eco tiene siempre que hacer referencia a la palabra que lo origina. Yo no puedo decir hola y que el eco diga qué tal. Yo no puedo, como catequista, decir otra palabra que la de Jesús. Y por eso es tan importante que el catequista se afiance en la Palabra de Jesús. Cuando el catequista no se hace oyente de la Palabra, empieza a decir malas palabras, no con insultos, sino que va a empezar a desentonar. Y cuánto mal podemos hacer cuando empezamos a poner nuestras palabras. ¡Hay tanto palabrerío en el mundo! El hombre no está sediento de nuestras palabras, está necesitado de la Palabra. Por eso tenemos que escuchar ese corazón oyente. Y el texto de Rom 10 nos ofrece pistas claras. Hay en él como una lógica interna que nos envuelve y nos dinamiza: ¿Cómo invocarlo sin creer en Él? Y ¿cómo invocarlo sin haber oído hablar de Él? Y ¿cómo haber oído hablar de Él si nadie lo predica?”

Si es cierto que la fe viene por la predicación de la Palabra de Dios, entonces resulta fundamental que esa Palabra que se ha escuchado, que se ha rezado, que se ha interiorizado y vivenciado en el corazón, se haga carne, encuentro, anuncio. Ésta es la tarea que tenemos todos los oyentes de la Palabra: que la Palabra se haga presente en la historia de tantos hermanos nuestros. No nuestras palabras, sino la Palabra de Jesús. Así será historia de salvación.

 

Cuando uno se hace familiar de la Palabra de Dios, uno tiene alegría y esperanza. Como dice el padre Ángel Rossi, si tu rostro no tiene la alegría de Jesús resucitado, no lo anuncies, porque puedes espantar a la gente. Si vos no tenés esperanza, ¿cómo vas a construir una historia nueva?

 

Del Evangelio de San Lucas: “Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la practican.”

 

Del Libro del Deuteronomio: “Esta Palabra que hoy te prescribo no es superior a tus fuerzas ni está fuera de tu alcance, no. La palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón para que la practiques.”

 

¡Qué importante es practicar la Palabra de Dios! La Palabra de Dios es el Pan de la Palabra, hay que comerla, hay que digerirla, hay que asimilarla, apropiarla. No hay que leerla como si fuera un mensajito de texto, a toda velocidad. No se puede leer así, medio entre líneas. Hay que comer despacio, para digerirla, asimilarla, hacerla propia. Del Libro del Apocalipsis: “Yo corrí hacia el ángel y le rogué que me diera el pequeño libro, y él me respondió: toma y cómelo. Será amargo para tu estómago, pero en tu boca será dulce como la miel.” Porque se ha asimilado e interiorizado la Palabra, entonces sí podés anunciarla. “Entonces se me dijo: “Es necesario que profetices nuevamente.” Y esto Dios lo dice para todo cristiano de veras, amante y discípulo de la Palabra, que se nutre y se hace eco de la Palabra. Que está al servicio de la Palabra. Y porque la Palabra de Dios hecha raíces, entonces sí tendrá que buscar las palabras apropiadas para comunicar la riqueza de la Buena Noticia.

 

Quiero compartir con ustedes cuatro certezas que me da la Palabra de Dios:

Por un lado, cuando nos adentramos en la Palabra de Dios, nos adentramos en el misterio. Con la Palabra de Dios se entra en comunicación real, en encuentro verdadero con Jesús. Por eso a veces los catequistas tenemos que aprender a proclamar la Palabra, a usar pocas palabras y a saber callar. La Palabra de Dios no es para narrarla, es para ayudar a llevar al encuentro. Por eso, cuando querés hacer referencia a un texto bíblico, que tus catequizandos (sean chicos o jóvenes) tomen la Biblia y lo lean y después de haberlo proclamado, dejá un momento de silencio; no los llenes, no los aturdas con tu palabra. Tu palabra podrá explicar algo, pero es la Palabra la que te lleva y la que hace real el encuentro.

En segundo lugar, cuando nos familiarizamos con la Palabra de Dios, también nos familiarizamos con el estilo, con la pedagogía de Jesús. Él va modelando nuestro corazón, ayudando a encontrar los gestos y las palabras oportunas.

En tercer lugar, la Palabra de Dios nos desinstala, nos cuestiona, nos moviliza, nos compromete con su Reino. Si vos sos un burgués, no leas la Palabra de Dios, porque la Palabra de Dios te va a desinstalar. Al anciano Abraham se le ocurrió escuchar a Dios y tuvo que ponerse en camino; pero fue padre de muchos, porque se animó a dejar que la Palabra de Dios lo interpelara.

Y finalmente, no tengas dudas ni miedos: “La Palabra de Dios es eficaz, es como una espada de doble filo. Ella penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Ninguna cosa creada escapa a su vista, sino que todo está desnudo y subyugado por la mirada de Aquél a quien debemos rendir cuentas” (Hebreos).

 

Por eso, los obispos en Aparecida nos invitan a un encuentro con la Palabra de Dios, nos invitan a una Iglesia discípula y misionera, entusiasmada porque se ha nutrido de la Palabra. En el punto 11 dice el Documento de Aparecida: “Se trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros. Ello no depende tanto de grandes programas y estructuras, sino de hombres y mujeres nuevos que encarnen dicha tradición y novedad, como discípulos de Jesucristo y misioneros de su Reino, protagonistas de vida nueva para una América Latina que quiere reconocerse con la luz y la fuerza del Espíritu.”

 

Padre Alejandro Puigari

 

 

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